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Literatura

Mexicano universal

Uno de los cuatro jinetes del boom latinoamericano, la muerte lo sorprendió cuando aún tenía cientos de palabras por escribir.

Por Déborah Lapidus
Ilustración: Juan Natch

En los sesenta el boom latinoamericano puso nuestra literatura en el mundo, y cuando el mundo la miró algunos de sus escritores se transformaron en mito. Desde entonces, Carlos Fuentes, el mexicano universal, saltó a la fama. Y más allá de los reconocimientos siguió buscando fervientemente como lector, escritor y agudo crítico lo que venía después, hasta que el último 15 de mayo la muerte le anunció que su busca había terminado.

La noticia de su muerte impactó en Buenos Aires, donde días antes había participado de la Feria del Libro, mostrándose enérgico y del mejor humor. Estaba presentando el libro de relatos Carolina Grau y acababa de terminar su novela Federico en su balcón, obra que publicará Alfaguara, al igual que el inédito y oportuno Personas, un libro de memorias en el que el autor retrata personalidades que conoció y que lo influyeron, como: Luis Buñuel, François Mitterrand, André Malraux, Arthur Miller, Simone Weil, Susan Sontag y María Zambrano.

Se viene el estallido

Aunque Fuentes nació en Ciudad de Panamá, México (1928), como hijo de diplomático lo signó una dimensión universal: pasó su infancia en Washington y cursó la escuela en distintas ciudades sudamericanas, entre ellas, Buenos Aires. Su primer libro fue de cuentos, Los días enmascarados (1954). El segundo, la novela consagratoria La región más transparente (1958), con la que ingresaría, junto con Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar, a la cofradía de los indiscutibles integrantes del fenómeno editorial que franqueó el acceso de las obras literarias de la región al escenario internacional o, según la expresión de Octavio Paz –con quien Fuentes rompió una larga amistad cuando aquel apoyó al presidente Salinas de Gortari–, hizo que los latinoamericanos pudieran ser, por vez primera, “contemporáneos de todos los hombres”.

Capítulo importante en la historia del boom latinoamericano fue el triunfo de la revolución cubana, que signó los sesenta. Las expectativas de un futuro socialista para Latinoamérica y la causa revolucionaria les mereció a los “cuatro jinetes del boom” una empatía manifiesta. Sin embargo, a medida que el régimen castrista se fue endureciendo, el idilio con la intelectualidad izquierdista se fue apaciguando, hasta eclosionar en 1971, cuando el poeta Heberto Padilla fue encarcelado por las críticas a la revolución cubana contenidas en Fuera de juego. Desencantados, 72 intelectuales, incluidos Vargas Llosa y Fuentes, firmaron una carta en la que denunciaban unos modos de actuación que les recordaban poderosamente a los de los procesos de Moscú y pedían explicaciones al gobierno de La Habana. Entonces de un lado quedarían el peruano y el mexicano, y del otro Cortázar y García Márquez, quienes se mantuvieron partidarios de la revolución cubana, a pesar de algunas críticas directas a ciertas acciones del régimen.

Fuentes se manifestó con ahínco no sólo en lo que respecta a Cuba. Por ejemplo, también apoyó abiertamente la revolución sandinista en Nicaragua; condenó intensamente las políticas de George Bush y renunció a su misión de embajador ante Francia en 1977, cuando el ex presidente Gustavo Díaz Ordaz, a quien se atribuye la orden de la masacre de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco, fue nombrado embajador en España.

Sin embargo, sus ideas políticas no fracturaron su amistad con los creadores de Cien años de soledad ni de Rayuela. En 1994, al fundar junto con Gabo la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar de la Universidad de Guadalajara, Fuentes diría: “Cortázar vivió un conflicto al que pocos escaparon en nuestro tiempo: el conflicto entre el afuera y el adentro de todas las realidades, incluyendo la política. Coincidimos políticamente en mucho, pero no en todo. Nuestras diferencias, sin embargo, aumentaron nuestra amistad y nuestro mutuo respeto, como debe ser en el trato inteligente entre amigos, que no admite ambición, intolerancia o mezquindad. No puede, realmente, haber amistad cuando estos defectos arrebatan al que se dice nuestro amigo”.

De aquí y de allá

Fuentes, que vivía entre el DF y Londres, como embajador de México viajó por diversas naciones del mundo. Pero siempre se preocupó por charlar con la gente del pueblo y prestarle particular atención a su habla, para enfocar luego sus obras en la idiosincrasia del hombre mexicano y dotar a la injusticia y tensión social de un relato posible. Baste, de entre sus más de 30 obras, La muerte de Artemio Cruz (1962), con su uso de la técnica del fluir de la conciencia, como ejemplo de su literatura regional con rasgos propios.

El mexicano universal de voz grave y pausada, que siempre mantuvo el garbo y la elegancia de un dandy, dejó todo arreglado para ser enterrado en el cementerio parisino de Montparnasse, en la misma tumba donde están dos de sus hijos y donde está grabado desde hace tiempo su nombre y el de Silvia Lemus, su viuda. Su nombre entonces se sumará a los de Baudelaire, Maupassant, Sartre, De Beauvoir, Beckett, Ionesco, Cortázar y Vallejo, para reverberar en su paraíso más amado: el del lenguaje. 

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