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Viajero Bacanal

Memorias palaciegas

Hoguera de vanidades o cuento de hadas, en este pequeño principado europeo todos los lujos y las exageraciones del lujo dicen presente en una pantalla grande.

Por Eduardo Diana

No hay manera de no sentirse un impostor en Mónaco. Para no mirar la fiesta de afuera, habría que haber llegado en un lujoso yate, volcar pilones de fichas en las mesas de los casinos sin inmutarse o tener sangre azul en las venas. Todo en su diminuto y escarpado territorio –los edificios belle époque, las mansiones escalonadas en los cerros que caen al mar, los hoteles cinco estrellas- exhibe un genuino toque de elegancia y distinción. No hay detalle que desentone en este esplendoroso paisaje principesco.

Mónaco está asentado en una colina de apenas dos kilómetros cuadrados –es el segundo estado independiente más chico del mundo, después del Vaticano-, pero igual esa pequeña superficie le alcanza para diferenciarse de sus vecinas –y también bellísimas- ciudades de la Costa Azul francesa. Mónaco es la debilidad del jet set internacional. En medio de una geografía encantada, entre las azules aguas del Mediterráneo y los faldeos de los Alpes, evoca historias de príncipes y princesas, carreras de Fórmula 1 y películas de James Bond. Meca de ricos y famosos, el pequeño principado reluce con los destellos dorados del glamour.

En sus impecables y refinadas calles desfilan caravanas de autos de alta gama como en ningún otro lugar del mundo, nuevos ricos rusos derrochan billetes en cada lugar que pisan y jóvenes y gráciles mujeres con piel de porcelana y piernas largas como juncos ofrecen su metálica compañía. Es que, más allá de su aristocrático abolengo, Mónaco también se mueve al ritmo de la vida nocturna, el color del dinero y el frenesí de la ruleta, el black jack y las máquinas tragamonedas. Como en Las Vegas, pero sin luces de neón, ni clones de Elvis ni fastuosos hoteles que juegan a ser lo que no son.   

MónacoLas espadas de los monjes

Situado en la costa mediterránea francesa, a 20 kilómetros de Niza, el principado tuvo una historia agitada. El peñón fue dominado por fenicios, griegos y romanos, luego cayó en manos de francos y lombardos, y en el siglo XII se convirtió en feudo genovés. Hasta que en 1297, el aristócrata Francisco Grimaldi conquistó el territorio por medio de la fuerza y, sobre todo, del ingenio. Cuenta la historia que un grupo de pícaros italianos que habían sido expulsados de su país, liderados por Grimaldi, desembarcaron vestidos de monjes y, luego de algunos engaños, tomaron la fortaleza a golpes de espadas. En el Palacio del Príncipe, el edificio de la realeza asentado en el casco antiguo, una estatua de Francisco Grimaldi vestido de monje y con una espada en la mano derecha recuerda aquel episodio, tal vez más cercano a una historia de piratas que al halo aristocrático que envuelve a Mónaco.

No solo es curioso el origen del principado. También hoy muestra detalles poco comunes. Es uno de los lugares más edificados del mundo y además, con 18 mil habitantes por kilómetro cuadrado, uno de los de mayor densidad de población. Hay más: sus habitantes tienen una de las mayores expectativas de vida del planeta (90 años), pagan muy pocos impuestos, disfrutan de uno de los más altos ingresos per cápita y el país no tiene deuda pública.

MonacoCalles, túneles y escalinatas

Por su tamaño, la mejor forma de recorrer la ciudad es caminando. A pie, en unas cuantas horas, se pueden conocer la Plaza de Montecarlo, el Casino, la Catedral, el Palacio del Príncipe y hasta encontrarse con una estatua de Fangio en su auto, erigida al costado de una curva, cerca del puerto Hércules, una luminosa bahía que parece haber sido creada por los dioses, siempre awwwada de grandes yates y lujosos cruceros.

Hay que descubrir los encantos del principado dejándose llevar por el trazado enrevesado de la ciudad: un entramado de túneles y pasos subterráneos, calles angostas y silenciosas que suben y bajan por la colina, y otras a distinto nivel, unidas por escalinatas y ascensores públicos. Es un paseo delicioso, que va descubriendo casas medievales, exclusivos negocios y restaurantes, palacios y bellísimos edificios gubernamentales. La vida cotidiana de Mónaco se percibe distendida. En los balcones hay mujeres que riegan sus plantas, señoras que caminan por las inmaculadas veredas con sus bolsas de compras y muchachos bebiendo cerveza en los cafés.

El mejor lugar para iniciar el recorrido es la Plaza de Montecarlo, también llamada Plaza de Oro o Plaza del Casino. La plazoleta -pequeña y muy vistosa, con un césped impecable, palmeras, fuentes y canteros donde estallan flores multicolores- es el centro neurálgico del principado: siempre está llena de gente paseando, visitando las tiendas de recuerdos o charlando en los restaurantes que despliegan sus mesas en la vereda. Todos juegan el mismo juego de mirar y ser mirados. Hay quienes pagan entre 1.500 y 2.000 euros diarios por el alquiler de una Ferrari, un Lamborghini, un Porsche o un Rolls Royce, solo para dar vueltas y más vueltas a la plaza. Todo vale para no sentirse un impostor en la meca del jet set.

Joyas arquitectónicas

Alrededor de la plaza se levantan algunos de los edificios más bellos y emblemáticos de Mónaco. En uno de sus extremos está el Gran Casino de Montecarlo, inaugurado en 1863 por Charles Garnier, el arquitecto que diseñó la Opera de París. Concebido en torno de un atrio de 28 columnas de ónice, es uno de los casinos más famosos y lujosos del mundo, donde se filmaron varias películas de James Bond. Una escalera de siete peldaños cubierta por un techo de cristal conduce hasta un deslumbrante mundo de fastuosos salones con frescos, bajorrelieves, esculturas, lujosas arañas y derroches de oro y mármol. El edifico belle époque -que además alberga a la Opera Garnier, una réplica en miniatura de la Opera de París- parece haber sido diseñado especialmente para que allí viviera sus aventuras aquel agente secreto llamado Bond, James Bond, como le gustaba presentarse a sí mismo.

En un costado de la plazoleta se encuentra otra joya arquitectónica: el Hotel París, que cautiva con su fachada blanca rococó y su magistral cúpula de cristal. Inaugurado en 1864 por el príncipe Carlos III es el rey de los hoteles de lujo de Mónaco. Desde las terrazas y balcones de este palacio –también de estilo belle époque- se distingue la mitad del endiablado circuito callejero de Fórmula 1. Las suites durante la carrera pueden costar decenas de miles de euros. Pero ese no es un problema en Mónaco. Junto a la plaza está el Círculo de Oro, una zona de dos manzanas donde se suceden negocios de anticuarios, joyerías, perfumerías y boutiques de marcas de alta costura atendidas por jóvenes mujeres, que alguna vez deberían animarse a lucir ellas mismas esa ropa arriba de una pasarela.

Las playas están en el extremo norte del principado, en Larvotto, una bahía algo liberal al pie de los cerros y los edificios. El balneario está rodeado de barcitos y tiendas de ropa informal y artesanías. El mar es transparente pero las playas tienen muchas piedras, son muy chicas y están repletas de gente. Los balnearios no son lo mejor que se puede encontrar en Mónaco.

Rituales de la realeza

Montecarlo, donde está la Plaza del Casino, es el más turístico de los cuatro distritos en los que se divide el principado. En ese pedazo de Mónaco se conserva mejor que en ningún otro lado la impronta de los tiempos más opulentos de la ciudad. Los otros tres distritos son la Villa de Mónaco, la zona más antigua y conocida como La Roca, Condamine y Fontvieille, un pequeño sector ganado al mar donde se encuentran dos sitios que conviene no dejar fuera del recorrido: el Museo de Autos Antiguos y el Rosedal Princesa Grace.

Si desde la Plaza del Casino se baja hacia el mar, a las pocas cuadras una bifurcación de la calle lleva hacia la derecha a la villa medieval y al Palacio del Príncipe, en el distrito de La Roca.  Y atención: las vistas desde el camino son magníficas. A la izquierda, las cercanas montañas y el Mediterráneo, allí abajo, que entra calmo y eterno en la bahía del puerto Hércules. A la derecha, la impactante vista de la zona más construida de Montecarlo, un enjambre de edificios y espigadas torres que parecen flechas lanzadas al cielo.  En el camino también se pasa por la famosa curva Mirabeau del circuito automovilístico, visitada a toda hora por los turistas para sacarse fotos.

No hay que demorarse demasiado para llegar al Palacio del Príncipe a las 11.55, cuando puntualmente se hace el clásico y colorido cambio de guardia. Entre redobles de tambores, la explanada de la fortaleza construida sobre los acantilados por los genoveses en el siglo XIII se llena de turistas. Si el príncipe Alberto está en el edificio de color arena, se iza una bandera en el mástil de la Torre del Reloj.

Un angosto pasadizo lleva desde la explanada del palacio a la pequeña y bien conservada villa medieval y a la Catedral de Mónaco, un edificio de estilo romano-bizantino construido en piedras blancas. La Catedral guarda las tumbas de Rainero III y la princesa Grace. La historia de Grace Kelly, la actriz que ganó un Oscar, se casó con un príncipe, se convirtió en princesa  y murió trágicamente sigue muy presente en Mónaco. Una avenida, el rosedal, una fundación y hasta un pez con manchas llevan su nombre.

MonacoEl recorrido sigue hasta el Museo Oceanográfico, cuyo frente está enclavado en un acantilado y tiene una imponente vista del mar. La fachada está decorada con cangrejos, medusas y camarones, y los pisos de mosaicos evocan escenas marinas. En el museo, que fue dirigido por Jaques Cousteau, se puede visitar una notable colección de estrellas de mar, erizos y caballitos de mar y un acuario con más de 4 mil especies. A la hora de hacer una pausa, vale la pena detenerse en el Jardín Exótico, ubicado sobre un cerro que reúne más de mil especies de cactos. En el lugar también se puede disfrutar de la única panorámica desde arriba del Palacio del Príncipe. La imagen de la fortaleza, con sus torres, sus balcones, sus arcadas y los soldados haciendo guardia en la entrada del edificio parece la escenografía algo artificiosa de un cuento infantil. Tan inmaculada y perfecta, la silueta del palacio se recorta -distinguida y gallarda- sobre unos acantilados que mueren en el mítico Mediterráneo.

Sombrillas rojas y amarillas

Ya en La Condamine, otra de las zonas antiguas del principado, hay que caminar sin apuro y disfrutar del entorno del barrio, que por momentos parece transportado desde algún rincón de la periferia parisina. La Condamine es el principal distrito comercial y residencial, una zona de fina estampa medieval donde nace la peatonal Princesa Carolina, una deliciosa calle repleta de exclusivos restaurantes, negocios de ropa y locales de decoración. Tampoco hay que dejar de visitar el pintoresco mercado municipal de la Plaza de Armas, un tesoro arquitectónico donde, bajo sombrillas rojas y amarillas, se agrupan puestos de flores, frutas y verduras.

Curiosa historia la de Mónaco. Todo empezó con las espadas de los falsos monjes. Luego la diminuta ciudad se convirtió en una fiesta interminable a orillas de un mar escandalosamente azul. Según como se la mire, puede ser un cuento de hadas o la hoguera de las vanidades. Sea una cosa o la otra, hay algo seguro: en Mónaco no hay manera de resistirse al canto de las sirenas.

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