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Wine News

Más allá de los Andes

En el país de los vinos de montaña soplan vientos marítimos. Las miradas se vuelven a la Costa Atlántica.

Por Alejandro Iglesias
Ilustración: Federico Raiman

Argentina vivió siempre de espaldas al mar, un hecho paradójico para un país que posee unos cinco mil kilómetros de costa atlántica. Ajenos a los múltiples recursos del océano, nuestro país siempre se enorgulleció más por aquellos productos producidos tierra adentro, sean carnes, cereales. O vinos.

El caso de los vinos es especial: en el mundo, abundan las regiones vitivinícolas cercanas a las costas, terruños influenciados por el clima marino. En cambio, en nuestro país la viticultura comenzó lejos del mar y mucho antes de lograr ser una industria, el vino ya estaba consolidado en plena montaña. Actualmente, el 99% de los vinos argentinos son producidos a cientos de metros sobre el nivel del mar, con un clima y un suelo determinados por la cadena montañosa que nos separa de Chile. Esto está lejos de ser un reproche: las condiciones del terruño de altura no sólo demostraron su enorme potencial, sino que nos concedieron cierta ventaja competitiva y comparativa con respecto a otros vinos que se disfrutan en el mundo. Pero esto no significa que no haya que, también, aprovechar la enorme geografía de la Argentina, para entender lo que otros terruños pueden aportar a la industria vínica. Así, movidos por la curiosidad y la posibilidad de nuevos negocios, algunos empresarios están probando suerte lejos la cordillera y cerca de las playas oceánicas. Primero se trató de proyectos pequeños, impulsados por familias sin tradición vitivinícola. Ahora, ya se están sumando las grandes bodegas del país.

Los pioneros
En plena década del 90, mientras Mendoza vivía su gran revolución vitivinícola y las exportaciones de vinos argentinos batían records año tras año, nuevos actores se sumaron a esta seductora industria. Y si bien la mayoría de las flamantes inversiones se hicieron en regiones tradicionales, otras en cambio apuntaron a la costa. Hoy, con algunos de estos proyectos cumpliendo casi quince años, y produciendo vinos muy distintos a los propone el mainstream, se puede realmente empezar a hablar de un fenómeno consolidado.

Juan y Jorge Lescano fueron los pioneros del movimiento marítimo en el país, cuando en 1998 fundaron Bodega Océano en su Viedma natal. Sus viñedos se ubican al nivel del mar, a unos seis kilómetros de la costa atlántica y a sólo 100 metros del río que marca el límite sur de la Provincia de Buenos Aires. Aquellas vides, que hoy tienen dieciséis años, dieron vida al primer vino marítimo argentino en 2003. Desde entonces, la bodega cuenta con una línea que incluye Cabernet Sauvignon, Malbec, Merlot, Pinot Noir y un Sauvignon Blanc. “Nos motivó las similitudes que encontramos con otras regiones vitivinícolas del mundo, como Burdeos. Allí los viñedos también están sobre un río que desemboca en el mar”, cuenta Jorge en una charla donde confesó que no es fácil ser pionero en una región emergente. “Estar aislados de las regiones tradicionales se traduce en falta de apoyo, pero eso se supera con espíritu aventurero”. Para ellos el proyecto conllevó estudios de suelo, de adaptabilidad de las plantas y mucho sacrificio, un combo cuyos frutos hoy se comercializan en Buenos Aires, Estados Unidos y Brasil.

Algo más alejados de la costa, pero igualmente originales, aparecen los viñedos de Bodega Saldungaray, en cercanías de Sierra de la Ventana. Allí el clima y el entorno serranos reciben influencia oceánica a pesar que son cien los kilómetros que los separan del mar. La historia comenzó en 2000 cuando la familia Parra, con experiencia en agronomía y cultivos intensivos, decidió investigar la región para cultivar vides. “Habíamos notado que el clima y el ambiente de esta región son similares a los de otros viñedos del mundo y nos mandamos”, recuerda Manuel Parra, a cargo de la bodega familiar junto a sus cuatro hermanos. Para ellos este desafío dio buenos resultados ya que sumaron un sector turístico a la bodega donde reciben buen flujo de visitas que además se traduce en ventas directas. Y los vinos se ven hoy también en varios puntos de país. A diferencia del caso de los Lescano, a Saldungaray  se le sumaron otros proyectos en la región: “Hoy no somos los únicos. En Torquinst, a pocos kilómetros, esta Bodega AlEste, que en realidad fue la primera en establecerse, en 1999. Y en los últimos años se plantaron fincas en General Pringles, Saavedra y hasta en Tandil”. Todo, en pequeñas proporciones: hasta ahora, ningún emprendimiento supera las 20 hectáreas.

Desafíos y optimismo
Ser un adelantado a las tendencias siempre conlleva afrontar desafíos extras. “La zona es apta para el cultivo y los vinos lo demuestran, pero está claro que no disponés de los mismos recursos que en las regiones tradicionales”. La limitación principal suele ser la mano de obra calificada. A diferencia de Mendoza, donde el knowhow vitícola está incorporado a la genética de la población, por estos lados hay que entrenar todos los años un nuevo equipo. También, algunos instrumentos que en otras regiones se alquilan, aquí deben comprarse y se suma el desafío comercial de salir a vender una nueva región que nadie conoce. “Más allá del esfuerzo que implica nuestro trabajo, estamos contentos y ver que hoy son muchos los que se interesan por nuestras regiones es un reconocimiento importante”, concluye Parra.

El gigante con los pies en la arena
Hasta aquí son todas historias de aventurados que se empeñaron en hacer algo distinto, confiando en su instinto. Pero los aires marítimos comienzan a atraer a  los mayores actores en la vitivinicultura argentina. El caso más conocido es el de Daniel Pi, Chief Winemaker de Trapiche, quien en 2008, tras visitar una estancia de Chapadmalal, a minutos de Mar del Plata, decidió experimentar con un viñedo allí, a tan sólo cuatro kilómetros del mar. “Nos llamó la atención la similitud del entorno con los viñedos de Nueva Zelanda”, contaría luego el enólogo que, un año más tarde, cultivó once hectáreas con Malbec, Merlot, Cabernet Franc, Cabernet Sauvignon, Riesling y Gewürztraminer. Hoy, los vinos son un hecho y sin dudas marcan un antes y un después en la historia del vino argentino. Con el apoyo de Trapiche, el proyecto dio mucho que hablar, lo mismo que sus vinos, en particular el Pinot Noir y los blancos Riesling y Gewürztraminer.  Tanto es así que hace apenas unas semanas el Instituto Nacional de Vitivinicultura le otorgó la Indicación Geográfica a Chapadmalal, sumándola como la región vitivinícola más nueva del país.
La bodega comandada por Pi no es la única interesada en la región: según se escucha en los pasillos de vino nacional, tanto Catena Zapata como Nieto Senetiner estuvieron por estas zonas recolectando información, con la idea de iniciar sus propios cultivos.

¿Por qué el mar?
El clima marino es la contracara perfecta del clima continental que encontramos en las montañas cuyanas donde reina la aridez y las soleadas postales desérticas. En cercanía del mar se expresan las brisas oceánicas que moderan la temperatura, imprimen una humedad ambiente más alta, vientos constantes y aseguran una pluviometría mayor. Este clima fresco por definición es el ideal para las variedades de ciclo corto (Pinot Noir, Merlot y especialmente las blancas), con las que se producen vinos ligeros, de estructura amable y niveles alcohólicos moderados. Otra diferencia importante son los suelos de los viñedos que, lejos del concepto aluvional que se observa en cercanías de la cordillera, están compuestos de diversos sedimentos con mayor nivel de materia orgánica y con restos marinos que dan cuenta que en el pasado fueron lecho o fondo marino. Lograr buenos resultados en estas regiones permitiría contar con un estilo de vinos vacante en la góndola local, así como también experimentar con cepas no tradicionales para nuestro mercado.

La pregunta no debería ser “¿por qué el mar?”, sino más bien “¿por qué no?”. Sin dudas, los vinos oceánicos jamás eclipsarán a nuestros vinos de montaña. Pero en la diversidad está la riqueza. Al menos, así apuestan algunos atrevidos, que están con ganas de zambullirse en el mar argentino.

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