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Tecno

Mapeando el siglo XXI

De las primeras cartografías repletas de misterios a la exactitud del GPS, mucho ha cambiado. Pero todavía hoy el mapa resignifica del mundo que vemos.

Por Federico Kukso

El estadounidense Lewis Mumford fue, quizás, el filósofo de la técnica más importante de todos los tiempos. Un hombre que no les hizo caso a los cantos de las sirenas de la tecnología y pensó más allá del umbral de lo pensable. Cuando le preguntaban cuáles eran las dos invenciones humanas que más habían impactado y transformado para siempre nuestras vidas, Mumford, que murió en 1990, no nombraba la máquina de vapor, la radio, las computadoras o el automóvil. Más bien, reducía su elección a dos tecnologías relativamente invisibles: el reloj y los mapas. Ambas, creaciones sin un único y solitario inventor, entraron en algún momento en la vida de los seres humanos y la cambiaron para siempre. Un cambio que más que exterior fue interior: literalmente, transformaron nuestra manera de ver y sentir el mundo.

El reloj, por ejemplo, alteró la forma de experimentar el flujo del tiempo. Desarrollado por los monjes cristianos en la segunda mitad de la Edad Media, el reloj mecánico particionó el día en horas, minutos y segundos. Estandarizó las actividades humanas. Alteró las formas de trabajar, hasta de comer: ya no se comía cuando se tenía hambre y el estómago crujía sino cuando dictaminaba el reloj y las costumbres, a la mañana, al mediodía y, si había suerte, también a la noche. El reloj cambió nuestra forma de vivir. Y así como se metió en nuestros bolsillos y trepó a nuestras paredes, se introdujo en nuestras cabezas. Pensamos en horas, minutos, segundos. No podemos no hacerlo.

Lo que el reloj le hizo al tiempo, el mapa se lo hizo a nuestra noción y sensación del espacio. Como recuerda el periodista Nicholas Carr en su magistral libro The Shallows: cuanto más consultaban las personas los mapas, más entrenaban sus mentes para comprender la realidad basándose en su lenguaje. Al reducir la realidad a unas líneas y símbolos en un plano, los mapas -uno de los soportes más antiguos de información- impulsaron la evolución del pensamiento abstracto, nos alentaron a la exploración. Hicieron que, por primera vez en la historia de la especie humana, lográramos salirnos de nosotros mismos y comprender dónde estamos parados de una manera totalmente nueva: ante lo catalogado como inalcanzable por las leyendas y los rapsodas, los primeros cartógrafos conwwwaban con precisión y realidad. Aunque sus primeras funciones fueron meramente fiscales -se estima que los mapas más antiguos que existen fueron tallados en tablillas de arcilla por los babilonios hacia el 2300 a.C. con el objetivo de medir las tierras y cobrar más impuestos-, los mapas nos guiaron en los caminos abiertos por la curiosidad. Marco Polo, Francis Drake, Vasco de Gama, Magallanes. Ninguno hubiera logrado absolutamente nada sin su ayuda.

La aparición y difusión de los mapas fue un golpe perceptivo tremendo que aún perdura, en esta época de satélites, GPS y sitios web como Conflicthistory.com, que ilustran con dinamismo los principales conflictos bélicos de la historia en un mapa virtual.

Ya sea para planificar unas vacaciones sin siquiera tener que pedir instrucciones en una calle de un país extraño, para encontrar el trayecto más corto hacia una estación de servicio cuando el tanque está a punto de quedarse sin nafta o para no terminar en una estación equivocada del subte, recurrimos a estas representaciones bidimensionales que nos salvan de aquel horror que significa perdernos. Somos mapa-adictos. Vemos y sentimos el mundo a través de estas representaciones que nos permiten fragmentar la realidad, pese a que en un punto nos engañan: los mapas no sólo establecen qué países están arriba y qué países están abajo (pese a que el universo carece de “arribas” y “abajos”), nos aferramos a ellos pensando que nos brindan estabilidad y seguridad. Pero no. Los mapas no dejan de cambiar. La historia demuestra que apenas concluye una guerra los mapas se alteran, se instalan nuevas fronteras, se establecen nuevos nombres.

Aunque los sitios para consultar mapas son muchos (Mapquest.com, Wikimapia.org, Maplandia.com), fue Google Maps la herramienta que introdujo la cartografía al siglo XXI y la distribuyó entre las masas: nos recordó cuánto necesitamos de los mapas para organizar nuestras vidas.

Anunciado por primera vez el 8 de febrero del 2005 (aunque su idea originalmente se la debemos a dos hermanos daneses, Lars y Jens Rasmussen, que trabajaban en una compañía australiana llamada Where 2 Technologies, adquirida por Google en 2004), desde entonces este servicio que ya lleva almacenados 20 petabytes de información -para darse una idea, piensen en 21 millones de pendrives de 1 GB- ha logrado que millones de personas se encuentren, que viajemos a la Luna (www.google.com/moon), a Marte (www.google.com/mars) y al resto del espacio (www.google.com/sky) o al océano (Earth.google.es/ocean). O que, simplemente, vayamos de “A” a “B”.

Pese a recibir en sus comienzos unas diez mil rectificaciones diarias, este servicio mejoró sólo con los años y la experiencia, un valor y una confianza que no se logran de un día para el otro, como ahora bien lo sabe la compañía Apple, cuyo servicio de mapas debutó este año con un fracaso: errores geográficos, búsquedas limitadas y falta de características. Y, claro, un gran escándalo.

Aunque no lo queramos, hemos entrando en un mundo en el que todo -lo que se mueve o no- va a estar localizado. Es una época de visibilidad total, donde impera el ojo -las cámaras- de los satélites, salvo en aquellos sitios que, por razones de seguridad nacional o luego de reclamos judiciales, han obligado a ser literalmente borrados del mapa, como ocurrió con el techo de la Casa Blanca en Estados Unidos, edificios de la OTAN, bases aéreas, centrales nucleares, ciertas zonas de Sydney (por temor a ataques terroristas) y países enteros como Corea del Norte y Sudán, por ejemplo. Incluso el ministro de Información del Reino de Baréin, curiosamente, ordenó a los proveedores de Internet locales que bloqueen el acceso a Google Maps para que sus ciudadanos más pobres no se enterasen del lujo en el que vivían los ciudadanos más ricos.

Los siglos pasan, los mapas cambian, pero ciertos hechos permanecen inalterados. Por ejemplo, la noción de que el dominio de la cartografía da poder, tanto político como económico. Un caso: las grandes empresas mineras no podrían funcionar sin manejar complejos mapas para descubrir yacimientos. De ahí que la guerra cartográfica entre Google y Apple (y también Nokia, que acaba de abrir su prestigiosa aplicación de mapas a teléfonos de todas las compañías) por el monopolio de los mapas en los celulares y en las computadoras no sea un conflicto menor. Son estas empresas las que, a fin de cuentas, están delineando el mundo en el que vivimos. Y buscan no sólo orientar a sus usuarios, sino también refutar a Herman Melville, que en pleno siglo XIX sentenció con una cuota de misterio: “Los verdaderos lugares no aparecen nunca en los mapas”.

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