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Columnistas

Manifiesto de Onán

Separado, con 40 años y de regreso a un rodeo que ya no conoce y que, quizás, hubiera preferido ignorar. ¿A dónde van los hombres cuando llueve?

Por Hernán Brienza

Nada más desesperante que ver un partido de fútbol por televisión para cuatro amigos acostumbrados a ir a la cancha desde hace casi un año. No se puede gritar, no se puede insultar, no se puede descargar los nervios, ni comprar hamburguesas a precio euro ni mirar chicas bonitas con la camiseta de River. Sólo queda sufrir. El partido es con Defensa y Justicia, un equipo del Nacional B, con camiseta verde y amarilla, que, como si fuera poco, nos pega un baile impresentable. El dueño de casa, Ezequiel, prepara Campari con hielo y jugo de naranja; Lucas, el asesor del senador, corta el arenque marinado; Mariano, la longaniza tandilense, y yo me encargo del brie y el queso de cabra. En el entretiempo, Ezequiel pregunta irónico:

-¿Así que viste a la mina esa de Praga?
-Sí… -respondo.
-Una jodida lo que te dijo- tercia Mariano, solidario.

Durante los cinco minutos siguientes se viene un rosario de lugares comunes en contra de las mujeres. Mientras vemos la repetición de los goles, Mariano, que quizás es el más obvio de los cuatro, concluye: “Y bueh… Digan que son necesarias, que si no…”. Lucas levanta una ceja. Está por hablar, pero Ezequiel lo interrumpe. Relata un par de anécdotas de dolores infringidos por mujeres en su juventud. “Por eso, a ponerla y sacarla, y nada de palabras dulces”, asegura con suficiencia.

Mariano vuelve a la carga: “Claro, pero utilizan todo el tiempo el sexo como método de extorsión”, sostiene. Se rasca la cabeza, mientras se manda una lonja de salame mientras lo corta. “Eh, che, pará que terminemos de cortar”, le espeto. Con la boca llena, continúa con su prédica: “Yo estoy convencido de que a las mujeres no les gusta tanto el sexo –dice con ingenuidad-. Entonces, como pueden dominarse se aprovechan de nuestra debilidad. Los usan como intercambio, como una mercancía. En los trabajos, en la calle, en los noviazgos, los matrimonios. Como promesa, como prenda de negociación. Las machistas, las feministas, las inocentes, las guarras. Siempre están dispuestas a bajarse un poquito el escote para sacar una ventaja y luego a levantarse el pantalón cuando consiguen lo que quieren”.

Meneo la cabeza. No estoy muy seguro de lo que dice Mariano. “¿Vos decís que no?”, me interrumpe antes de que pueda hablar. “Ellas nos usan. Si están excitadas, para gozar, si no lo están, para negociar. Es así, es así”, repite con resentimiento. Lucas suspira autosuficientemente. Nos mira como con desdén malicioso. “Muchachos, hablemos en serio. No cabe duda de que las mujeres utilizan el sexo como herramienta de extorsión y negociación. Y cuanto más lindas son, más lo usan. El sexo tiene la lógica del mercado: las más lindas valen más y por lo tanto tienen un precio más alto. Tienen algo que nosotros deseamos y están educadas para eso. Su principal herramienta es la histeria seductora. Con ella consiguen lo que quieren. Ellas están educadas para contener; nosotros, para ponerla, ponerla y ponerla… Con este esquema, vamos a seguir dependiendo de ellas por los siglos de los siglos, viejo”, dice sobreactuando el enojo.

-¿Ergo…? -pregunta Ezequiel, y le acerca el trago.
-Entonces, hay que aferrarse a la masturbación…
-Nunca mejor dicho -responde Ezequiel y sonríe.

Lucas sigue con su Manifiesto Onanista: -Porque la masturbación es la principal herramienta de liberación masculina. Nos independiza, nos libera, impide que seamos prisioneros de nuestra propia debilidad carnal. El Onanista es el verdadero revolucionario porque pone en jaque el “creced y multiplicaos”, hace temblar los cimientos de Occidente, pone en juego la reproducción de la especie y, sobre todo, rompe con la lógica del capitalismo sexual, del supuesto libre mercado amatorio.
Ezequiel se ríe, divertido. Mariano aplaude y lanza un “que viva el dotor, que viva el dotor”. Lo miro y le preguntó: “¿Qué pasó, Lucas, andás con revival adolescente?”. Me mira, y entre risas. me responde: “Perdón, es que hoy me desperté un poco trotskista”.

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