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Columnistas

Mañana de carnaval

Separado, con 40 años y de regreso a un rodeo que ya no conoce y que, quizás, hubiera preferido ignorar. ¿A dónde van los hombres cuando llueve?

Por Hernán Brienza

Ella baila. Salta. Se mueve con movimientos espasmódicos. Es morocha, delgada, pero fibrosa, y sus pechos jovencitos se mueven alegres entre sus ropas con lentejuelas. Canta y sonríe y nada pera nada presagia la melancolía de su alma. No tiene más de 20 años, a lo sumo 21. Una nariz grande y dos ojos oscurísimos. Ya la había visto alguna que otra vez por la cuadra de mi casa, pero ahora está bailando allí, en la murga Los desperdiciados de la Bohemia, como si todos los diablos la estuvieran empujando. Sus pies casi no tocan el suelo, al que le saca chispas con unas zapatillas flechas de color naranja que hacen juego con su ropa de murguista.

Camino rápido por la avenida, hasta que la reconozco, ella me hace un gesto como si me reconociera y me saludara. Me siento confuso, apuro mi paso por la avenida. No me gustan los corsos. No me gustan las murgas. Ni los carnavales. Jamás me gustaron. Y menos ahora que están atravesados por una “uruguayicidad” patológica. Sin embargo, verla a la chica, la que siempre pasaba con los auriculares puestos y las carpetas de la facultad, danzando con una furia encantadora sobre el asfalto me produjo una breve ternura.

Llegué al departamento pasada la medianoche. Saludé al Enzo que estaba más conversador que de costumbre, encendí mi pipa y puse un disco de Bill Evans. Y me quedé mirando a través de los cristales como en la lejana avenida las murgas se sucedían unas a otras con su monótona alegría que me era ajena e incomprensible.

Intenté dormir. Pero los bombos no me dejaron. Cuando el latido ancestral comenzó a apaciguarse intenté dormirme. Pero el traqueteo de las palabras de Scott Fitzgerald en Hermosos y malditos tampoco me dejó. Cuatro días de feriado para quien vive solo son demasiada soledad junta. Minutos después de las 4 de la mañana, decidí bajar a la puerta a fumar y a disfrutar del viento liviano de la madrugada. Comenzada a clarear, cuando la figura de dos murguistas apretaditos se recorto en la esquina. Se besaban como si fuera la última vez que se besaban. Luego se separaron y ella, mi vecina, la morochita veinteañera, comenzó a caminar lentamente, meneándose en zigzag hasta el umbral de mi edificio.

La vi venir como ladeada, como si estuviera apenas embriagada mientras su novio o lo que fuera la miraba irse desde la esquina. Ella se detuvo un par de veces, se dio vuelta y lo saludó con la mano. Cuando pasó delante de mí, ni siquiera me miró. Llevaba los ojos puestos en vaya uno a saber que alegría prestada. Sin embargo, cantaba bajito una bella canción: “Manhã tão bonita manhã/ de um dia feliz que chegou/ O sol no céu surgiu/ e em cada cor brilhou/. Voltou o sonho/ então ao coração/. Depois deste dia feliz/ não sei se outro dia virá/ e nossa a manhã, tão bela afinal/ Manhã de carnaval”.

La miré pasar, con su vestido de lentejuelas que ya no reflejaba las luces de la noche sino las sombras del día. Me sorprendió que una piba tan jovencita supiera canturrear la canción de amor de Orfeo Negro. Sonreí. Pensé que ese momento no podía haber sido tan perfecto. Eso era la melancolía: los ojos alegres y la música adorablemente triste en los labios. Y la certeza de que toda alegría es efímera, cualquiera. Y de que no hay nada más devastador y vacío que la mañana posterior a cualquier fiesta, sobre todo, las mañanas de carnaval.