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Cocineros

Mamita

La chica que hizo de su maternidad una marca registrada y llegó a la fama patinando con enormes tortones merengados en la mano, es mucho más que una cara bonita,

Detrás de su imagen angelical, mezcla de Meg Ryan en Un ángel enamorado y Annie cantando Tomorrow, esconde un perfil pícaro y desenfadado acostumbrado a ir al frente. Confesa varonera, se crió en un mundo de hombres. Dos hermanos mayores con varios amigos y primos siempre alrededor, no le dejaron otra alternativa que aprender a manejarse y sobrevivir en un mundo saturado de wwwosterona: “La segunda vez que fui de pollera al jardín de infantes y sólo me querían ver la bombacha, entendí las reglas”. El resultado, la predestinada princesita, ya de pantalón, disfrutó de embarrarse, jugar al fútbol, trepar árboles, correr carreras de bicicleta y andar en la calle. Aunque puertas adentro de su habitación, siempre prefiriera cuidar de sus muñecas, que la acompañaron hasta bien entrada la adolescencia, o jugar a tomar el té.

A la cocina le tomó gusto en lo de su abuela, mientras que en su casa esperaba para practicar a que sus padres salieran o la llegada de sus hermanos y todo el equipo de rugby para prepararles un suculento tercer tiempo. Entiende que la cocina es una forma de expresar atención, afecto, cuidado y reunir a la gente, no sólo un mimo para la panza, si no también para el alma. Por eso la cena en su casa, es un ritual sagrado.

Maru mujer se reconoce absolutamente coqueta, aunque sin ninguna de esas excentricidades propias de las divas. Su máxima debilidad, dejarse mimar y que la peinen, la maquillen, le hagan las manos y masajes. Divertida se acuerda de su etapa de “noviera empedernida”. Entre risas aclara, “era brava, todos noviazgos cortos y rápidos, porque me cansaba”. Etapa a la que el extravagante mundo de los cocineros no quedó indemne. Para ese entonces comenzaba a conocer la particular y vertiginosa vida dentro de las cocinas, trabajaba con Francis Mallmann y recorría restaurantes europeos en busca de experiencia.

Pero su realidad estaba mucho más cerca de lo que ella creía, en Bernardo, marido y socio en este proyecto de armar una gran familia y ya casi tan famoso y mediático como ella. “Es él el que me alienta a ir a los eventos y se pone a hablar con la gente; yo soy más reacia a salir, me da fiaca”, revela. A él, uno de los mejores amigos de sus hermanos, lo conocía desde chico, lo que obviamente durante mucho tiempo lo dejó fuera de toda posibilidad: ”Nunca nos dimos pelota, además tampoco era el santo de la espada y yo pensaba que sólo me quería para apretar”, su crudo análisis del porqué se demoró en divisarlo. Sin proponérselo ni proyectar demasiado, juntos fueron construyendo, día a día, una historia que ya lleva 17 años. La receta, según cuenta, mucha independencia, mucho humor ante todo y una escapada privada cada semana donde él la sorprende llevándola a comer a lugares por descubrir y que ella admite, espera con ansias. Lo que no quita que puesta a fantasear y, llegado el caso, al mejor estilo Marilyn, no dudaría en cantarle el Happy Birthday a Hugh Hackman, el morocho irresistible de Australia. ¡Perdón, Bernie!

Versátil como el dulce de leche

La fama la tomó de forma natural, porque tampoco nunca la buscó, de hecho cuando la convocaron al casting de Utilísima pensó que se trataba de una broma y no estaba segura de presentarse. Más tarde la delgada línea entre su vida pública y la privada se iría desdibujando a tal punto, que cada uno de sus embarazos pasaron a ser un hecho público auspiciado en los medios y hasta el momento más difícil de su vida, la muerte de uno de sus hijos, lo enfrentó delante de las cámaras. A esta altura de la charla el tema se vuelve obvio y la pregunta de cómo ese hecho cambió su vida, obligada. Su mirada perpleja se siente descubierta y muy lentamente trata de hilar las palabras exactas que mejor expliquen, lo inexplicable. “A partir de ahí sentí que cualquier cosa en la vida me podía pasar y todo me dio mucho más miedo, especialmente que me volviera a suceder”, su honesta y asumida confesión. Quizás por eso, su forma más aguerrida y valiente de confrontar ese demonio y demostrarse que podrá superarlo, es generando más vida. Así deba aprender a convivir con esa dolorosa cicatriz para siempre.

Sueña con ser una abuela muy presente, como su propia madre. Una matriarca que logre reunir a toda su numerosa familia alrededor de una mesa. Equilibrada en sus gustos reconoce que se resiste a los excesos de todo tipo. La fastidia la desprolijidad y sentencia que la regla N° 1 de convivencia en su casa es: “No pillar fuera, sobre la tabla, y siempre tirar la cadena”. Todo un reflejo de la forma en que le gusta conducirse. Prefiere sabores sin estridencias, como un scon o un budín de limón. Y si tuviera que definirse como alguno de los productos que habitualmente usa en su repostería, no duda en que sería un dulce de leche, “pero de buena calidad”, aclara. Dulce, pero no empalagoso, versátil, flexible, suave y siempre dispuesto a sorprender con todo tipo de combinaciones.

De tanta exposición, lo que más le divierte es su conexión con la gente y está segura de que el éxito de esa llegada radica en que “soy igual del derecho que del revés, una persona normal, con una vida común, como cualquiera”.

Por Pamela Bentel

Fotos Lucila Blumencweig

Producción Lulú Milton

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