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Cine y Series

Lucy in The Sky

Luc Besson vuelve a crear un poderoso personaje femenino. Solo que esta vez, todo que lo que rodea a su protagonista tiene escaso sentido.

Por Sandra Martínez

La premisa de Lucy –el ser humano utiliza sólo el  10% de la capacidad de su cerebro- es una falacia científica. Pero también mentira que el ADN puede preservarse en ámbar durante millones de años, y sin embargo eso no nos impidió disfrutar a los dinosaurios de Jurassic Park.  Y es imposible que un objeto celeste se acerque a la Tierra sin que los científicos lo noten hasta último momento, pero no por ello Melancolía de Lars Von Trier deja de ser una maravillosa película. La ciencia ficción con frecuencia tuerce los conocimientos fácticos que tenemos sobre la naturaleza o especula libremente sobre teorías no probadas, pero lo importante es que esos detalles den pie a una historia que valga la pena contar. Y criticar a Lucy por su inexactitud científica es ver sólo el árbol que tapa el bosque.

Desde la lolita letal que encarnó Natalie Portman en El perfecto asesino, hasta la épica Juana de Arco, la filmografía de Luc Besson ha dado al cine más personajes femeninos fuertes que la mayoría de los directores. Y la nueva musa del cineasta francés tiene algo de la Femme Nikita, pero pasada de esteroides. Scarlett Johansson interpreta a una joven que es obligada a “mulear” una nueva droga escondida en su cuerpo. Pero cuando el paquete azul -¿puede alguien usar una droga azul sin que resulte una referencia automática a la metanfetamina de Walter White?- se rompe accidentalmente, la sobredosis activa un extraño proceso en el sistema nervioso de Lucy, que comienza a liberar todo su potencial y le otorga nuevas capacidades sobrehumanas.

Esas habilidades que en una película de superhéroes tienen justificación intrínseca en el género, en esta oportunidad resultan francamente ridículas. Con la idea de darle un marco de credibilidad a esos superpoderes, entra en escena el personaje de Morgan Freeman, un catedrático cuya exposición sobre las posibilidades del cerebro humano se van intercalando con los avances de Lucy experimentando en carne propioa la teoría. Pese al intento de justificación, la coherencia interna del relato es nula. Mientras que en la propia película se asegura que al alcanzar el 20% del uso del cerebro podríamos obtener un control total sobre nuestro cuerpo, la primera reacción de Lucy ante la droga es… flotar. Claro que eso requeriría control sobre la gravedad, que es una asignatura un tanto más avanzada en el programa que propone Freeman.  Tampoco explica cómo logra cambiar el color y largo de su pelo en un pestaneo, y una larga lista de irracionalidades.

Lo bueno es que a medida que gana conocimientos, Lucy pierde emociones, liberando así a Johansson de cualquier esfuerzo de actuación.  El momento cúspide llega con un pequeño auto homenaje a El Quinto Elemento y luego la película derrapa en una psicodelia digna de 2001: Odisea en el espacio, para terminar con un Big Bang. Literalmente. Lo positivo es que con menos de una hora y media de duración y algunas de escenas de acción pasables, lel sinsentido no tiene tiempo de volverse agobiante.  Pero cuando las luces del cine se encienden, uno se va pensando que para escribir ese guión seguramente no fue necesario más del 10% del cerebro.

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