Publicidad Cerrar X
Territorios

Los (nuevos) dueños de la tierra

NY ComicCon: el mundo, cada día más geek, celebra el avance de la cultura pop sobre la Gran Manzana.

Texto y fotos: Juan Manuel Domínguez (desde Nueva York, especial para Bacanal)

Imaginar que un Comic-Con, en este caso, el New York Comic-Con –realizado entre el 9 al 12 de octubre– podía vencer a su par de San Diego, es pensar en el 17 de octubre de lo geek y sus satélites comerciales.

Haber superado a la meca del Comic-Con en cantidad de asistentes (151.000 en NY, 130.000 en SD), implica entender algo que Joss Whedon decía en el final de un documental sobre, justamente, el San Diego Comic-Con. Whedon, piedra angular de la invasión súper heroica en el cine –director de Los Vengadores y consultor o portero o rector, de cada película de Marvel Comics–, decía frente a la acusación de que vivimos tiempos geek como ningún otra época en la historia del pop (y también del no pop) y que los geeks dominaban la Tierra: “No me digas geek y ¿qué parte del mundo me toca?¿Australia?”

Whedon, hacedor de las películas que apostaron a los superhéroes como el nuevo western y ya-no-tan-nuevo-modelo económico de Hollywood, sabe lo que dice. Porque, seamos sinceros, algo raro, bien raro, está ocurriendo.

Pensemos. Imaginemos la voz de uno de esos trailers de cada ficción pop, literaria o no, vestida de nostalgia o de seguidores en Twitter, que es vendida semana a semana como la Nueva Gran Cosa. Imaginemos la voz. Ahora, esa voz dice: En un mundo donde The Walking Dead es la serie más vista del momento –15 millones de espectadores para una serie de zombis basada en un cómic– y donde el actor mejor pago del mundo –Robert Downey Jr.– ganó en el 2014 más de 50 millones de dólares solamente con las regalías de Iron Man 3, lo geek domina.

Pero lo importante es que se trata de lo geek en su aspecto no graso. Esto es: hablamos de lo geek sin la caricatura del Gordo Fanático de los cómics que aparece en Los Simpsons. Es lo geek pasado por los CEO, pensado más que nunca como negocio y con millones de geeks listos para comer a lo Pac-Man cualquier objeto, franquicia o moda que pueda generar: desde llaveros hasta seis temporadas y una película de cualquier producto. Porque, es cierto, es lo geek sin la grasa. Pero, como el monstruo de la laguna, la grasa sigue siendo la base que fundó este rascacielo y es la grasa donde patinan los modos fanáticos de consumo.

En ese mundo (acá ya pueden dejar de imaginar la voz engolada tipo trailer), el New York Comic-Con, a cuadras de Times Square, se erige como un evento que oscila entre la paranoia y la sincera felicidad. Ni siquiera hace falta llegar. La sorpresa está antes. Primero, la procesión (sea la hora que sea), por la calle 37 o 36 al Jarvis Center. Después los hombres y las mujeres ataviados con trajes que llevaron ocho meses para ser confeccionados y, por lo menos, “tres meses de sueldo” improvisando una comida preentrada al predio: el inefable hot-dog. Más adelante, familias de tres generaciones usando remeras de clásicos del cómic o un disfraz de un videogame que salió hace tres meses o una gorra de lana que asemeja un casco de R2-D2.

Seguro, suena pintoresco. Pero lo pintoresco se diluye en la avalancha. Y es la avalancha lo que sorprende. Pasan uno atrás del otro: walking undead, sin pisarse, sin siquiera agredirse. Todos aquí, sea el primer jueves o el domingo de clausura, visten sus colores. Lo geek como ADN de una generación, seguro, pero también como gesto que bordea el ridículo y está plenamente consciente de ese ridículo.

Entonces, después de entrar a un castillo-centro de exposiciones (que hace de la Rural la feria de puestos del Parque Rivadavia), se puede hacer la fila al lado de un padre con su hija. ambos disfrazados como personajes de Watchmen. O pegados a obsesos que están listos para salir corriendo a la presentación del nuevo juego Lego de Batman. O gente desesperada por encontrar a sus amigos para ir a ver el lanzamiento de las nuevas estampillas de Batman. O que quieren ir a comprar a Lucille antes que se agote. Es bueno aclarar que Lucille es la recreación en plástico de un bate de béisbol con alambres de púa que es clave en el cómic de The Walking Dead. O, la lista es interminable, ver a decenas de jóvenes hablando a sus cámaras como si estuvieran filmando algo para sus sitios pop, ensimismados en medio de un tsunami de colores y personajes, sin importar que a su lado haya otros nueve jóvenes haciendo lo mismo. Y, entonces, las puertas se abren. Los pases se escanean. Y, por fin, se entra.

Disfraces y fetiches
El neófito podría sentirse de la siguiente manera: un hombre reducido a tamaño de hormiga, lanzado en medio de un panal superpoblado donde todos saben qué hacer, dónde ir, cómo moverse y el humano no tiene la más pálida idea. La organización interna es perfecta y hasta biológicamente asimilada para teledirigirse a eventos específicos, a compras específicas, en cada uno de los inmensos cuatro niveles que hacen del Comic-Con NY, el panal de la nueva abeja reina.

Apenas se entra, en el nivel 3, dice presente lo visual. Esto es, el cosplay: hombres y mujeres disfrazados, apelando a la parodia o todo lo contrario, de personajes que en su variedad van desde el ABC1 del pop –Iron Man, Batman, Wonder Woman, Goku, Mario, Ryu– hasta personajes que, incluso aquellos que tienen cinco kilómetros de cómic y manga en su hogar, no pueden descifrar. En este enorme hall, que permite el acceso al piso principal, nada es más importante que el cosplay. Nada. Ni siquiera todo lo que alberga el piso principal: editoriales, compañías de videojuegos, vendedores de remeras, de originales (puede verse al pasar una página clásica de las historietas y, al lado, una oferta de peluches de Game of Thrones), de historietas, de reproducciones de espadas, de Legos, de juguetes, de artículos para artistas, de editoriales que están surgiendo y quieren llamar la atención, de anime, de juguetes importados, de juguetes exclusivos. Ninguna de estas cosas es más importante que el cosplay.

En su barroco sentido del espectáculo (un sentido que domina la convención), ese hall parece una extraña Plaza Constitución del fetichismo en hora pico. Cientos de personas divididas entre los que miran y los que quieren ser mirados. En este hall del tamaño de una cancha de fútbol (y quizás un poco más) todos se sacan fotos y todos sonríen. De ellos o de los otros. Es común la sonrisa tipo “Fahhh, mirá de qué se disfrazó” acompañada por un gesto de genuina sorpresa.

Así como se ven camisetas de Boca en un partido de Boca, aquí hay Princesas Leia de 3 años con sus mamás Princesas Leia. Hay Man-Bats (villano de Batman más murciélago que hombre) que podrían ir tranquilamente a una película o al zoológico y que incluso usan zancos para tener la altura correcta. Hay 14 amigos todos disfrazados de personajes femeninos de Sailor Moon. El detalle es que los 14 amigos vinieron sin afeitarse.

El rango de cosplay que puede verse oscila entre lo orfebre y lo a punto para competir a nivel internacional –sobran competencias y aquí, obvio, hay una–; también, claro, está lo berreta con guiño. En el medio de este hall, entra todo. Desde versiones femeninas de personajes masculinos hasta disfraces solo para entendidos: Wolverine zombi, por ejemplo, cuando no un personaje que ni Google recuerda. Disfraces caseros y sin tanto sentido del absurdo, remeras con códigos geeks que ya no lo son tanto y la lista de infinitos –pero posibles de ver– sentidos de apropiarse de la cultura pop que, a pasitos, está en venta. Y eso que todavía ni pisamos los salones principales. Vamos por más.

Tu propia aventura
A partir de aquí, hay dos formas de recorrer la aventura del Comic-Con: pisar los stands gigantes como Marvel, Dark Horse, Skybound –dueña del chiche del momento, The Walking Dead–, Capcom, el app de Cómo entrenar a tu dragón 2, el nuevo videogame de Alien y así la lista. Esto supone perderse en mares de merchandising y eventos específicos: firmas de leyendas, wwweos de juegos, ofertas instantáneas, concursos de trivias, mientras se eluden en los superpoblados pasillos a los cosplayers y sus fetiches. Ese simple juego puede durar horas, días, y puede permitir ver originales que nunca se imaginaron apilados en una caja como si fueran saldos. Vale aclararlo: como si fueran saldos que cuestan 12.000 dólares. O conseguir esa edición especial de ese juguete que solo se editó para San Diego. O, si todavía se ama más a las viñetas que a los muñecos, irse al Artist Alley, a tres cuadras dentro del mismo complejo –otro espacio tamaño estadio de fútbol– y recorrer, cual góndola de supermercado, mesas con artistas donde, otra vez, las leyendas se cruzan con los novatos al mismo precio.

Pero la otra manera de recorrer el Comic-Con NY es elegir el mercado de novedades: hacer las colas por horas para ver las primeras escenas de Constantine –la nueva serie de Warner– o del capítulo de The Walking Dead que se estrena esa noche. O del film de Los pingüinos de Madagascar. Y, en el entretiempo, ir a la parte más, si se quiere, violenta: celebridades clase C (de esas que festejan en The Big Bang Theory) sacándose fotos por dinero. Desde Hulk Hogan y Gillian Anderson de The X Files hasta, obvio, William Shatner o Adam “Batman 66” West: todos están en el hall de los autógrafos.

Esa última parte, más violenta, menos enloquecida y más obvia en su filo “venta de la nostalgia” es quizás la menos feliz. El resto, en su inmensidad, en sus costos –las últimas dos horas son aquellas donde las ofertas reales aparecen y son soñadas por cualquier fan–, en sus novedades –lanzamientos anunciados siempre con merchandising–, en su histeria pop y su frenesí a paso de Feria, es simplemente antológico.

Si los geek dominan el mundo, tienen su Convención de Ginebra en estos pasillos. Aquí se hacen las leyes y los trajes del pop que vendrá (o el que ya fue y ahora se vende, original o no, como mercancía o presencia). Es un mundo inmenso, enloquecido, sistemático, juvenil y poderoso. Al menos, hasta que se cruza la calle.

Es que a cuatro cuadras, donde algunos sorprendidos relacionan la horda de disfraces con un prematuro Halloween, los disfrazados siguen siendo felices. Saben que les queda un año para volver a su panal cada vez más grande. Mientras tanto, el mundo los riega constantemente con objetos pop que algún día serán un recuerdo fantasma o invencible. ¿A quién le importa mientras alguien pueda disfrazarse y disfrutar de todo esto?

×