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Tecno

¿Los dinosaurios van a desaparecer?

Con historias y presentes muy distintos, Microsoft y Apple se enfrentan al mismo desafío: cómo mantenerse líderes en una industria cambiante y competitiva.

Por Tomás Balmaceda

Hasta hace algunos años, y como se habló en esta misma revista hace apenas un mes, las historias sobre las compañías exitosas de Silicon Valley solían incluir un garage, en donde jóvenes visionarios y con hambre de gloria llevaban adelante sus sueños y lograban sobreponerse a la desconfianza e incredulidad general. Google, Apple y Hewlett Packard, por nombrar tres ejemplos, comenzaron en humildes garages sin dinero y lograron convertirse en gigantes con dinero. Hoy, sin embargo, las cosas son muy distintas y las startups suelen contar con inversiones millonarias incluso cuando sus productos finales son sólo promesas en una presentación de PowerPoint. La era dorada de Silicon Valley, además, estaba regida por nombres propios, personas que seguían una visión clara y que le ponían su sello a lo que hacían. Con más puntos en contacto de los que uno creería a primera vista, Bill Gates y Steve Jobs fueron los referentes de esta etapa. A casi cuatro años de la muerte del creador del iPhone y a siete de la dimisión como CEO del cerebro detrás de Windows, ¿cuáles son las estrategias de Apple y Microsoft para sobrevivir sin sus fundadores en un mundo que está dejando morir a las computadoras de escritorio y se rinde al universo mobile? La fórmula, al parecer, es poner en crisis las bases mismas sobre las que fueron construidas y no temer traicionar a sus padres.

Desde su creación en 1975 hasta el año 2006, Bill Gates fue la cabeza de Microsoft y quien tenía la última palabra en cada uno de los productos que la compañía lanzaba al mercado, con un estilo agresivo y competitivo que lo convirtió en una pesadilla para sus empleados y para la competencia. Las anécdotas de su estilo de liderazgo se multiplican sin fin en libros y sitios web. Era corriente, por ejemplo, que muchos empleados reciban de madrugada, como respuestas a sus proyectos, correos electrónicos del mismísimo Gates con la frase: “Es la cosa más estúpida que alguna vez escuché”. Su máxima creación, sin duda, fue Windows, el sistema operativo más popular del mundo, que vio la luz en 1985 e impuso la noción de “ventanas” como interfaz gráfica de usuario, reemplazando al más complejo MS-DOS, que también ayudó a crear. Desde entonces, el programa se impuso en todo el globo con ocho versiones y en la actualidad está presente en más del 91% de las computadoras de todo el mundo. Esta posición dominante no le ahorró críticas ni problemas. Muchos remontan los inconvenientes a 2007, poco tiempo después del anuncio de Gates de que abandonaba su puesto como CEO, cuando se lanzó  Windows Vista. Esta edición le trajo innumerables dolores de cabeza a los usuarios, debido a su inestabilidad y la incompatibilidad que tenía con sus predecesores, algo que hasta entonces no había ocurrido. Esta incomodidad no cesó con la siguiente versión, Windows 7, que salió en 2009 y ya comenzaba a prepararse para la revolución móvil. Pero el pico de críticas ocurrieron con Windows 8, que llegó a hogares y oficinas en octubre de 2012 con una gran novedad: había desaparecido el botón Inicio. Su renovado entorno de baldosas, llamado Metro, era tan revolucionario que desorientó a los consumidores, quienes literalmente se sintieron extranjeros en sus propios equipos y comenzaron a regresar a la versión anterior. Por primera vez, su cuota en el mercado se retrajo y algunos fabricantes, incluso, comenzaron a vender equipos con el sistema operativo viejo. Esto trató de ser remendado con Windows 8.1, una suerte de mezcla entre los dos modelos anteriores. Pero, conscientes de que el avance de los smartphones y las tablets es imparable y que allí gobiernan Apple y Google, en la compañía tomaron la idea de que “la mejor defensa es el ataque”, iniciando una suerte de revolución. 

Windows 10 salió al mercado el mes pasado y es la mayor apuesta en la historia de Microsoft por muchos motivos. Por un lado, ya no es un sistema operativo exclusivo de computadoras, sino que está pensado para teléfonos, tablets y consolas, bajo el lema de un único Windows para todos los usos, con una tienda unificada de aplicaciones y programas. Esta versión, además, llega luego de que cinco millones de personas descargaran una versión preliminar e hicieran comentarios a la compañía, en lo que el Wall Street Journal llamó “el proyecto de crowdsourcing de software más grande del mundo”. Y, para alegría de muchos, el botón de inicio está de regreso y actualizado a los tiempos que corren, con baldosas animadas y más opciones. Todo esto con una estrategia que Gates jamás hubiese permitido: la actualización a Windows 10 es gratuita. De este modo, el modelo de negocios cambió radicalmente. Ya que no es necesario comprar un CD o un soft, sino que este SO es visto como un servicio y no como un producto. Además, nunca estará completo, ya que será un sistema operativo en constante evolución, con actualizaciones periódicas y rápidas, dejando atrás los pesados “service pack”. Dentro de la compañía de Redmond creen que nada de todo esto hubiese sido aprobado por Gates, poco afecto a las modificaciones radicales de productos y abocado ahora a la caridad. Para el actual CEO de Microsoft, Satya Nadella, Windows 10 es su chance de quedar en la historia. Aún resta saber si será recordado como el salvador de la empresa o como su verdugo.

En la vereda de enfrente, Apple también enfrenta desafíos. La mística que rodea a Steve Jobs es aún mayor que la de Gates –aunque, en los fríos números, su desempeño fue menos exitoso- y se convirtió en una pesada mochila para su sucesor, Tim Cook. Desde que asumió en 2011 debió encontrar un modo de ganar peso dentro y fuera de la empresa, considerada la más valiosa del mundo.

Jobs era sumamente wwwarudo y defendía sus ideas hasta el final, incluso si estas no agradaban a sus empleados o accionistas. Pero las tendencias tecnológicas cambiaron desde su muerte y Cook debió romper algunas de sus máximas para mantenerse líder. Una de las traiciones más importantes a la memoria del fundador fue haber lanzado el iPad Mini luego de que en 2010 Jobs le dijera a un grupo de inversores que la única tablet de menos de 10 pulgadas exitosa sería aquella que incluya “una lija para que puedas lijar tus dedos y reducirlos a una cuarta parte de su tamaño real”. Lo mismo ocurrió con el iPhone 6 Plus, que llegó para competir en el terreno de los gigantescos Samsung Galaxy Note, que habían sido objeto de burla por el mismo Jobs. “No cabe en la mano, nadie lo va a comprar”, había declarado a la prensa. La rebeldía del discípulo rindió frutos y hoy, otra vez con los fríos números en la mano, Cook es más que el maestro: el iPad mini y el iPhone 6s son los modelos más vendidos del extenso catálogo móvil de la compañía. Si bien se espera que en el segundo semestre de 2015 las acciones de Apple pierdan dinero -en parte por su fallido intento de triunfar en China, en donde no logran pasar del tercer puesto de ventas- el CEO está haciendo un buen trabajo. Para muchos, el verdadero desafío llegará con los flamantes modelos de iPhone, presentados mundialmente la semana pasada, que deberán mostrar más innovación que las últimas versiones, y con el desempeño en ventas del Apple Watch y del servicio Apple Music.


Mirando a sus competidores desde un trono de oro, tanto Microsoft como Apple saben que el terreno en el que se mueven está en constante evolución y que nadie tiene asegurado el éxito. Son gigantescos dinosaurios, súper poderosos en su tiempo de supremacía, pero que deben evolucionar para sobrevivir.


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