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Los correcaminos

Los longboard son tablas de skate mas largas y mucho mas rapidas, que pueden alcanzar hasta 130 kms/h. Vértigo + velocidad: un cocktail adictivo ciento por ciento.

En la pista pública de skate y BMX de Barracas se conoce a un pibe que tiene una cicatriz importante en el brazo derecho. La cicatriz está rodeada por un tatuaje con forma de pez. El pibe es de Mar del Plata, se llama Federico y fabrica las tablas Cochino, skates largos. Federico tiene actitud para patinar y tiene actitud cuando cuenta sobre la movida de longboard en Mar del Plata y Sierras de los Padres. Para promocionar la marca, un amigo pateó ¡400 kilómetros planos!, desde Buenos Aires hasta la ciudad atlántica. Federico se dio un palo importante patinando y de ahí la cicatriz. Viaja con la novia en un auto medio destartalado y hoy disfrutan de una mañana de sol. Cuenta que en sus tablas usan algunos materiales iguales a los de las tablas de surf. Es que Mar del Plata es la California argentina. A las tablas las pintan a mano, todo bien artesanal. La primera tabla larga para el recién iniciado cuesta unos $200. A eso habrá que sumarle otros $600 para los trucks (ejes), ruedas y rulemanes. Los precios del vértigo.

La manada

El longboard no para de crecer en todo el país. Algunos hasta los usan en las ciudades como medio de locomoción para ir de un lado a otro. Dentro del longboard hay distintas disciplinas. En el downhill (colina abajo) se trata de ir lo más rápido posible en pendientes, cuestas, montañas. Sin dudas la adrenalina está presente: hay profesionales que alcanzaron velocidades de más de 130 kms/h. Bajan por las rutas vestidos con traje de cuero y casco volando arriba de un pedazo de madera con ruedas.

La cuna del downhill en Argentina es Mendoza. De Mendoza es Juan Guevara, el mejor rider argentino. En mayo, en San Luis, se realizó en Potrero de los Funes un campeonato internacional al que fueron riders de Perú, Chile y Brasil. En estos países sobran bajadas, el deporte es popular y los riders la rompen. En Mendoza ganó Douglas Dalua (un brasileño de más de 110 kilos), que es el Maradona de la actividad: gordito, habilidoso, carismático. Otro sábado a la mañana de sol se conoce en la bajada de la Plaza Mitre a Lucas “El Colo” Arnoletto (31). La plaza queda a metros de la embajada británica: hay árboles y una calle en bajada con una gran curva hacia Avenida Del Libertador. Ahí, los que practican downhill alcanzan velocidades de 45 kms/h.

Son un grupo de unos veinte corredores, de entre 15 y 40 años, cada uno con su estilo, aunque la mayoría usa protecciones. Varios llegan en auto (para nada destartalados) y se mueven en manada. Entre ellos hay una chica de 26, Ana, que empezó a andar hace poco menos de un año y está fanatizada. Algunos practican freestyle (estilo libre), que es bajar tirando pruebas, caminando sobre la tabla, saltando y así. Otros practican freeride, que es bajar pegando derrapadas. Otra disciplina es el slalom, bajar esquivando conos y la última es el carving, que es ir surfeando pachorro las calles, las pendientes. Surf en cemento.

“El Colo” corre downhill para Lab, otra marca nacional de tablas. Tiene tatuado un tiburón en la muñeca izquierda y tiene un dedo bien chingado por un golpe que se dio practicando en el Tercer Campeonato Internacional de Mendoza en 2010: un circuito soñado con recorridos de 10 kilómetros, donde se supera los 70 kms/h. Cuenta que en Mendoza estuvo cinco días entrenando y que conocía la pista de memoria. También que, cuando vio al gordo Dalua llegar, se emocionó. Ni hablar cuando quedó mano a mano con el brasileño y en un entrenamiento largó detrás de él, siguiendo a su ídolo. “Era como jugar un picado con Maradona”. Pero Dalua es un hombre demasiado veloz y “El Colo” terminó fuera de pista. Un palo tremendo, mano destrozada, aunque la pasión por la velocidad hoy sigue intacta. El Colo surfea desde los 15. Cada vez que podía se escapaba con los primos y amigos a Mar del Plata. Hasta iban en invierno a meterse en el mar helado. Un primo tenía un longboard pero en aquella época nadie sabía bien cómo andar. “Era medio suicida. Me acuerdo que había marplatenses con tablas con forma de gota, bien surferas. Se tiraban derecho sin casco a dos mil por hora. Un primo terminó internado, todo roto. Yo ni me subía.”

Seguridad y spots

En la actividad el uso de protecciones es fundamental. Los accidentes pueden ser graves y hasta fatales. Además es importante aumentar la dificultad en forma gradual. En Buenos Aires, por ejemplo, los que empiezan se reúnen en el Rosedal y en Puerto Madero. Ahí aprenden a patear y a derrapar en lugares casi planos, que es una de las técnicas de frenado. Con el tiempo, pueden empezar los descensos en Plaza Mitre o en las bajadas picantes al río de Paraná o Alvear, en Zona Norte. Con tranquilidad, paso a paso, aprendiendo con los que saben. Pura técnica y aerodinamia. “El Colo” cuenta que en Mendoza había un peruano que andaba con ruedas viejas, en una tabla que parecía un cajón de manzanas. Sin embargo, andaba rápido y con actitud. “Lo que importa es el que va arriba”, reflexiona. En Plaza Mitre además entrenan haciendo equilibrio sobre una faja de unos 5 cms de ancho tirante entre dos árboles… como equilibristas de circo. A tanta velocidad, es conveniente no perder el equilibrio. En el grupo están felices porque varios parten por el día a Tandil. Los que viven en esta ciudad plana, tienen que viajar para poder desarrollar buenas velocidades y seguir mejorando. Hace poco estuvieron en San Pedro y volvieron alucinados. “Los de Buenos Aires le ponemos huevo, a pesar de una geografía que no nos favorece para entrenar”, comenta “El Colo”. Y se despide para estar un tiempo con la familia. En un rato va a volver, como casi todos los días del año, a seguir deslizándose como el viento por el pavimento. Para que la adrenalina no disminuya su velocidad. *

Texto: Martín Llambí