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Música

Led Zeppelin y el revisionismo histórico

En estos tiempos de vacas flacas, qué mejor que recurrir a los archivos, a los grandes jugadores, a los imbatibles. 

Por Eduardo Fabregat

“Queremos recordarle al mundo qué banda jodidamente buena éramos”. Será poco elegante (aunque en inglés, “fucking good band”, choca un poco menos), pero el autor de la frase exige respeto: así es como Jimmy Page viene definiendo desde hace semanas las reediciones remasterizadas de Led Zeppelin, que a comienzos de junio pusieron en las estanterías de todo el mundo sus primeros tres discos, anuncian el cuarto para fin de año y el resto de la discografía en 2015. El argumento es ocioso –muy pocos se atreven a negar cuán jodidamente buena era,es, Led Zeppelin– pero qué importa: todo Led Zeppelin remasterizado y con material inédito es un festín demasiado sustancioso como para detenerse en los detalles. Sobre todo porque hay detalles no del todo simpáticos.

No es novedad: desde hace años, la industria discográfica vive una crisis inédita. Desde que Edison inventó el primer “fonógrafo a cilindro”, desde que en 1948 se lanzaron los discos de plástico y las radios comerciales se encargaron de fomentar una forma de difusión mucho más económica que llevar una orquesta completa a los estudios, el negocio de la música siempre pareció tener viento en popa. Tuvieron que aparecer el MP3 y los discos grabables para que el horizonte se llenara de nubarrones, y recién ahora la comercialización digital levanta cabeza y se convierte en un nuevo modelo de negocios sustentable, rendidor, capaz de volver a motorizar el Ferrari que se había convertido en carreta. Pero el panorama dista de ser la fiesta derrochona que caracterizó los 80 y los 90: hoy todo número cuenta, toda posibilidad de ingresos es una tabla de salvación.

El encanto del bonus track
¿Y qué mejor ingreso que el de volver a vender lo ya producido? El proceso de remasterización es costoso, pero ni se acerca a los valores de una grabación. Ya no hay que hacer cerrar los números de una gira y, sobre todo, el márketing ya está hecho: basta decir “Led Zeppelin remasterizado e inéditos”, y el universo rockero se agitará y arderá de excitación. Bienvenidos al nuevo siglo: ya nos vendieron el disco de vinilo, casete y magazine; después nos vendieron el CD; después la descarga digital, y ahora el mismo material remasterizado, en digital, CD y… vinilo. He ahí la historia de cómo moderse la cola y producir música de caja registradora. Afortunadamente, hay un paso superador, el de darle otro relieve a las reediciones apelando a lo que sobrevive en las bóvedas: el eterno encanto del bonus track.

Sería injusto decir que el fenómeno es nuevo. De hecho, como sucede con unas cuantas cosas relacionadas con la música, el recurso fue inventado por The Beatles, primero con los Past Masters de 1988, cuando sacudieron el mundo en 1995 con los Anthology y con las dos series de sesiones para la BBC de 1994 y 2013. Bob Dylan sostiene sus Bootlegs Series desde 1991, y ya lleva diez volúmenes. Después de la separación, REM empieza a entreabrir una bóveda de grabaciones inéditas que promete grandes momentos. Las remasterizaciones de Pink Floyd fueron acompañadas por materiales valiosos, sobre todo de performances en vivo. The Rolling Stones han hecho lo propio con las versiones ampliadas de Exile on Main St., Some Girls y –en breve– Sticky Fingers. “Nadie escribe un disco del track 1 al 12 y dice ‘listo, ya está’. Es un proceso continuo”, señaló Keith Richards en 2009. La cocina del músico suele guardar varios tesoros, y hay un campo enorme para explorar: los responsables de Xscape, el segundo disco póstumo de Michael Jackson, afirman que hay material para ocho más. Hasta sucesos efímeros de los 80 como Frankie Goes To Hollywood dan tela para la edición 30º aniversario de Welcome to the pleasuredome, con canciones inéditas, un libro y un DVD.

En busca del tesoro perdido
Curiosamente, a Led Zeppelin no le fue tan fácil. Jimmy Page, concienzudo curador de su propia obra (ya había hecho las primeras remasterizaciones de 1990), señaló desde el principio que la banda no tenía un sistema de registrar muchas canciones y luego elegir la lista definitiva, dejando material en el camino; que las ediciones 2014 abundarían en incunables sonoros de shows y muestras del proceso de trabajo, pero no tendrían muchos inéditos. “En los discos, salía lo que habíamos grabado, no había mucho más”, detalló, pero se cuidó muy bien de señalar que la selección había buscado incluir cosas que no estuvieran ya presentes en el universo de los bootlegs. De hecho, el “companion disc” de Led Zeppelin I es producto de una labor detectivesca de Page, que encontró un pirata en Japón y rastreó el origen hasta llegar a las cintas originales: se trata de un show realizado el 10 de octubre de 1969 en el Olympia de París, que fue transmitido por un radio, repetido hace unos años y desde entonces desaparecido. Son ocho canciones que dan cuenta del salvajismo que la banda exhibía sobre escena, un entrenamiento que hacía que en el estudio sonaran como sonaran: un viaje imperdible, del impactante Good times, bad times mezclado con “Communication breakdown” que abre hasta el cierre con el incendiario blues How many more times, con trazas del riff de Whole lotta love incluidas.

Para los volúmenes II y III, Page debió esmerarse un poco más; el fan sabrá disfrutar el inédito La La, pero las “mezclas en crudo” de clásicos como Whole lotta love o la pista guía de Living Loving Maid (She’s just a woman) son más un ejercicio de antropología rockera que de descubrimiento. El tercer disco tiene su gracia, con un segundo álbum que compila siete out takes y trés inéditos: Jenning’s farm blues, Bathroom sound (“Out on the tiles” en versión instrumental) y Keys To The Highway/Trouble In Mind, una rareza de Page y Plant en la soledad del estudio dando rienda suelta a su pasión blusera. 45 años más tarde, no se puede negar el placer de dar un salto en el tiempo y meterse en la intimidad de una de las bandas más relevantes de la historia de la música contemporánea.

De eso se trata: revisionismo histórico. No es que el panorama actual no tenga propuestas atendibles y dignas de entusiasmo. Pero pocas cosas se comparan al poder del archivo, sobre todo con ciertos nombres que, mientras pasan los años, siguen siendo jodidamente buenos. Remasterizados, sí. Pero ante todo bien añejados.

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