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Columnistas

Lamento maternal

Chicas en salidas de chicas, donde se mezclan tragos y el plato de todos los días: los hombres.

Por Fernanda Nicolini

¡Ay, no lo puedo creer, es la primera vez en un año que me pongo tacos!

Les presento a Lucía, a la que en quinto año llamábamos Morti, por Morticia: no había otro color que el negro en su vida, iba a bailar a Réquiem y cada tanto nos arrastraba a nosotras -que en ese entonces escuchábamos a Los Redondos y para los góticos éramos una suerte de submundo vulgar-, a ese reducto de Avenida de Mayo entre jóvenes manos de tijera.

Después, pegó un trabajo en la oficina del padre en Microcentro, se pasó al bando de las chicas color pastel y era imposible distinguirla de las secretarias de estudio jurídico nacidas y críadas en Zona Norte. El viaje iniciático a Machu Pichu le cambió la vida. Eso nos dijo cuando la vimos con babuchas tejidas y un novio patasucia que no tenía ningún problema ideológico con instalarse en su departamento de Palermo, así, de arriba. Si la vida de Lucía hasta ese momento había sido un vaivén entre tesis y antítesis, la síntesis la agarró con treinta y pico: ni loca abandonaba la comodidad de Palermo para vivir en una cabaña en Córdoba, pero estaba dispuesta a pasarse al naturismo, la macrobiótica o lo que la moda eco dictara en cada temporada.

Así fue como parió en su propia casa –el padre no fue el hippie, dios nos salve- y se convirtió en una madre de clausura durante meses para que nada alterara la conexión con su hijo, lecciones de alguna gurú maternal mediante.

Si hay algo que podemos decir de Lucía es que es coherente: si abraza una tribu urbana, una religión o una moda, ella va a fondo.

-Olvídense de que pidamos esas papas bravas deliciosas porque abandoné los carbohidratos compuestos.

Es lo primero que nos dice, mientras hojea el menú de tapas españolas en este restorán ideal para tres amigas que hace tiempo que ya no salen de levante: acá todos estamos más atentos al punto de cocción de la tortilla de papa -la eterna discusión entre cocida o babé- que a las miradas cruzadas de mesa a mesa.

-¿Y? ¿Cómo va la maternidad?

Pregunto, más por saber algo de mi amiga que por someterme el clásico ritual de que una madre muestre infinitas fotos de su celular –todas diferentes para ella, todas iguales para mí- durante media hora.

-¿Les digo la verdad? ¿Quieren saber la verdad?

Anita deja el tenedor con la gamba al ajillo a medio camino. Como yo, vislumbra a la vieja Morticia en el tono de voz.

-¡La verdad es que nadie te dice la verdad de esto! Ser madre es un infierno. Los momentos de felicidad, ese cuando tu hijito te mira como si fueras el amor de su vida, pierden 10 a 1 en el día a día con los otros. Hace un año que tengo olor a mierda en las manos, siento que Nicolás es el hombre más inútil del mundo, que la única media hora en la que está con su hijo lo deja tan excitado que después estoy años para dormirlo, el sexo es una entelequia, y quisiera irme a vivir con mi vieja, ¿se dan cuenta de eso?, con tal de dormir unas horas más y bañarme con la puerta cerrada y sin pensar que por ahí mi hijo ahora está tomando limpiavidrios, que..

-Pero Lu, pensá que…

-Lo que pienso es que está tan sobrevalorada la felicidad de ser madre, que si un día te levantás con ganas de salir corriendo y abandonar todo porque tu hijo está llorando desde las cinco de la mañana, te sentís Hitler… y si a los seis meses querés de dejar de darle la teta porque querés recuperar tu independencia mamaria, sos una asesina de anticuerpos, y si…

-¿Y si hacemos algo para que te liberes como en los viejos tiempos? No te digo ir a Réquiem ni poner un sahumerio de pachuli, pero…

-Sí, por favor. Pedime ya unas papas bravas. Estoy a punto de pasarme a la tribu de las madres que les dan coca cola con galletitas de chocolate a sus hijos y son felices.

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