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Viajero Bacanal

La Venecia del norte

Una postal de puentes y canales, con la vanguardia del diseño escandinavo, moda vintage, gastronomía típica y todo un mundo de contrastes rodeados del inmenso mar.

Por Claudia Serrano 

Estocolmo, la bella. Una ciudad que tiene magia europea, pero también una diversidad de contrastes que la vuelven un lugar muy especial, de interminables vistas marinas y grandes espacios verdes, parques y jardines, dentro de la urbe misma. Inviernos largos y oscuros, veranos agradables, frescos y a la vez extraños, ya que el sol se pone una hora antes de la medianoche. La vida rodeada de tanto mar… Una experiencia única para los visitantes de esta ciudad construida sobre catorce islas que separan el mar Báltico del Mälaren, con decenas de puentes para circular por los diferentes barrios. De ahí que se la conozca como la Venecia del Norte. Y, sin duda, lo es.

Visitamos Estocolmo en enero. Y, en el invierno sueco, el viaje es diferente. Conocés otra ciudad distinta de la del verano. La gente cambia, su personalidad, como acompañando al clima, literalmente.

Estocolmo se transforma con cada estación. En invierno, el sol sale a las ocho de la mañana y se pone a las tres y media de la tarde. A las cuatro ya es de noche. Tan solo seis horas de luz. Cuatro meses muy oscuros y difíciles. Es por eso que los suecos viven pendientes del clima, en invierno y en verano es un tópico diario. ¡Cómo no entenderlos!

Pero ni el clima ni la luz amedrentan al turista fascinado por las postales nevadas. Y el primer paseo obligado es recorrer Gamla Stan, la ciudad antigua. Una isla pequeña y bellísima construida en el Medioevo, con sus edificios renacentistas teñidos de colores toscanos: duraznos, ocres, terracotas. Caminar y perderse entre callecitas adoquinadas, laberintos, angostos pasajes, la estatua de San Jorge y el Dragón -obra del Gótico tardío-, edificios inclinados al estilo de la torre de Pisa italiana, y tabernas pintorescas originales de la época de los bárbaros escandinavos.

A continuación, un posible plan es seguir rumbo al centro, ya sea para hacer compras o, mucho más interesante, entrar al Kultur Huset, o la Casa de la Cultura (algo así como nuestro Centro Cultural San Martín). De arquitectura de los años 70 y espléndida fachada vidriada, alberga salas para múltiples actividades, restaurantes y cafeterías cancheras, siempre llenas. En el último piso, está la biblioteca y lugar de juegos para niños, un mundo maravilloso de letras gigantes y personajes infantiles típicos escandinavos pintados en los muros. Antes de entrar aquí, como en todos los hogares suecos, hay que sacarse los zapatos. Desde este nivel, hay una vista impresionante, de techo a piso, de toda la zona y la plaza de Sergels Torg.

Algo llamativo en esta ciudad es, por un lado, el ritmo de sus habitantes, que no es tan acelerado como el de los porteños sino más pausado. Los suecos se toman su tiempo. Por otro lado, en Estocolmo, se ven niños por doquier. Las familias tiene entre 3 y 4 hijos promedio, de manera que es una ciudad muy kids friendly. Todas sus bibliotecas tienen una sección de niños tan amplia como la de los adultos, con divertidos livings, mesitas y sectores de juegos entre libros que invitan a la lectura desde lo lúdico. Para un latino, también resulta curioso ver a tantos papás cuidando de sus niños, sobre todo de sus bebés. Es que el gobierno sueco destina un año de licencia (con sueldo, claro) para las madres y otro año para el padre. Cuando la mamá retoma su trabajo, el papá cuida de los bebés y niños, o viceversa. Increíble, pero real.

EstocolmoEntrar en calor

En invierno y después de cualquier paseo, se impone entrar a algún lugar cálido a recuperar energía. Y un clásico para tal fin son las Konditori, confiterías y pastelerías, algunas con una maravillosa propuesta totalmente retro en sus vidrieras de dulces, muy de los años 60. De la pastelería típica, la especialidad son las kanellbullar (facturas de canela) y los semla (facturas con un relleno gigante de crema), que se exhiben en las vidrieras por todas partes cual si fueran la nueva colección de invierno. Si es época de Navidad, en todos los locales donde se haga alguna compra se ofrecen deliciosas galletas de jengibre que aquí se llaman pepparkaka, ya sea que uno esté en H&M o hasta en la paquetísima NK, Nordiska Kompaniet, la versión sueca de Harrods, un fabuloso shopping mall de época, súper tradicional y elegante.

Instalado en el distinguido barrio de Östermalm se encuentra Sturekatten, un café de dos pisos que queda en un viejo edificio, y que tiene la genialidad de estar ambientado con dos fabulosas chimeneas, enormes y antiguas, típicas suecas, de cerámica blanca, y muebles, cuadros y empapelados del siglo XIX. ¿Recuerdan Fanny & Alexander, la película de Ingmar Bergman? Las múltiples habitaciones, cada una de un color y empapelado diferente se conectan entre sí, los mozos vestidos a la antigua usanza, camisa blanca, moño, delantal y pantalón negro. Esto sumado a la muy buena atención y las delicias del menú, hacen la magia de este lugar, un favorito.

Y si de comer bien se trata, hay en Estocolmo dos grandes Mercados, Hötorgshallen y Saluhallen, en Östermalm, visita obligada de todo foodie. Ahí se puede tomar buen café, almorzar carne de reno o pescado ahumado, o simplemente stockearse de productos gourmet, locales y de todo el mundo, incluso de los más exóticos y lejanos.

Otra buena propuesta para la hora del almuerzo es comer en el restaurante del Moderna Museet, el museo de arte moderno de la ciudad. Ubicado sobre la isla de Skeppsholmen, en el centro, el lugar ofrece una gran panorámica de la ciudad y el agua, del boulevard de Strandvägen, un paseo súper chic que fue terminado en 1897, de arquitectura bellísima. La colección nacional e internacional del museo es de excelente nivel, y la boutique está a la altura.

Para no perderse, visita obligada también, el Museo Vasa. Fue construido para exponer el barco de guerra de dicho nombre, navío del siglo XVII que al zarpar, en 1628, y navegar solo unos pocos metros, se hundió. Es un tesoro único en el mundo y maravilloso para conocer cómo era la vida de los hombres de mar en ese entonces. Queda en la isla de Djurgården, un preciosísimo parque en plena ciudad. La isla además tiene otras atracciones como Skansen, el Zoológico abierto, y es sede de típicas festividades suecas como Midsommar. Aquí en Navidad es ideal disfrutar del mercado tradicional en el entorno de la antigua época de Skansen. También es imperdible la casa de la famosa pelirroja Pippi Långstrump (Pipi Mediaslargas), adorable personaje de la escritora sueca Astrid Lindgren en cuyo honor y desde 2003, el gobierno de Suecia premia anualmente a un autor, ilustrador o promotor de la literatura infantil y juvenil, un premio que en 2013 ganó la argentina Isol.

EstocolmoEl Soho sueco

Tomarse el ferry y cruzar en dirección a Södermalm. Otra isla que tiene su parte hipster que llaman SoFo. Es nuestro Palermo SoHo, plagado de tiendecitas, pequeños restaurantes, bares y moda vintage. Recomedado altamente probar la pizza en Primo Ciao Ciao, realmente deliciosa (me animo a decirlo, y perdonen los italoporteños: pero la pizza en Estocolmo es mejor que en Buenos Aires).

Muy cerca, en la calle Hornsgatn, están las tiendas vintage de Judits Second Hand, con increíble selección de prendas y accesorios refinados, y Herr Judith, versión masculina de buen gusto y una original vidriera con osos, zorros y otros animales embalsamados, muy retro. Es que los suecos, hombres y mujeres, son apasionados por lo retro y las tradiciones. Hoy, en sus vidrieras de moda y diseño, se ve una vuelta muy fuerte al pasado, pero aggiornado, con un twist.

En SoFo, tampoco hay que perderse la tienda y fábrica de chocolates y caramelos Pärlans. Un viaje a los años 30 y 40 a través de la música, el look de las vendedoras, la exquisita decoración del lugar y el amor por lo artesanal y el detalle. La fábrica está pegada al local, de modo que es posible ver cómo hacen los dulces, los cocinan, cortan guardan y empacan. ¡Maravilloso!

La ciudad de un millón y medio de habitantes es pequeña, bella y sumamente cuidada, de tránsito ordenado, impecable. El respeto por el otro y el espacio propio es puesto en valor. Los suecos son muy educados y respetan las leyes y normas de convivencia a rajatabla. No se ve a nadie cruzar por mitad de la calle y en las veredas se escucha la palabra “permiso”, todo el tiempo. Salvo que uno viva en las afueras, el auto no se usa, todo el mundo camina (aunque haya nieve las mujeres no se bajan de sus tacos elegantes), va en subte, bus o tranvía, que funcionan por supuesto, en tiempo y forma. El subte es la manera más rápida y atractiva de viajar y, a la vez, de guardar una polaroid perfecta de los habitantes de Estocolmo -entre locales, la gran inmigración oriental y un sinfín de parejas interraciales-, esos que viven en la ciudad de los puentes y canales. Una Venecia al Norte donde la gente añora veranos y, en invierno, vive en un mundo de tradición y vanguardia, en el sueño de una noche casi eterna.

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