Literatura

La sacerdotisa del punk

La artista presentó una instalación de objetos y fotografías, continuación en imágenes de sus premiadas memorias.

A punto de cumplir 65 años Patti Smith revigoriza su vida de artista múltiple y comprometida. El año que se va no solo la ha visto solidarizarse activamente con los indignados de Estados Unidos y España, sino que ha sido también el del lanzamiento de Outside Society, recopilación remasterizada que recoge sus mejores temas, y el de su primera exposición fotográfica en su país natal.

Tanto la salida del disco como la muestra intimista Camera Solo, que se exhibe en el Wadsworth Atheneium (Connecticut) hasta mediados de febrero y presenta un altar visual sobre los referentes y héroes que han tenido influencia en su vida y su universo creativo, parecen dar continuidad a una memorabilia que la sacerdotisa del punk rock inició en 2010 con la publicación de Éramos unos niños (Lumen), una tierna biografía que recorre su vida junto a su eterno compañero Robert Mapplethorpe, la cual le valió el Premio Nacional de Literatura en los Estados Unidos en la categoría no ficción (sin duda, un límite impuesto por las clasificaciones que no de cuenta de la poética sublime de Smith como escritora). 

Las múltiples formas del arte y del amor

La joven delgaducha que medía casi un metro setenta y pesaba poco más de cuarenta y cinco kilos bailaba, dibujaba y leía compulsivamente a Arthur Rimbaud; fue por él que escribió y soñó. Con sus Iluminaciones el poeta francés se convirtió en su arcángel y la “salvó del horror de la tediosa vida obrera”, alentándola a sus veinte años a escapar de Chicago hacia Nueva York, donde todo la aguardaba. Era 1967: “Los hippies alzaron sus brazos vacíos y China hizo detonar la bomba de hidrógeno. Jimi Hendrix prendió fuego a su guitarra en Monterey” y Patti tuvo, apenas llegar a la Gran Manzana, un encuentro casual que cambiaría el curso de su vida: conocería a Robert Mapplethorpe, con quien estaría naturalmente unida amorosa y artísticamente, hasta la muerte del genial y polémico fotógrafo en 1987.

No tenían dinero pero eran felices. Vivían su joven amor representando a la gitana y al loco, “donde uno creaba silencio y el otro escuchaba el silencio con atención. En la vorágine de nuestras vidas, aquellos papeles se invertían muchas veces”. El vocabulario visual de él era afín al léxico poético de ella. Y ninguna obra estaba concluida hasta que el otro la veía. Pero mientras para Robert lo que importaba era el impulso artístico, Patti se planteaba si algo de lo que creaba importaba. ¿Cuál era el objetivo final? Él adoraba a Andy Warhol, ella “prefería un artista que transformara su época, no que la reflejara”.

Tras una crisis en la relación, Robert viajó a San Francisco, donde dio cabida a sus impulsos homosexuales (“Nunca lo vi a través del cristal de su sexualidad. Mi imagen de él permanecía intacta. Era el artista de mi vida.”), y Patti viajó a París. Pero pronto volvieron a encontrarse y en 1969, época signada por Woodstock, el culto a Charles Manson y la influencia de la Factory de Andy Warhol y su séquito, ingresaron juntos al mundo del Hotel Chelsea, “una casa de muñecas situada en el límite de la realidad”.

Allí se engendraría “su década”: los setenta; allí Patti conocería a sus maestros: Gregory Corso, Allen Ginsberg y William Burroughs. Y la circulación de personas influyentes, como Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jhonny Winter y hasta Salvador Dalí, les permitiría a ambos conocer antes o después un mecenas.

Hasta entonces Mapplethorpe continuaría con sus instalaciones plásticas y dibujos, y comenzaría a coquetear con la fotografía de la mano de una Polaroid. Patti modelaría para él, actuaría, incursionaría en el periodismo y la crítica musical y en la dramaturgia improvisada (junto a su ex, el escritor Sam Shepard), configurando el camino hacia la canción.

Cada uno por su lado, juntos

En 1972 ambos abandonarían el loft que compartían, cercano a la vibrante comunidad del Hotel Chelsea. La nueva guardia dejaba atrás a muchos de sus integrantes, algunos se quitarían la vida, otros sucumbirían a las drogas y a los infortunios. “Derribados, a un paso del estrellato que tanto deseaban, estrellas deslustradas caídas del cielo.” Pero Robert y Patti tenían caballos ganadores.

En los años siguientes, de la mano del curador y coleccionista Sam Wagstaff, quien fue su mecenas, protector y amante, Robert definiría su vocabulario visual fotográfico. En el CBGB Patti Smith se convertiría en una referente del rock and roll, y en 1975 grabaría su primer álbum: Horses.

Tres años después realizarían su primera y última exposición juntos, que incluía un video en el que Patti narraba ideas que ambos habían explorado. “El artista aspira a ponerse en contacto con su concepto intuitivo de los dioses, pero, para crear su obra, no puede permanecer en ese tentado reino incorpóreo. Debe regresar al mundo material para hacer su trabajo. Es responsabilidad del artista equilibrar la comunicación mística y el esfuerzo de la creación.”

Si bien los años posteriores, por el trabajo con la banda primero y luego porque Patti se marchó a Detroit para comenzar una vida junto con Fred Sonic Smith, los mantuvieron geográficamente separados, ambos genios creadores habían explorado los límites de sus obras y habían creado un espacio para el otro que permanecería eternamente.

Es esta unión la que en letras narra Éramos unos niños y en imágenes Camera Solo: la de los pioneros que se amaron y amaron el arte de las más diversas formas.

Por Deborah Lapidus