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Viajero Bacanal

La ruta ecológica

Al norte de Brasil, 50 kilómetros apenas conocidos por los mismos brasileños, llenos de posadas con encanto, playas desérticas, piletas nartulaes y deliciosa cocina. 

Por Rodolfo Reich

Shhhh. Lo decimos bajito, al oído, para mantenerlo entre nosotros. Brasil, ese ícono veraniego incrustado por años de viajes y envidias en el ideario argentino, sigue teniendo sus secretos, playas desiertas, donde nadie habla español (y mucho menos con nuestro acento). Uno de los mejores ejemplos es la llamada “rota ecologica”. Cincuenta kilómetros de litoral en el estado de Alagoas, rodeada por dos gigantes turísticos: de un lado está Maceió, la capital del estado, con bellas playas y una agitada propuesta nocturna. Del otro, brilla Maragogi, que agrupa resorts al por mayor con sus estandarizadas ofertas all inclusive. Pero lo mejor pasa justamente en el medio, donde la rota ecologica ofrece pueblos pequeños y apenas conocidos, incluso para los propios brasileños, con  encantadoras posadas desparramadas en playas interminables, bajo la sombra de palmeras repletas de cocos verdes y jugosos. Un destino que no es para cualquiera, bien vale la aclaración: no hay allí vida nocturna, paradores en la playa o vendedores ambulantes ofreciendo queijo quente y otras delicias brazucas. En cambio, abunda el silencio y los horizontes eternos, apenas interrumpidos por pescadores en sus botes y corales que emergen de las piscinas naturales. Elegir este lugar implica aceptar el descanso estricto, sin más opciones. Para muchos, será demasiado relax. Para otros, un paraíso. Si sos de este último grupo, seguí leyendo la nota. 

Un desvío divino
No es casual que la rota ecologica sea desconocida para el turismo masivo. Para evitar la desembocadura del río Manguaba, la principal ruta litoraleña de Alagoas se desvía de la costa, tierra adentro. Así, quien quiera conocer la rota ecologica desde Maceió (ubicada 100 km al sur) o desde Recife (a 120 km al norte), se ve obligado a dar un volantazo y dejar el camino principal, para tomar en cambio una ruta provincial que en partes ni siquiera está pavimentada, con curvas y contracurvas, e incluso subir con el auto a una balsa para cruzar el mencionado río. Así, recorrer esos breves 100 kilómetros demanda  dos horas de auto y un buen GPS a mano. Una verdadera molestia que logró, como efecto colateral, el resguardo de estas playas. Lo mejor es contratar a una empresa de turismo receptivo que conozca la zona: una buena opción es Costa Azul (www.costazulturismo.com.br) con transfers directo del aeropuerto de Maceió a la posada elegida. 

La rota ecologica está punteada por diversos pueblos, parecidos entre sí: todos humildes, de casas bajas y muy pocos comercios, de entre 6000 y 12000 habitantes, donde los lugareños viven de la pesca y de la agricultura de subsistencia (particularmente, la caña de azúcar). Los nombres se suceden: Passo de Camaragibe, São Miguel dos Milagres, Porto Calvo, Porto das Pedras. Pueblos que no son pintorescos ni ofrecen propuestas para los visitantes. Los verdaderos protagonistas turísticos de la zona son las posadas, conocidas por allí como “pousadas do charme”, ubicadas sobre la playa, pero ni siquiera juntas una a la otra, sino desparramadas a lo largo de kilómetros de arena, cada una un destino en sí misma.  

Un buen ejemplo, con una gran relación precio calidad (ronda los 400 reales la pareja), y punto de inicio para quien quiera recorrer la zona, es Riacho dos Milagres (www.pousadariachodosmilagres.com.br): nueve habitaciones con aire acondicionado y TV plana con entrada de USB -ideal para llevar un rígido con películas favoritas-, un maravilloso jardín con flores de todo tipo y color, una piscina con agua cálida para disfrutar las 24 horas y, lo mejor de todo, las reposeras de madera apostadas a la sombra de las palmeras, a centímetros apenas de donde comienza la playa. Allí, con una caipirinha en mano, es posible ver cómo la costa desierta cambia diametralmente su paisaje según las mareas, manteniendo siempre el color verde esmeralda del mars. Todas estas posadas suelen ofrecer cenas, convirtiéndose también en la principal gastronomía de la región (es siempre necesario reservar, incluso en la propia posada, bajo riesgo de quedarse sin lugar donde comer). El restaurante de Riacho dos Milagres ofrece la clásica cocina de la zona, abundante en pescados, moquecas con leche de coco y aceite de dende, sabores tropicales; pero lo mejor sin dudas es su desayuno, un highlight en sí mismo, que suma tapioca, frutas varias (ananá, papaya, sandía, uvas), panes caseros, tarta de pollo, budín de choclo, queso prato a la plancha, banana sarteneada en manteca con caramelo, huevos y más contundencias típicas de la zona. 

La barrera de corales
El litoral norte de Alagoas es parte de la Costa dos Corais, que con 130 km es la segunda barrea de corales más extensa del mundo (la primera está en Australia). Estos corales son los responsables de que, cuando baja el mar, se formen grandes piscinas naturales, donde los aficionados van con sus snorkels o equipos de buceo. Las piscinas más conocidas son las de Maragogi, que en meses pico congregan a decenas de barcos y centenares de personas. Pero no es necesario ir tan lejos, ni pagar tan caro, ni sentirse en medio de una discoteca: toda la rota ecológica tiene sus propias piscinas, tal vez más pequeñas pero mucho más íntimas. En Praia do Toque (donde también está la pionera Pousada do Toque (www.pousadadotoque.com.br), de las más lujosas de la región, con sushi bar y atención cinco estrellas), por ejemplo, a un par de kilómetros de Sao Miguel dos Milagres, esas piscinas se forman a sólo 300 o 400 metros de la playa, distancia que en baja mar se puede hacer incluso caminando (el agua no sobrepasa la cintura). O aprovechar la oferta de lugareños para ir en pintorescos botes, con equipo de snorkel incluído, por 50 reales por pareja (el valor es discutible, suele comenzar en los 70 reales). Bajo el agua, se podrán observar peces de distintos colores, corales milenarios, colores fluorescentes en un mar turquesa brillante. Un tip: llevar un rica cerveza en el bote (para hidratarse, claro). 

Con el mar alto, es momento de aprovechar al máximo las playas. Toda esta zona comparte ciertas características comunes: amanece a las 5 y se hace de noche a las 18. El mar es calmo, la temperatura del agua cálida y, gracias a los cambios de la marea, la arena es compacta y fresca, ideal para caminar y para recostarse. Suele soplar viento de mar adentro, que hace mucho más agradables los constantes 32 grados diurnos. Son playas largas y muy poco pobladas, con un puñado de personas compartiendo kilómetros de arena. En las entradas de los pueblos aparecen algunos paradores (como el Bar do Peixe Frito) y restaurantes (como el popular Do Enildo), donde beber una cerveza helada (o el siempre bienvenido coco verde, recién cosechado), comer unas deliciosas agulhinhas fritas (una suerte de cornalitos extra large) con mandioca también frita, camarones al aceite y ajo, pulpa de cangrejo o pulpo con coco (en un parador, se come por 25 reales por persona; en un restaurante, por 45 reales). 

Japaratinga
Si Sao Miguel dos Milagres marca el inicio de la roya ecologica, Japaratinga es su extremo final. A 10 kilómetros de Maragogi, este pueblo exhibe una mayor oferta hotelera, e incluso un par de restaurantes que abren de noche, más allá de las posadas, como Companhia da lagosta. Dos lugares muy recomendados: en pleno pueblo, una suerte de kiosco con tres mesas en la calle ofrece tapiocas hechas en el momento. Estos panqueques preparados con fécula de mandioca llevan rellenos salados (pollo, jamón y queso, manteca y queso a la plancha, entre otros) y dulces (como el que suma banana, coco, chocolate, dulce de leche) y valen menos de 10 reales. 

El segundo punto recomendado es Pousada do Alto, uno de esos lugares que uno no cree que existen hasta verlos. En medio de Japaratinga, con todo el pueblo a orillas del mar, nace un pequeño y anónimo camino entre frondosos cañaverales, que sube a un morro. Allí, a 120 metros de altura, surge secreta una posada que mezcla diseño ultramoderno con mobiliario clásico. Posee apenas 12 habitaciones, todas con una vista insuperable del mar, y una onírica pileta sin borde, que cae sobre el precipicio. Su restaurante ofrece cenas y almuerzos (sólo con reserva) en un menú de tres pasos.  Por unos 70 reales por persona, se podrá comer por ejemplo casquinha de aratu  (un tipo de cangrejo), luego risoto de povo (pulpo), para finalizar con un postre de coco. 

La relativamente mayor infraestructura de Japaratinga (a no confundirse, sigue siendo un pueblo pequeño y modesto) abre el abanico de opciones. Una buena idea es reemplazar el snorkel por buceo. En O Lagostao (Avenida Napoleao R. Da Silva 10), un restaurante y centro de turismo receptivo, ofrecen salidas diarias a las piscinas de Japaratinga, con instructores de buceo. Allí, en medio del mar, estos instructores enseñan las técnicas básicas del buceo, guían bajo el agua para descubrir decenas de peces distintos y, para quien no se sienta cómodo llevando el tanque de oxígeno encima, ofrecen el snorkel como segunda opción. Los precios van desde los 100 reales para arriba, según lo que se elija, incluyendo sesión de fotos bajo el agua.

Japaratinga ofrece playas más amplias que Sao Miguel dos Milagres, pero aún así muy tranquilas. Para dormir, hay opciones para todos los gustos, muchas ubicadas directamente en el pueblo, otras que se alejan para ganar silencio e intimidad. En Boqueirão, a cinco kilómetros del centro de Japaratinga, con muy buen precio y rico desayuno Chales dos Encantos ofrece diez cabañas, todas con su pequeña galería exterior incluyendo hamaca, aire acondicionado, wi fi, un restaurante abocado a pizzas y sándwiches y una linda pileta, muy buscada por los niños hospedados. Por 200 reales la noche, ofrece la atención personalizada de sus dueños (el suizo Tony y su mujer brasileña Jesus), siempre dispuestos a recomendar y guiar. Tony incluso alquila su propia moto por medio día o día completo, un vehículo ideal para recorrer los lugares de la zona. 

De esto se trata, en esencia, la rota ecologica. Playas vacías y mar luminoso. Palmeras repletas de cocos. Unos pocos autos circulando por la única calle que une el litoral. La posibilidad de hacer un paseo a caballo o en bicicleta. Piscinas naturales donde bucear y agua cálida donde darse interminables baños. Un destino donde ir con libros y sin celular. Para algunos, será demasiada calma. Pero a otros, nos parece un verdadero paraíso. 

Agradecimientos: Al Sector de Turismo de la Embajada del Brasil en Buenos Aires, que brinda al turista de toda la información necesaria para programar su viaje. 

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