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Columnistas

La magia del mundial

Chicas en salidas de chicas, donde se mezclan tragos y el plato de todos los días: los hombres.

Por Fernanda Nicolini

-¿Quieren ver lo que me regaló el dulce de mi chico para nuestro aniversario?

Pregunta Anita con un tono que no llego a distinguir si entra en el rango ironía-furia o ternura-compasión. Mete la mano en su cartera, que ya no es una de esas pequeñas en las que solo poníamos la plata, el teléfono, el espejito y la pinza de depilar, sino un bolsón enorme en el que entraría la lámpara de Mary Poppins (¿por qué las carteras se agrandan a medida que envejecemos?) y saca la camiseta de la Selección con el diez en la espalda.

-Ah, bueee, yo pensé que con esto de que se jueguen partidos todos los días y que en casa tenga más presencia Pitana que mi suegra, era suficiente. Pero veo que acá el hombre superó todas las expectativas. Me imagino que le sacaste la roja.

Acota Carmela con su reconocida sutileza y su don conciliatorio. Al menos sabe quién es Pitana. Después le hace señas a la moza para que venga y le pregunta qué pensaría si su novio le regalara la camiseta de Messi para celebrar el amor después de cinco años.

-Y, creo que el tema es eso, chicas… a los cinco años de pareja, el fútbol está primero- acota con sabiduría nuestra amiga mesera que, como el bartender en un reducto de borrachines, nos hace de psicóloga ocasional.

-Sí, sí, tenés razón, contra eso no hay nada –se resigna Anita-. ¿Pero les confieso algo? Yo creo que el Mundial nos salvará…

-¿Ese “nos” a quién estaría incluyendo?- pregunto con escepticismo. Reconozco que como el noventa por ciento de las mujeres, reedito cábalas y pasiones desconocidas cada cuatro años y guardo entre mis recuerdos más tristes el de Maradona de la mano de la enfermera, pero de ahí en creer en la salvación, algo se me escapa.

-Piensen un momento: ¿sus maridos no están de mejor humor?

-¿Vos decís que esa sonrisa que tiene casi todos los días y ese “y bueno, qué se le va a hacer” frente a algún problema tiene forma de pelota?

-Estoy segura. Ayer le dije que íbamos a tener que gastar un fangote de guita en el arreglo de la terraza y me respondió: “Por suerte este año tenemos el mundial”.

-Aprovechemos.

-¿Y qué hacemos? ¿Qué podemos pedir para montarnos a la buena vibra?

– Que me acompañe al teatro… ¿O es muy poco? No, ya sé: que me acompañe al teatro y simule emoción con el plan –se ilusiona Anita.

-No está mal, pero creo que es desproporcionado: el teatro es una noche, el Mundial dura un mes. Así que ahí tenemos mucho más crédito –pincho un poquito.

-Tengo una mejor: que por tres meses no arregle planes con sus compañeros de trabajo y sus novias, esos moplos que se visten con colores pastel y hablan de jardines de infantes y tratamientos contra la celulitis.

– Uh, letales. Sin duda esa la tenés que anotar en el cuadernito de “pedidos del Mundial”. Pero pensemos en algo más definitivo, como pedirle que tire todos esos pares de zapatillas destrozados que guarda de recuerdo o que arregle la lamparita del lavadero. Es ahora o nunca.

-Total. En casa, la manija del horno se sale todo el tiempo. Pero no sé si es buena idea: el otro día quiso poner unos estantes y no le embocó a un solo clavo, la pared quedó ametrallada por Al Capone y los estantes en el suelo.

-Y a todo esto, ¿en dónde vamos a ver los partidos? Tenemos que conseguirnos una zona liberada en donde podamos decir con libertad que el cinco está re fuerte y que el árbitro debería cambiar a ese cuatro que no sabe defender, ¿no?

-¡Claro! Yo me encargo de las provisiones y el cotillón. Vos, Carmela, encargate de la locación- ordena Anita, entusiasmada porque ya tiene su camiseta. Y de pronto sucede. La Magia. Las tres, a viva voz, entonamos: “Notti magicheeeeee inseguendo un goaaaal sotto il celo di un state italianaaaaaaaaaaa”.

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