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Literatura

La loba

Icono de la modernidad por su vida y por su obra, se convirtió en estandarte de la literatura femenina a pesar de aborrecer las divisiones de género en la escritura. Una mujer temible, bipolar, ferozmente genial.

Por Florencia Canale
Ilustración Juan Natch

Durante todos estos siglos, las mujeres han servido de espejos dotados del mágico y exquisito poder de reflejar la figura del hombre al doble de su tamaño natural”. Esta frase del mundialmente célebre ensayo Un cuarto propio de Virginia Woolf, es la puesta en acto, entre algunas consignas más, en las que convirtió su vida y su obra.

Integrante del productivo grupo Bloomsbury, la escritora inglesa nació el 25 de enero de 1882 y se suicidó en 1941, en las aguas del río Ouse. El mito dice que su mal había llegado tan lejos que escuchaba voces de pájaros que le hablaban en griego. No lo pudo soportar, se llenó los bolsillos del tapado con piedras y se tiró al río.

Ícono moderno
Analizar semejante manifiesto llamado Virginia Woolf desde la mirada de la actualidad pecaría de miopía, como para empezar a hablar. Que esta mujer se haya comprometido por medio de su arte en sustituir una conducta dedicada a la caza de un marido por la experimentación social, la libertad de vivir según un estilo propio y la decisión absoluta de involucrarse en lo literario, confirma su apuesta: Woolf se transformó, a medida que escribía, en una fiel exponente de la modernidad y en ícono de la literatura femenina.

Discrepa del realismo de su época y accede a los sentimientos y a la reflexión por medio del monólogo interior y el fluir de la consciencia, recursos literarios también usados por William Faulkner, James Joyce y Marcel Proust. Fue profunda en novelas como Las Olas, Al Faro, y La señora Dalloway; más intrascendente pero con gran valor poético en Orlando, y valiente en Un cuarto propio y Tres guineas.

Se la trató de enmarcar como la iniciadora de la literatura lésbica y andrógina, pero disminuirla sólo a eso sería un error irreconciliable. Si hubo alguien que despreció con todo su cuerpo las divisiones de género dentro de la escritura fue ella: “…escribía como una mujer, pero como una mujer que olvidó que es mujer, de modo que sus páginas estaban llenas de esa curiosa cualidad sexual que solamente surge cuando el sexo es inconsciente de sí”, afirmaba Woolf.

Contra el realismo
El grupo Bloomsbury fue el conjunto de intelectuales europeos de mayor trascendencia del primer tercio del siglo XX. Lo integraron, además de Virginia y su marido el editor y dueño de la editorial Hogarth Press, filósofos de la talla de Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, el economista John Maynard Keynes, y las pintoras Dora Carrington y Vanessa Bell, hermana de Virginia, entre algunos más. A pesar de venir de distintas disciplinas, sus miembros confluían en el desprecio que sentían hacia la religión, y la desestimación contra la moral victoriana y el realismo tan en boga durante el siglo XIX.

En su novela más exitosa, Orlando, impone el novedoso artilugio de construir al personaje literario eterno como hombre y mujer. Orlando –inspirado en su íntima amiga Vita Sackville-West- cambia de género cuando cambia el siglo. Virginia no sólo produjo ficción y ensayo. Sus diarios, luego compilados por Nigel Nicolson, hijo de Sackville-West, se transformaron en el laboratorio literario -junto a los de Franz Kafka- más imponentes de la literatura universal.

Woolf sufrió de la enfermedad hoy conocida como trastorno bipolar. Cambiaba de estados de ánimo sin saber por qué y eso la obligaba a recluirse en su casa, protegida sólo por su marido, quien la acompañó hasta el final. A pesar del mal que la aquejó durante toda su vida, nunca abandonó la escritura. La Segunda Guerra obligó a la pareja a mudarse a Sussex, tras el bombardeo y derrumbe de su casa.

La editorial Sur, propiedad de Victoria Ocampo, publicó por primera vez los libros de Virginia Woolf. En sus memorias, la argentina recuerda el encuentro entre ambas, en la casa de la inglesa. Ocampo admiraba inmensamente a Woolf y así lo demuestra en sus escritos. En cambio Virginia se destaca por una encantadora frialdad.

En estos días en Londres -y hasta el 26 de octubre- se presenta en el National Portrait Gallery la muestra Virginia Woolf, Arte, vida y visión. En la exposición hay retratos de ella y de sus contemporáneos Roger Fry y Vanessa Bell, su querida hermana. También fotos que le hicieron Man Ray y Beresford y material de archivo que exploran su vida como novelista, intelectual y figura pública. Si se está en Londres en estos meses, vale la pena darse una vuelta. No todos los días se tiene la oportunidad de mirar a una loba a los ojos.

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