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Moda

La ley del deseo

En la moda, la carga simbólica de los objetos es más fuerte que su función. Por eso, los fetichistas encuentran en ella el terreno ideal para saciar sus fantasías.

Por María Paula Bandera

La moda no se expresa en sentido literal, todo es más de lo que parece. Las prendas y accesorios vienen con significado añadido. Una Birkin, por ejemplo, está lejos de ser sólo una cartera, así como unos Manolos son mucho más que un par de zapatos. Es que el fetichismo y la moda hablan un lenguaje parecido.
Fe-ti-che, sí, con la misma devoción que Nabokov usaba para referirse a Lo-li-ta, porque un objeto fetiche es mucho más que lo que se ve: es un objeto que encanta, enamora, saca de los cabales y tiene cualidades extraordinarias que ameritan una cuota de locura. Y el ámbito de la moda es uno de los más fértiles para ese flechazo entre los sujetos y las cosas.


LA VIGENCIA DE UN CLÁSICO

 
“Una mujer con unos buenos zapatos nunca está fea”, decía Coco Chanel, y parece que sus congéneres estuvieron de acuerdo. Quizá porque desde chiquititas sueñan con ser Cenicienta y encontrar un zapato mágico que les asegure un destino de princesa, lo cierto es que el fetiche de las mujeres por los zapatos es un clásico.
La cultura pop nunca retrató tan bien esta relación como en la serie televisiva Sex and the City. Su protagonista Carrie Bradshaw prefería hacer el pago mínimo de su tarjeta con tal de llevar el último lanzamiento de Manolo Blahnik en sus pies.
El fetichismo femenino por los zapatos fue objeto de estudio del documental God save my shoes, que se presentó en 2011 en la Semana de la Moda de París. En el film, diseñadores, sociólogos, periodistas y expertos en moda coinciden en afirmar que ningún objeto del vestuario es tan sensual como un par de zapatos. Laurent Giraud, editor de Playboy París, asegura que “si una mujer quiere ser ultrafemenina tiene que usar taco aguja y no corre el riesgo de lucir vulgar, como puede suceder con la lencería”.
También, en el documental, artistas famosos hablan de su predilección por los zapatos. Algunos casos son extremos, como el de la bailarina de burlesque Rita Von Teese, que antes de contratar a una persona para que trabaje en su hogar le pregunta cuánto calza, si la respuesta es el número que ella usa, no hay cualificaciones que valgan, la candidata está afuera. Todo para que no se tiente y quiera probarse sus zapatos. Por su lado, la cantante Kelly Rowland cuenta que les habla a sus zapatos y hasta les pone nombre.
Se trata de comportamientos que pueden tildarse de anormales con facilidad, pero tienen sentido desde la óptica fetichista: «Se produce una afectividad con el objeto, esto se ve mucho también con los celulares, la gente los viste, les cambia la funda, los cuida y hasta dice ‘me muero sin el teléfono'», explica Gisela Laboureau, socióloga y coordinadora del programa de Sociología del Diseño en la FADU.
El mundo del arte es otro de los que sucumbió al encanto de los pies y los zapatos. Para Andy Warhol, eran fuente de inspiración; dibujó y fotografió  los pies de sus amantes y amigos. Su fetichismo llegó tan lejos que en una de sus famosas “cápsulas de tiempo” guardó un pie momificado. En la obra de Luis Buñuel, también se puede apreciar su fetichismo por las piernas y los pies. En sus films, los zapatos no son una mera parte del vestuario, poseen un significado especial y, por supuesto, aparecen en primeros planos. 

 
CON EL FETICHE AL HOMBRO


Las carteras también son un básico fetiche. Es que en el imaginario popular se vinculan al estatus, es decir que significan más allá de su funcionalidad, una condición básica del objeto fetiche, ya que este “tiene propiedades mágicas, cualidades extraordinarias que le dan al sujeto pertenencia y diferenciación. Son objetos aspiracionales y constructores de identidad”, explica Laboureau.
Por eso, una Birkin no sería lo que es sin la lista de espera que hay para adquirirla. Esa inaccesibilidad alimenta el mito y hace de esta cartera uno de los objetos de culto predilectos de los fashionistas. 
El nombre se debe a su musa, la actriz y cantante inglesa Jane Birkin. En una escena repetida hasta el hartazgo en los aeropuertos, Jane estaba buscando algo en su cartera y en la revoltija varias cosas se le cayeron al suelo. Quiso el destino que allí estuviera Jean-Louis Dumas, presidente de la casa Hermès, quien le prometió diseñar un bolso grande y cómodo sin resignar elegancia. Así nació la Birkin. Esto sucedió en 1984, pero Dumas ya tenía experiencia en diseñar hits. En 1930, había creado la Kelly bag, un modelo minimalista, de líneas rectas, que alcanzó la categoría de mito cuando Grace Kelly la utilizó para esconder al mundo su embarazo.
Chanel también cuenta con un ejemplar en la lista de carteras “it”. En 1955, diseñó la 2.55, una elegante carterita –de tan sólo 20 centímetros– con cadena para llevar al hombro o en bandolera. Se trata casi de una pieza artesanal, ya que cada cartera demanda 18 horas de trabajo e involucra un equipo de 15 personas.
Pero a la hora de vestir –o desvestir– nada genera tanto fetichismo como la lencería. “El fetichista clásico es el que se excita con la ropa interior de las mujeres y se caracteriza por necesitar de la presencia de ese objeto para alcanzar la excitación sexual”, señala Any Krieger, psicoanalista y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).
No es casualidad que algunas de las mujeres más sexies del planeta diseñen lencería. La última en hacerlo fue Britney Spears, quien acaba de presentar su marca “The Intimate Britney Spears” en la última edición del New York Fashion Week; la cantante no sólo aporta las ideas, también le pone el cuerpo al asunto y posa como cara de la campaña.
La modelo israelí Bar Refaeli, considerada una de las mujeres más sexies del mundo, también cuenta con línea propia, Under.me. Pero sólo diseña prendas de algodón porque le gusta “estar cómoda”, total no necesita del encaje o las transparencias para ser una bomba.
Otras famosas que incursionaron en el mundo de la lencería son Elle Macpherson, Janet Jackson, Kristin Davis y Jessica Simpson.

SUEÑOS ALBICELESTES

 

Hermès, Louboutin, Chanel, para los argentinos, son más un sueño fetichista que una realidad. Pero el guardarropas nacional también ostenta objetos de deseo. En Argentina, el vestidito negro, ese comodín que popularizó Audrey Hepburn en Desayuno en Tiffany’s, tiene nombre y apellido, Pablo Ramírez. Es imposible pensar ese color en el plano nacional sin asociarlo al diseñador navarrense.
Lo mismo sucede con las estampas y texturas, con Martín Churba como referente indiscutido. Cuatro veces al año las groupies de Tramando, su marca, pierden la cabeza por las creaciones de su diseñador fetiche. Se trata de dos noches consecutivas en las que salen a la venta prendas históricas de todas las colecciones de Tramando, además de ediciones limitadas, todo a precios convenientes y hasta en pagos con tarjeta de crédito. A la euforia de comprar lindo, bueno y barato se suma la presencia de Martín Churba y la ausencia de probadores, el resultado es una gran fiesta dionisíaca.
Con diseños alegres, elegantes y de estética moderna, las carteras de Jackie Smith no necesitan presentación, con sólo verlas alcanza para darse cuenta de que es está frente a una Jackie original. La marca organiza un encuentro para que las clientas personalicen sus carteras, en “Meet the designer”, como llaman a esta iniciativa en la que es posible seleccionar entre diferentes modelos, cueros y colores para diseñar una cartera propia bajo la “curaduría” de Valeria Smith, dueña de la firma.
Pero más allá de marcas y objetos consagrados, sobre gustos no hay nada escrito. El fetiche es pura manifestación de la individualidad y cada uno elige por quién perder la cabeza.

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