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Columnistas

La impunidad de las victimas

Separado, con 40 años y de regreso a un rodeo que ya no conoce y que, quizás, hubiera preferido ignorar. ¿A dónde van los hombres cuando llueve?

Por Hernán Brienza

No hay mujer más peligrosa. Sin dudas. Sostiene, lacónico, Ezequiel. Parecen buenas, solícitas, serviciales. Sonríen cándidas, inocentes. Despliegan el arte de la ternura como pequeñas Napoleonas de entre casa. Algunas, incluso, ofrecen una entrega tan absoluta que se parece a la sumisión. Serenidad, pasividad, comprensión son sus armas principales. Son mujeres que tienen un síndrome específico, relata, la más sutil de todas las manipulaciones posibles.

“La impunidad de las víctimas”, dispara.

Silencio absoluto.

Ezequiel continúa. Hay minas, dice. Hay minas que eligen ponerse en ese lugar. Son aquellas que argumentan: “Yo soy víctima de esta situación, ergo, tengo derecho a cualquier cosa”. Lo que me harta de alguna manera es la “profesionalización de la victimización”. Van “procurando ser grandes mortificadas por si mortifican, no vayan a acusarlas”, son esas minas que hicieron todo mal en su vida para poder seguir siendo deudoras, para poder seguir reclamando.

Ezequiel respira: Siempre me llamó la atención una escena de la película La decadencia del imperio americano. Dos mujeres están en un gimnasio, y una de ellas le cuenta a la otra que se ha iniciado en prácticas sadomasoquistas. La amiga, anonadada, le pregunta qué placer puede encontrar en el dolor, y Diane le responde: “Vos porque no conocés el poder de las víctimas”.

Sigue en franca diatriba contra el abuso de la victimización. Y alerta: Hay que tener mucho cuidado, amigos. Hay que prender todas las antenas y cuando uno escucha el primer: “Claro, eso es porque yo te quiero mucho más que vos a mí”, lejos de sentirse halagados o en ventaja, hagan caso a esa gota fría que les recorre la espalda. Desde allí, reclaman. Desde allí, comienzan a desplegar toda su artillería generadora de culpa que nos obliga, nos compromete, nos encadena. El instinto nos dice que nos tenemos que ir, que debemos huir, pero en ese momento surge un pensamiento brutal: “¿Cómo me voy a rajar así con todo lo que me quiere?

¿Conseguiré otra mujer que me quiera tanto?”.

Ya está, queridos amigos, ya está, sentencia Ezequiel. Es imposible evadirse a esa altura. La culpa que sentimos por no corresponder tamaño amor nos convierte en seres humanos. Ya no somos lo que éramos. Ya no somos esos animalitos instintivos en busca de depositar nuestra alegría en el cuerpo de cuanta mujer que nos guste se nos cruce. Ahora, tenemos que hacernos cargo de que somos victimarios, de que estamos haciendo sufrir a una mujer porque no podemos cumplir sus nobles expectativas. Cuando eso ocurre, ellas tienen ganada la mitad de la guerra. Primero, estamos condenados a una relación larga. Segundo, siempre vamos a sentir una extraña sensación de deuda hacia el amor de la persona en cuestión. Tercero, ella se va a encargar la manera específica de hacernos pagar esa deuda de la forma que mejor le venga en ganas: amor, casamiento, tiempo, fidelidad, dinero, viajes. Cuarto, en el momento menos pensado pasan a la ofensiva y las verdaderas víctimas resultamos nosotros mismos: eso ocurre cuando comenzamos a experimentar la necesidad de su amor y su servicio. Cuando eso ocurre, claro, es cuando se van con otros…

Mariano calla y otorga.

Yo callo y amago.

Lucas habla y desconcierta: “A mí eso no me va a pasar nunca, porque yo la quiero a Agustina mucho más que ella a mí”.

Ezequiel calla y repasa el Martín Fierro: “Zonzo el crestiano macho cuando el amor lo domina”.

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