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Cocineros

La iluminada

Maestra de maestros,supo adivinar la necesidad y ver lo que venía cuando abrió su propia escuela de cocina.

Por Pamela Bentel
Fotos: Alejandro Lipszcyc

“Hubiera preferido ser médica; cirujana, de ser posible, de esas que abren cráneos”, lanza resuelta mientras sus ojos vivaces chispean. Breves deslices de su personalidad leonina. Ser chispeante, resuelta y, obviamente, abrir cráneos. Profesión con la que le hubiera podido demostrar a su adorado pero muy machista padre, médico cirujano él, que su capacidad estaba a la altura de cualquier hombre. No pudo ser, ese mismo padre consideró que las mujeres estaban para otra cosa, y le costó bastante convencerlo de lo contrario. Pero a la vez, su actitud la dotó de la fuerza necesaria para demoler paradigmas y hacer su propio camino.

La que cocinaba y muy bien era su madre, francesa, pero ese era su bastión de poder, por lo que jamás le compartió un secreto. Tampoco el de las bananas con caramelo que le hacía y le dejaron impregnado, hasta hoy, el más dulce de los aromas.

¡A mí cocinar no me gusta tanto!”, y la urticante confesión de esta maestra de cocineros estalla irreverente en el ambiente. “Por eso nunca estuvo en mis planes tener un restaurante. Me gusta enseñar, esa es mi esencia.”

No se equivocó. De sus vastas cosechas de alumnos, algunos más agradecidos y memoriosos que otros, varios se consagraron estrellas. Toso, Gross, Molteni, entre otros. Jura nunca haber sentido competencia, más bien orgullo de haber sido partícipe en sus caminos a la consagración.

La marcó una época y no pudo evitar el estigma de ser docente, pero eligió el formato ecónoma. Palabra que casi le suena obscena y se retuerce de solo escucharla: “No me gusta, siento que descategoriza, que es fría, técnica, que no refleja la verdadera pasión de esta profesión, hasta de mi libro la quise sacar”.

Empezó joven, dándole clases a ciegos, enseñándoles a descubrir un mundo de texturas y aromas, y aprendiendo de ellos el sentido del sentir. También en comedores populares y escuelas, donde tierna y apetecible, se tuvo que ganar su lugar y hacerse respetar. Una tarea recurrente en su destino.

Mientras tanto, no pudo escapar al mandato generacional y asumió el rol de esposa y madre argentina. En los entretiempos y hasta con panza, mechaba practicando en cocinas de verdad. Como la de Ramiro Rodríguez Pardo, su gran aliado a la hora de empezar. “Recuerdo cuando me enseñaba a hacer panqueques con caramelo y me ataba un repasador a la mano, para que no me quemara. Fue un gran apoyo”, cuenta.

Tampoco se ahorró comentarios insidiosos de quienes no entendían qué hacía ella, una señora vecina, la madre de los compañeritos de colegio, aprendiendo a limpiar pollos en un puesto del mercado de Belgrano. O actitudes esquivas, como no dejarla subir con su chaqueta de cocinero por el ascensor principal de su propio edificio. El precio de ser distinto que no dudó en pagar.

Firme en su camino, siguió de ronda por el Cordón Bleu de París y la Privathochschule Agnes Amberg de Zurich, además de rigurosos stages de disciplina militar, silencios profundos y a cara de perro, en las mejores cocinas europeas. Pelando, limpiando, observando, aprendiendo los códigos, las formas y los manejos para lograr la excelencia.

Entre tanta sartén, un señor chef, con bastante desdén y poco augurio, la invitó a ayudarlo a limpiar ranas, cosa que jamás había hecho. Le ganó la pulseada y otra vez se jugó por el todo. Hoy el señor Maurice Lacharme es su compañero de ruta.

Leer el futuro

Visionaria, intuitiva, supo adivinar la necesidad y ver lo que venía, y contra viento, marea y bastante descreimiento, montó su propia escuela de cocina. Semilla incipiente y semillero de lo que sería, luego, la revolución gastronómica de los últimos años. Y aunque a veces sienta que el reconocimiento a su aporte no esta a la altura de lo merecido, nadie le puede quitar ni el mérito ni la felicidad de haber sido la precursora.

Con el tiempo se volvió televisiva. Se dio el gusto de viajar a “lugares exóticos y lejanos”, como le encanta decir, a descubrir y mostrar nuevos mundos y otras formas. Y en eso también hay que reconocerle que fue pionera de un formato hoy varias veces clonado.

Su máxima preocupación, que de todo lo que hiciera quedara una enseñanza verdadera y no sólo las luces del espectáculo.

Coqueta, se nota que le gusta estar siempre de punta en blanco, y ese halo de “señora bien” la trasciende. Aunque dice que el tema de spas y demás tuneos, no le generen demasiado interés.

Madre joven, reconoce haber exacerbado su costado lúdico durante la infancia de sus críos, disfrazándose, jugando y acompañándolos como una verdadera compinche. Recurso al que también echó mano al momento de hacer pantalla. Necesita divertirse. Hoy ya adultos, sigue entusiasmándose con ambientarles de manera especial cada uno de sus cumpleaños y sorprenderlos. Pero admite que el abuelazgo la tiene más rezagada, ella no está ¡para cuidar nietos!

Eterna trotamundo, fantasea con un día irse a vivir a la campiña francesa, pagos de su familia política. Y su pendiente, escribir un libro que cuente sus experiencias por el mundo, pero no desde la cocinera, sino desde la mujer dispuesta a cambiar estructuras.

Alicia es una enamorada de la vida, intensa, le gusta saborearla y se entusiasma mucho más cuando el desafío parece imposible. Sabe que hay precios que pagar cuando uno decide seguir su propio camino, y más todavía, si se elige hacer el camino. Pero está convencida de que la felicidad personal de cada uno bien lo vale. Si uno sabe lo que quiere y se juega, las cartas están echadas.

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