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Territorios

La guerra de los zoológicos

Crece el debate entre los “animalistas”, que señalan las condiciones de estrés y depresión que sufren los animales en cautiverio, y los defensores de estas instituciones.

Por Denise Destefano

¿Qué es un pájaro que no vuela? ¿Y un tigre que no puede cazar? O un mono que en lugar de jugar en la selva repite un gesto simpático cada vez que un adiestrador le hace una seña. Ni adivinanzas ni metáforas ni partes de un poema alegórico. Son animales en un zoológico.

La oposición a los zoológicos, así como a los oceanarios y los circos con animales, es creciente, de manera que para muchos hoy visitarlos es anti-ecológico. Así lo ven y proclaman las organizaciones que se hacen llamar animalistas, como People for the Ethical Treatment of Animals (PETA) y la Unión Vegetariana Argentina (UVA).

“Los zoológicos, parques marinos, acuarios, circos y otras exhibiciones que encarcelan a los animales con fines de lucro siempre han sido una fuente de controversia”, comenta Renée Saldaña, miembro de PETA, desde Los Ángeles. “Los animales no son actores ni tampoco son espectáculos para encarcelar y mirar embelesadamente”, asegura.

Según estos grupos, el estrés en los animales que provoca el cautiverio puede causar psicosis y comportamientos antinaturales como morder barrotes, automutilarse y un aumento de la agresión. Además, comportamientos estereotipados: elefantes que se balancean constantemente, leones que caminan de un lado a otro, delfines y orcas que nadan en círculo sin parar o se chocan contra las paredes; también desórdenes alimenticios, comportamiento maternal anormal y, en definitiva, una tasa de mortalidad más alta que cuando viven en la naturaleza.

Para obligarles a realizar trucos sin sentido y físicamente incómodos, los entrenadores utilizan látigos, collares ajustados, bozales, picanas eléctricas, bullhooks (armas con un gancho de acero que se utilizan para controlar y castigar a los elefantes), y otros instrumentos dolorosos propios de esta actividad”, revela Saldaña.

PETA recibe muchas denuncias acerca de las condiciones crueles de animales cautivos en América del Sur. Recibimos más en Argentina que en cualquier otro lugar en el continente”, analiza. La activista citó los casos del controvertido oso Arturo en el Zoológico de Mendoza, que hasta llamó la atención de Cher (y de por lo menos otras 300.000 personas que firmaron el petitorio para su liberación), y otras denuncias contra el Zoológico de Colón y el de Luján, en la provincia de Buenos Aires.

“Desde el punto de vista de la ética, antes, y no hace tanto, nadie cuestionaba el uso de los animales porque se los consideraba cosas u objetos”, opina, por su lado, Manuel Alfredo Martí, presidente de la UVA, representante regional de la organización y director de la revista El Vegetariano Vegano. Para Martí, los animales son “seres sintientes (sic), como nosotros, tienen sus propios intereses y debemos respetarlos y respetar sus derechos a vivir y ser ellos mismos”.

Más allá de los casos de maltrato, que cualquiera condenaría, estos grupos creen que los animales tienen derecho a vivir en libertad, con su familia y en su hábitat natural y que cualquier forma de cautiverio, por la razón que fuera, es inaceptable. “A los animales en cautiverio en todo el mundo se les está volviendo dementes”, resume Saldaña.

El delfín asesino
Hay quienes vinculan la controversia alrededor de este tema con la difusión del veganismo. En los últimos años también surgieron documentales como Blackfish, que cuenta la historia de la orca Tilikum en Sea World, que estuvo involucrada en la muerte de tres entrenadores. Su agresividad habría sido provocada por las condiciones en las que la tenían cautiva. Las redes sociales hacen lo suyo a diario con la proliferación de fotos de denuncia o pedidos de adhesión.

Uno de los casos que se difunden en nuestro país es el de la orca Kshamenk, la única de su especie en cautiverio en América del Sur, que encalló en la Bahía de Samborombón en 1992 y desde entonces se encuentra en Mundo Marino. La versión dice que el animal fue empujado hacia la costa por embarcaciones y que en el procedimiento murieron otras dos orcas. Mundo Marino alega que la rescató cuando su grupo quedó varado en la costa al bajar la marea.

“El principal sostén actual de un oceanario o de un zoológico declaran que es educativo porque la gente sólo los puede ver ahí, pero en realidad no tiene nada de educativo en tanto y en cuanto uno de los pilares de la educación es la libertad, el libre albedrío, que se está cercenando en un animal en cautiverio”, explica Roberto Bubas, guardafauna y criador de orcas desde hace 23 años, principal impulsor de la liberación de Kshamenk.

“Así como se abolió hace cientos de años la esclavitud en el ser humano y hoy vemos eso como un hecho abominable y antes era algo totalmente normal, del mismo modo dentro de cincuenta o cien años va a ser vista la esclavitud de los animales”, garantiza.

Cómo combatir el tedio
Del otro lado, los administradores de zoológicos ya entendieron que deben presentarse como un lugar no sólo de esparcimiento sino principalmente educativo y promotor de la conservación. La idea del animal enjaulado, deprimido, disponible las 24 horas para que los chicos le tiren galletitas no es para nada de vanguardia.

“Básicamente, hubo un cambio radical en los zoológicos en los últimos tiempos. Ya no son un muestrario de animales sino que hoy por hoy somos centros de conservación de diversidad”, garantiza Adrián Sestelo, director del Laboratorio de Biotecnología Reproductiva en la Dirección de Conservación del Jardín Zoológico de la Ciudad de Buenos Aires, desde donde coordina también el Comité de Manejo Cooperativo de Especies en la Asociación Latinoamericana de Parques Zoológicos y Acuarios (ALPZA) y es el representante regional en el Comité Mundial de Manejo de Poblaciones de la Asociación Mundial de Zoológicos y Acuarios (WAZA).

En relación a los animales estresados o deprimidos, el especialista reconoció que era común encontrar estos casos hace un tiempo, pero aseguró que hoy esos problemas están resueltos con técnicas de enriquecimiento ambiental y de manejo conductual, ofreciéndole a los animales ambientes acordes para que puedan desarrollar sus comportamientos naturales y la posibilidad de hacer actividades que simulen las que realizarían en la naturaleza. Por ejemplo: cambian la ambientación, cuelgan la comida de un árbol para que el animal salte, se la colocan dentro de una pelota para que la rasgue o la congelan para que deba lamer el bloque hasta conseguirla. Estas técnicas también se emplean en el bioparque Temaikèn, cuyos animales provienen de decomisos o fueron derivados de otros parques.

Para los jóvenes de muchas ciudades del mundo, los zoos y acuarios son a menudo el primer contacto con la naturaleza y, por tanto, funcionan como incubadoras de futuros conservacionistas”, reflexiona Carina Righi, jefa de Conservación de la Fundación Temaikèn, cuya expresión más conocida es el bioparque de Escobar. “Además de la educación, se realizan en ambientes como éste líneas de investigación que no podrían realizarse en la naturaleza”, apunta.

“Los organismos que manejan la conservación in situ han visto tan dramáticamente reducidas las poblaciones de animales silvestres que es necesario a veces incluso tomar poblaciones completas de especies y llevarlas a los zoológicos para poder mantenerlas mientras el daño ambiental pasa o se corrige, e incluso también estudiarlas y ayudar en la reproducción y mantenimiento de esos ejemplares”, agrega Sestelo, quien menciona además la importancia que adquieren los back-ups de diversidad genética que conservan algunos zoológicos.

“Hoy es necesario tener un lugar donde poner a los animales que vienen de decomiso, de mascota o de cacerías. ¿Qué pasaría con esos animales si los zoológicos no existieran?”, se pregunta Righi y la pregunta persiste.

Los animalistas persiguen la utopía de cerrar los zoológicos y liberar a los animales, pero no todos, especialmente los que estuvieron un largo tiempo en cautiverio, están listos para volver a la naturaleza. Y de lograrlo, en algunos casos eso podría traer consecuencias imprevisibles no sólo para ese ejemplar sino también para el ambiente.

“Yo creo que es un paradigma del pasado que deberíamos erradicar el hecho de que es educativo mostrar un animal cautivo a alguien”, disiente Bubas, quien propone que todos los bioparques, zoológicos y acuarios se transformen en centros de interpretación de la naturaleza sin animales.

En estos días el gobierno de Costa Rica ordenó cerrar los zoológicos públicos del país, liberar a algunos de los animales en la naturaleza y enviar a otros a santuarios, y en nuestro país el legislador provincial Rodrigo de Loredo presentó una iniciativa similar para Córdoba. Es difícil asegurar que esta es la mejor salida, ni siquiera la más ecológica, pero por lo menos, de tomarla, como diría Cher, nuestras manos “no estarán manchadas con su sangre cuando mueran”.

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