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Cine y Series

La gran estafa argenta

La película protagonizada por Valeria Bertuccelli y Daniel Hendler mezcla géneros hollywoondenses en un cóctel que funciona y entretiene.

Por Gisela Etlis

Si la creatividad es saber combinar y adaptar lo que ya está creado, Ariel Winograd pasó la prueba y con buena calificación. Atrás quedaron Cara de queso y Mi primera boda, sus primeras creaciones en las que se destacan los lazos familiares, las exageradas (y no tanto) cualidades típicas de las familia judías y el costumbrismo del medio pelo argentino.

Vino para robar
es una comedia que se acerca a géneros como el policial, acción y hasta suspenso. Pero fiel al estilo Winograd, es imposible dejar de sonreir y carcajear durante toda la película. Sebastián (Daniel Hendler) es un artista del robo que cae en la trampa de una ladrona mucho más rápida que él, que se hace llamar Natalia (Valeria Bertuccelli). Ambos se unen en el intento de robar una botella de vino Malbec del siglo XIX, guardada en una bóveda de un banco mendocino.

Entre discusiones absurdas, viñedos y montañas de Mendoza, la tierna seriedad de Hendler y la absoluta frescura de Bertuccelli quien no se priva de jugar a ser Audrey Hepburn, que Sebastián y Natalia se enamoren no es sorpresa para el público. Aunque al comienzo no se sabe, el espectador intuye que hay algo más detrás del simple robo y sólo espera que ambos puedan concretarlo. Pero claro, al estilo Ocean’s Eleven con un poco de Los simuladores y James Bond.

Los diálogos de los ladrones ideados por Adrián Garelik fluyen junto a los de los personajes que rodean a la pareja (Alan Sabbagh, el espiritual gerente del banco; el investigador interpretado por Pablo Rago; el mafioso Basile que encara Juan Leyrado; y el coequiper de Sebastián, un nerd que acaba de dejar la adolescencia, logrado por Martín Proyansky). Todos ayudan a tejer los hilos de la historia y aportan cómicos detalles, aunque no sobresalen demasiado.

Un ingrediente que le da sentido a la chispa del personaje con el que sorprende la ex Tana Ferro, es el padre de Natalia. Pascual (Mario Alarcón), es responsable de varias de las risas de la sala por su mezcla de viveza e ingenuidad.

Con un final anunciado -no sólo por la historia de amor- que no defrauda, se demuestra que cine nacional puede dar más. En una película para revivir un poco de las clásicas escenas de los thrillers hollywoodenses de los 50’, 60’, un poco más argentos.

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