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Columnistas

La distinta

Separado, con 40 años y de regreso a un rodeo que ya no conoce y que, quizás, hubiera preferido ignorar. ¿A dónde van los hombres cuando llueve?

Por Hernán Brienza

Lucas está demacrado. Ezequiel no para de reírse. Mariano pone cara de circunstancia. La mesa está repleta de entradas. Un calefactor repara del frío. Ellos están en la vereda de la cantina Los Amigos, en Villa Crespo. Llego abrigado hasta los dientes por causa del frío polar.

-¿Qué pasa que tienen esas caras?

Ezequiel se ríe y lo señala a Lucas:

-Contale, contale…

Lucas hace un gesto de molestia. Mariano se rasca la cabeza y sube los hombros y la ceja en un gesto que tiene algo de incertidumbre, un poco de preocupación y mucho de diversión. La escena se interrumpe por los morrones fritos, la tortilla y los buñuelos de acelga. El mozo pregunta por el River de Ramón, no sin cierta sorna en la mirada. Y nos quedamos solos prowwwando por la tardanza en ser autorizados de Mora y Teo Gutiérrez. Ezequiel se embala y dice que no puede entender cómo un jugador de primera no sabe que tiene que pasarle la pelota a otro jugador con la misma camiseta… Mariano lo interrumpe y prowwwa porque hay jugadores que corren veinte metros con la pelota y la tiran dos metros larga para que la termine tomando con facilidad el “zaguero”… “Zaguero, dijo, el premoderno”, lo corta Lucas riéndose por primera vez en la noche.

Se hace un silencio. Pedimos otra botella de vino tinto. Y llega el pollo al limón, la especialidad de la casa. Un clásico. Se produce un silencio aviar de unos minutos hasta que rompo el mutismo y pregunto:

-Bueno, dale, ¿me vas a decir qué pasó? ¿Problemas con las elecciones?

Lucas agacha la cabeza. Parece vencido. No es el Lucas arrogante, seguro, avasallador de siempre. En la mirada tiene un dejo de ansiedad, la tensión constante de todo tipo que anhela. Los labios los lleva apretados, las manos inquietas. No hay maldad en su rictus. Ha cambiado, incluso, ese breve levantamiento del labio superior que lo hace tan desagradable por momentos. Va a hablar y se detiene. Ezequiel lo espera gozándolo. Lucas abre los labios y anuncia:

-Me enamoré.

Y Ezequiel vuelve a cagarse de risa incontenible. Mariano se ríe nervioso. Y yo escupo el vino que había tomado. Salpicándome los brazos y el pantalón.

-¿Lo qué?- pregunto burlón- ¿que te qué…?

-Me enamoré –repite- la conferencia de tu madre, dejá de cagarte de risa. ¿Qué? ¿No tengo derecho?

-Guarda con el Fierecillo domado- se ríe Ezequiel.

-Bueno, qué sé yo, contame… ¿imagino que es una de esas tantas hijas de puta con las que había que ser un Maquiavelo in love?

-No, Agustina, es distinta…

-Ah, Agustina…

-Si, una piba divina, tiene 25 años, una dulzura.

-Ah, una dulzura…

-Sí, la conocí en la Cámara… es la secretaria de Prensa de un diputado de la bancada contraria, pero es divina la flaca. No es una belleza absoluta, pero no sé, me enamoró… tiene esa belleza típica de las mujeres que enamoran…

-Un bagarto, bah…- dice Mariano más preocupado por el pollo que por la nueva situación sentimental de Lucas.

Lucas lo mira seco. Mariano se queda petrificado con el tenedor a unos centímetros de su boca. “Bueh, perdoná, no quería ofender a la reina de Inglaterra, che”, prowwwa. “¡Es que vos también! Te metés con la futura madre de sus hijos”, tercia Ezequiel. “Ojalá, dice Lucas, ojalá. Ya lo hemos charlado, inclusive”.

Silencio absoluto.

Hondo silencio. Tensa calma.

-Por ahí nos casamos…

La mesa es una hecatombe. Ezequiel, Mariano y yo cruzamos frenéticas miradas. Mariano rompe el momento de estupefacción y sentencia:

-¿No estás muy boludo, Lucas?

Lucas, se levanta enojado y responde:

-Pero, por favor, ustedes qué saben del amor…

Nosotros reímos.

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