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Territorios

La Disneylandia troskista

La escritora Tatiana Goransky pasó por la Semana Negra de Gijón, el festival de literatura policial, ciencia ficción y géneros alternos más reconocido del mundo, y nos cuenta sobre ese enorme parque de diversiones que mezcla cultura con fiesta callejera.

Por Tatiana Goransky.
Foto: Cortesía Semana Negra de Gijón

En ningún otro lugar del mundo se animan a darle a un escritor un vino llamado Vanidoso. Sí, sí, a los de Semana Negra de Gijón no les tiembla el pulso mientras te sirven ese brebaje capaz de hacerte abandonar la bebida por siempre. No quieren matarte, no. Solo quieren aplacar al bebedor compulsivo y festivalero que vive en todos nosotros. Si decidimos emborracharnos tendrá que ser por propia mano. Cuenta la leyenda, que en nuestra delegación argentina, supo haber algún coma alcohólico. Esto no es una crónica de un crimen pasional. Es una crónica pasional sobre Gijón, un crimen de festival que te secuestra nueve días y te abandona en la ruta, resacoso, desarmado, alegre y pidiendo que te dejen dormir nueve días más. Este festival que nació en 1988, primero como un modesto modo de reunir escritores y fanáticos de los policiales y la novela negra, pero que con el correr de los años llegó, y sigue llegando, a convocar a más de un millón de visitantes que inundan con alegría y desbordes a esta pequeña ciudad asturiana.

El viaje empieza con el tren negro
En un andén madrileño, escritores, fotógrafos y periodistas de todo el mundo se agrupan para subir con pie derecho. Superstición que es mejor mantener viva. En los eventos de novela policial es imperativo no saltearse ningún paso. No sea cosa que caiga sobre todos la noche, el rigor y la oscuridad del género. El viernes 10 de julio, un poco antes del mediodía, nos embarcamos en dos vagones con destino a la XXVIII Semana Negra. La SN es uno de los festivales más reconocidos del mundo. Su ideólogo original fue Paco Ignacio Taibo II, nacido en Gijón pero que vivió y escribió primero en México, acompañando a su padre en la huída de la, también negrísima, época franquista española. Taibbo II, que gusta definirse a sí mismo como el creador de una Disneylandia para niños troskistas y adultos insumisos, se juntó con otros intelectuales y escritores de su entorno, entre ellos nada menos que Ángel de la Calle aportando todo su conocimiento sobre cómics, y armaron esta semana. De hecho, hoy es el propio de la Calle el que está como director de contenidos, mientras que Taibo II mantienen un puesto emérito. En la SN, se juntan talentos que no comparten idioma, pero si el entusiasmo por planear el crimen perfecto. Es mi primera vez y sé que estoy ante el padre de todos los festivales del género. Ahora, toca que a mí también me sirvan
Vanidoso.

Luego de una peregrinación de casi seis horas, de entrevistas en vagones que se mueven, de sándwiches en bolsitas de papel madera, de ver roncar y babear a tu autor favorito, de intentar no imaginar cómo hubiera sido esta escena si la filmaba Hitchcock y de entender que todas esas cámaras de televisión no se equivocaron de lugar y sí, te están filmando a vos, ¿a vos?, llegamos a tierra gijonense. El territorio asturiano espera por los escritores negros. Espera que bajen del tren, se saquen las fotos “de familia”, atraviesen la estación repleta de gente, bandas que marchan y tocan en su honor, pancartas que aprovechan para manifestarse a favor y en contra de otros temas, y se suban a los micros que los repartirán entre los dos míticos hoteles: el Don Manuel, centro neurálgico de operaciones diurnas y nocturnas, y el Pathos, un poquito alejado de la noche, al que se puede volver y dormir. Si es que dormir está en tu agenda festivalera.

Me toca el Pathos, muy adecuado. Es tradición compartir cuarto, no importa cuán famoso o poco famoso seas. Es una tradición igualadora, a la que todos se someten (nos sometemos) con alegría. Llevás tu valija arriba (valija que desborda de libros para el intercambio y ropa que nunca le pega al clima) y por un segundo mirás la cara de tu compañero (en mi caso, compañera), persona que se convertirá en conocedora de tus manías de adulto. Compartir cuarto cerca de los 40 no es ninguna pijamada animada.

Nos entregan los vouchers de comida y aprendemos que el circuito se reduce a cuatro restaurantes, pero tendremos en cuenta lo siguiente: uno está dentro del Don Manuel (excelente arroz con leche y una moza capaz de arrancarle sonrisas hasta a los más porfiados), por eso tiene horarios más flexibles. El otro es el Boccalino, “el italiano”, hogar de risottos que aún cargo, de carpaccios que aún degusto y de la misma botella de vino que envenenó mis delicadas entrañas. Los dueños están entrenados para lidiar con la horda hambrienta y sonora que somos. Casi siempre escribimos para no gritar; aquí, gritamos. Ellos han montado una escena que repiten ad infinitum: nos tratan un poco mal, se quejan, nos terminan trayendo lo que ellos quieren y los amamos igual. Los amamos a ellos, sus falsos malos modales y la deliciosa comida que sustituye nuestra figura por un modelo de Michelín.

La literatura es un campo de juegos
Ahora que comimos estamos listos para la sorpresa, o al menos los novatos que nunca pensamos, que nunca creímos, que nunca imaginamos que era verdad: el festival vive adentro de un parque de diversiones, una feria familiar con todos los condimentos de un Italpark de los ochenta. De pronto se me antoja una Tab y usar patines sobre ruedas. Un escritor de Costa Rica promete acompañarme al
Ratón vacilón, montaña rusa kitsch por la que espero durante toda la semana. Y es que al parecer mis compañeros no están muy interesados en subirse al Matterhorn, los autitos chocadores, el Cyclone (ese que amaga con dar la vuelta entera mientras te querés morir) y otros juegos de alta adrenalina. La adrenalina literaria parece ser suficiente. Y yo que me siento una niña de siete años y lo disfruto y sonrío de solo ver los colores fluo de los peluches que te podés ganar tirando al blanco. Y pienso que ojalá estuviera mi hija para compartir el parque de atracciones conmigo, y de tanto pensarlo me toca compartir la noria y la montaña rusa con un padre y una niña de la misma edad que la mía. Y, aunque grito loca, vuelvo en mí cada dos o tres segundos y me ocupo de ver si la nena está bien. Al menos lo hago durante el Ratón Vacilón, la noria no da tanto miedo, desde ahí se puede ver la ciudad iluminada por las fiestas nocturnas.

Piso tierra firme y se amontona la gente. En vivo, en el escenario central, toca Def Con Dos, banda de rap metal conocida por sonar en películas de Alex de la Iglesia. La gente salta y corea. Yo salto y coreo. Me encuentro con colegas uruguayos. Todos saltamos y coreamos. El parque de diversiones nocturno ya no tiene ese toque infantil. A la luz de la luna española, caminamos en grupo inspeccionando los alrededores. La cidra se huele y se pisa el suelo pegajoso. La cerveza (caña) tirada se prende en mil rincones, iluminando el predio como antes se hacía con el encendedor en los temas lentos de un recital. De pronto, todos nos quedamos quietos. En un bar abierto, a la vista de los paseantes, hay hombres y mujeres con poca ropa, bailando sobre una barra. Nos acercamos, sacamos fotos, parece un mundo paralelo en el que la feria es una gran orgía fluorescente. Dice la prensa local que desde que empezó la edición de la Semana Negra, no ha habido noche en la que no se produjera alguna riña o pelea. En la historia se recuerdan incluso algunas balaceras -que sin duda aportaron color negro al asunto-, además de las borracheras, cuchilladas y demás condimentos del festival. Pienso en eso, pienso en cómo se organizaría toda esta gente semidesnuda para compartir una orgía. No digo nada, camino con los colegas hasta que nos perdemos. Cada uno camina solo, tal vez buscando su propia feria nocturna.

Pase lo que pase, todos iremos a terminar la noche al Don Manuel. Es que ahí caen todos los cómplices, uno por uno. Arrestados, perdidos, encontrados, con sed. Voces en muchos idiomas, anécdotas de viajes pasados, boleros, rancheras, recuerdos de Verano Azul y el capítulo en el que Bea se convierte en mujer. Fluye el Vanidoso. Fluye el whisky, la caña, el Baileys. Tintinean los ánimos y los vasos. Algunos desaparecen entre los bares de los alrededores. Estamos en una zona privilegiada, rodeada de lugarcitos oscuros. Muchos nos conocemos hace años. Muchos recién se conocen. Nada de eso importa a la madrugada, cuando, juntos, aturdimos a los locales con anécdotas negras.

En el medio, la literatura
Presentan la edición española de mi novela
¿Quién mató a la cantante de jazz? y participo de dos mesas, una sobre el policial latinoamericano actual, la otra sobre violencia de género. Y es que este año ése es el eje central del festival. En la mesa somos casi todas mujeres y resuena la marcha del 23 de junio. #NiUnaMenos.

Cada día después de las actividades, vienen las fotos de situación. A la mañana siguiente, a las 11 en punto, sale el diario oficial de SN: A quemarropa. A veces somos noticia, a veces tapa, a veces acompañamos a nuestros colegas, siempre es una manera armoniosa de arrancar la jornada leyendo (con anteojos oscuros) las noticias sobre el festival y los recomendados del día en curso. El desayuno del Pathos consta de un “zumito”, café y tostada. Pasan los días y siento la necesidad imperiosa de una mandarina, pero sigo amontonando carbohidratos y alcohol.

Este año, entre los 186 invitados, están Gioconda Belli, Milo Manara, Juan Madrid, Luis Alberto de Cuenca, Rosa Montero y varios argentinos radicados dentro y fuera de España. Entre los que ahora cruzaron el océano, me encontré con Pablo De Santis, Selva Almada, María Inés Krimer, Jorge Yaco, Mariano Quirós, Loyds, Iñaki Echeverría y Gabriela Cabezón Cámara. Casi todos nos juntamos en el Hotel Chamartin de Madrid, justo antes de la salida. 44 grados de calor y el jet lag de nuestro lado. Solo en Argentina tenemos cuatro festivales negros y al parecer seguirán multiplicándose. No soy autora de género, entre mis novelas se puede encontrar un abanico entre negro y rosa (digamos mejor rojo, rojo y negro), pero tengo la suerte de transitar también por este lado y sí, no hay duda, la Semana Negra es el padre de todos los festivales oscuros.

Me tomo un café con Gioconda, me cuenta que en Nicaragua es más común bailar dentro de las casas que ir a bailar. Le digo que en Buenos Aires siempre habrá una mesa milonguera esperándola. Lo mismo le comento al resto de los compañeros. Los martes, en Buenos Aires, para mí es noche de tango. Siempre que alguien aterrice, tendrá un lugar en la mesa.

El chaqueño Mariano Quirós encontró en este viaje a su pariente Daniel Quirós, de Costa Rica. Los dos fueron invitados a un pueblo cercano, el pueblo Quirós, dónde los esperaba una cálida familia con agasajo culinario. Martín Olmos ganó el premio Rodolfo Walsh, y el español Carlos Zanón hizo lo propio con el premio Hammet. Tuve la suerte de sentarme a su mesa de festejo en donde un argentino del que no puedo dar nombre se quemó con aceite picante y por siempre tuvo labios de colágeno (esto es en serio, es serio). El escritor Fernando Marías nos dejó temiendo por su vida, luego de narrar sus peripecias antes un posible asesino. Carlos Salem deconstruyó mis boleros hasta convertirlos en rancheras, Aprendí la importancia de la despedida francesa, el arte de desaparecer sin darle un abrazo a 185 colegas. Trabajé en tándem con un competidor, nos pasábamos los mejores titulares al mediodía y corríamos para ver quién los publicaba primero. Así, puedo seguir escribiendo microrrelatos dentro de la novela que fue el encuentro. En este caso más cercano a una comedia de enredos que a un culebrón, por suerte. Y sí, es mejor no dar muchos nombres. Como dije antes, todos estos escritores trabajan sin parar para construir el crimen perfecto… del que no pretendo ser víctima.

Un hermoso pueblo minero
Llega el último día y (este año) nadie cayó en coma alcohólico. Creo que eso ya nos hace ver un poco mejor en el extranjero. Me tomo una cerveza Grimbergen con el inventor de la gran frase del festival 2015: “lo que más me jode, es el Atlántico”, y me animo a subirme al
Cyclone. La comida ya nunca me caerá igual y decido que es momento de recordar que si puedo nadar en Mar del Plata en otoño, puedo nadar en cualquier lado. Despido a todos los que se toman el Bus Negro de regreso a Madrid. Me quedo en el Cantábrico y me animo a ser un poco más europea. Espero hasta que se ponga el sol, me saco toda la ropa y me meto en el agua. En un segundo veo la película completa del festival. Creo que tal vez estoy a punto de morirme, pero no. Es solo la sensación de ingravidez, luego de tantos días de risotto.

Escribo ahora desde el avión que me lleva a Buenos Aires. Más de once horas de vuelo que me separan de la tranquilidad de casa, la comida rica en proteínas y la dieta de alcohol. Pronto, mi hígado volverá a ser el mismo, no habrá escapadas nocturnas a zambullirme desnuda en el mar, ni vouchers para comer carpaccio de salmón, ni compañera de cuarto, ni solo tres horas de sueño, ni correr tras la foto y el texto o juntarme con los 185 para brindar en la parte privada de una feria pública. Y volver a brindar. Y volver a brindar. Una feria que repartió algodones de azúcar literaria cargados de calorías negras. Por casi diez días, todos engordamos de letras y compañerismo. Ahora, habrá que volver a acostumbrarse a la claridad de la luz, a vivir fuera de la novela que supimos construir entre todos. La vida, lo sabemos, no es un parque de diversiones.

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