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Entrevistas

La chica de la puerta de al lado

Entre la fama y el anonimato, una mujer en busca de un equilibrio que no siempre le sale pero forma parte de su estilo.

Por Mónica Tracey
Fotos: Alejandra López
Producción: Andy Benegas

Es seria y grave, pero también divertida y ligera, y así como se interna en cuerpo y alma en los temas que le interesan, se prende en comentarios chismosos y se ríe, despreocupada. No impresiona como una fashion addict pero sus Jimmy Choo son casi una marca de ese estilo entre aniñado y salvajón sexy que Julieta Ortega conserva a los 42 años. Era una nena cuando supo sin lugar a dudas que sería actriz, que eso era lo suyo. Apenas terminó sus estudios, voló a Los Angeles donde estudió tres años en el Actor’s Studio. Poco después, regresaba a la Argentina y ya no paró de trabajar: cine, teatro, televisión, el lugar de mayor permanencia. Y fue ahí, cuando terminó con el exitazo de Graduados, que empezó a pensar en otra cosa, un programa distinto, un lugar de encuentro e indagación con otras mujeres.

Nosotras salió de ella y se convirtió en un programa que el canal Cosmopolitan empezó a transmitir el 29 de mayo. Allí, Julieta recibe en el living de su departamento a las famosas elegidas para hablar de cada tema: los celos, la separación, la comida, el sexo…, trece temas que ella sintió que podía hablar con esas mujeres. La “China” Suárez, Pampita, Julieta Cardinali, Cielo Latini, la “Negra” Vernacci y “Luli” Salazar, entre otras. Todas hablando desde sí, despojadas del personaje, contando lo más íntimo de lo que vivieron y aprendieron de esos temas que a veces fueron costosísimos en sus vidas. Y Julieta, tan adentro como sus invitadas. Puesta ahí, con toda su historia. En el programa aparece su mamá, Evangelina Salazar, su hermana, Rosario, su amiga íntima, Leticia Brédice, su hijo Benito y su ex, Iván Noble -por teléfono-, en una conversación explicándose su separación.

Y así como se la ve en el programa, así es en esta entrevista. Cada respuesta pasa por ella, no conwwwa desde ningún lugar. Reflexiona, recuerda, es sorprendentemente sincera y se expone a toda la verdad que puede; no retacea, aunque después a veces se asuste y se pregunte si no fue demasiado lejos.

– ¿Cómo es este momento en tu vida? La pregunta tiene que ver con que Nosotras te muestra en un plano diferente. Plena, segura, capaz de desnudar intimidades, de hacer confesiones intensas.
– Cuando yo digo soy grande, la gente siente que tiene que decirte automáticamente, ´no, qué vas a ser grande´, o cuando digo mi edad, me dicen, no la digas, si total parecés menos. Pero yo siempre quise ser grande, entonces no me estoy quejando ni lamentando. Al contrario, para mí el paso del tiempo es fantástico. Desde que era una niña quise ser grande y ahora lo soy, entonces estoy muy contenta con eso. En el programa, Nancy Dupláa dice “los años traen cosas buenas”, ella habla en relación a la pareja. Incluso yo pienso que debería estar prohibido casarse o tener hijos siendo muy joven porque a uno le falta mucho por aprender, por conocer, por experimentar. Una no está bien plantada todavía. Creo que el camino es muy largo y uno va empezando a caminar más cómodo en sus zapatos después de los treinta años.

– ¿Podrías haber hecho este programa unos años atrás?
– Probablemente este sea un programa que no hubiera podido hacer antes. Los años me pusieron en un lugar donde, sin tener demasiadas respuestas, poseo cierta reflexión. Y digo que no tengo demasiadas respuestas porque, de hecho, hago el programa justamente porque no las tengo. Y la reflexión es algo que, me parece, no se tiene a los veinte.

– Sí, pensaba en la reflexión pero sobre todo en la la forma en que te exponés.
– Eso es algo que está planteado desde haber abierto mi casa hasta hablar en primera persona. Lo que sentí después de haber hecho “Graduados”, fue cuántas más cosas voy a seguir haciendo que no me representan en su totalidad. El actor se diferencia del músico porque el músico se sienta solo a escribir y después a tocar, se reúne a hacer un disco o un show donde, de principio a fin, se supone que era lo que quería hacer. Los actores, en cambio, estamos todo el tiempo al servicio del otro, de las palabras del otro, del proyecto del otro, de lo que otro imaginó. Hay programas que pueden ser fantásticos y uno está muy feliz haciéndolos pero siempre fue el sueño de otra persona. No tenía más ganas de decir las palabras de nadie, mi fantasía era hacer este programa. Estuve dando vueltas hasta que di con Alfred Olivieri, que es el director y productor, y ahí terminó de tomar forma. Yo no sentí que quería entrevistar gente pero sí que quería conversar con gente. Y me lo pregunté, ¿esto está bien o es un reality? ¿Va a ser un reality de mi vida, cuál es el fin de esto? Yo no voy a los programas de chimentos a hablar de mi vida. Si me separo del padre de mi hijo que es un músico conocido trato de no hablar del tema por mucho tiempo. Y pensé que el contexto hace la diferencia. Y sentía que el fin para esto era, a lo mejor, algo de lo que yo iba a decir o de lo que iba a decir toda la gente convocada. Que eso, por poquito, podía servirle a alguien. Entonces, valía la pena. Pero no puedo negarte que tuve miedo de que se convirtiera en el show de Ricky Fort.

– ¿Y ahora cómo lo sentís?
– Ahora estoy contenta. Siento que no me guardé nada. Si hiciéramos otra temporada me pondría a pensar y, seguramente, aparecerían otros temas, otras invitadas. Y también aparecerían otras partes de mi vida, tengo muchas cosas vividas. En esta primera temporada no me guardé nada.

Julieta OrtegaLa imagen, esa crueldad
El problema es la televisión. “Trabajar en televisión hace que te veas todo el tiempo con una lupa infinitamente grande”, dice y asegura que pelea desde siempre contra la dictadura de la imagen, contra su propio dictador interno. Julieta es menuda, armónica, con unos ojos súper expresivos y una bocaza muy sensual. Y aun así, con todo eso, frente a la cámara es otra, es más. Con sus bellas piernas sobre sus stiletto dorados, con pocos accesorios más, juega tranquila, deja que la cámara se enamore. Se la ve segura, apenas ve la ropa, sabe qué quiere, le ofrecen música, pide Fiona Apple.

– Uno de los temas del programa que asumís como propios es el de la alimentación. ¿Fuiste gorda o le temés a ser gorda?
– Fui gorda, cuando empecé a trabajar tenía otro cuerpo. Cuando tenía veinte años pesaba 52 kilos que no es muchísimo pero yo peso 45, 46, entonces era mucho. Comía compulsivamente. No llegué a ser bulímica pero me lo empezaron a hacer notar y se fue convirtiendo en una preocupación. La prensa en ese momento no tenía conciencia del daño que le podía hacer a una adolescente y leí en una revista que decía que si yo seguía comiendo así estaba en camino de convertirme en una gordita simpática. Fue devastador, me acuerdo de la periodista, todo. Es un problema la mirada impiadosa que tenemos las mujeres con nosotras mismas. Con la otra también, podemos ser muy malas, muy crueles.

– ¿Tuviste un mandato con la imagen, de cuidarte, porque tu mamá era actriz, siempre flaquísima?
– Yo tengo una mamá muy esteta, esos ojos, esa mirada de ella, lamentablemente la tengo yo también, está internalizada. A mí me basta su mirada, o cuando voy y me pregunta ¿estás yendo al gimnasio? Su mirada siempre es certera, ella sabe cuando estoy más gorda.

– Entonces hay un mandato.
– Contra el que yo luché toda mi vida, de hecho le conwwwo y la he enfrentado muchas veces pero bueno es la lucha entre lo que uno dice y lo que a uno le pasa profundamente.

– ¿Cómo lidias con la imagen, con el paso del tiempo?
– No con el paso del tiempo, específicamente. Tengo una profesión que no ayuda y menos si trabajás en televisión. Es curioso que cuando pasan las escenas en el monitor las actrices corremos a ver cómo salimos, si lindas o feas, y lo último que te fijás es cómo estás como actriz. Yo hago lo que puedo, también soy buena conmigo en el sentido de que no tengo que estar perfecta para salir a la calle. A la mañana, salgo en pijama. Me compro unas camperas largas para que se me vea lo menos posible y llevo a mi hijo al colegio en pijama. A mí no me importa nada. Me pongo anteojos, me recojo el pelo en un rodete y toda la mañana hago cosas por el barrio así. No soy mi mamá que si no está impecable no sale. Está bien también, es parte de su encanto. Es una mujer muy bella y que le da mucha importancia a eso y también es de otra época: una época donde siempre estuvo presente la mirada de los demás. A mí no me importa tanto la mirada de los demás y trabajo mucho conmigo como para amigarme.

– ¿Eso fue un trabajo de reflexión o vino con tu época?
– No, es un trabajo. De vez en cuando leo “sos horrible” y me pega como si me dieran una trompada en el estómago.

Familia, refugio y fama
Ahora la familia es Benito, el hijo que tuvo con Iván Noble hace ocho años, con quien vive en su departamento luminoso y tan estético como ella. Pero también, y con una presencia muy fuerte, los Ortega. Lo que Julieta llama la familia de origen.

-¿Cuál es el lugar de tu infancia?
– Un departamento en Belgrano. Viví ahí hasta los 13 años, después nos fuimos a Miami.

– ¿Dónde estudiaste?
– Colegio inglés, colegio de monjas alemanas, colegio de monjas más progres, mi mamá y mi papá cambiaban mucho de opinión sobre la educación de sus hijos. Ibamos del Washington School en Belgrano al Mallinckrodt, que es como lo peor de lo peor, así nos tenían. Sí, han hecho muchos experimentos con nosotros. A mi mamá no le gusta que yo diga esto pero es así.

– Desde que naciste tu familia era famosa. ¿Cómo lidiaste con la exposición, con la fama? ¿Fue un tema o era parte de la vida naturalmente?
– Fue parte de mi vida, no conocía otra cosa. No se parece a otra cosa. Por ejemplo no íbamos de vacaciones a la costa, mi papá no caminaba por la calle. Bueno, crecés con la mirada ajena sobre vos y con esa cosa de que el otro sabe cómo se llama mi mamá, cómo se llama mi papá, qué canciones canta y hace que yo me entere si le gustan o no, eso es pesado para un chico. Además, justo en esa época del país, y mi papá y las canciones de mi papá, no era tan sencillo. Pero después nos fuimos a vivir a Miami y yo no era la hija de nadie conocido.

– Fue más fácil allá.
– Totalmente, además siempre disfruté bastante el anonimato.

– Hablás de tu familia como muy contenedora, muy apoyando cada uno la actividad del otro. ¿No hay nada en tu familia que haya sido para vos difícil, duro?
– Eso, la fama. Es que somos muchos, hay momentos menos tranquilos, mi papa pasó por la política.

– ¿Cómo viviste eso?
– Con menos conciencia porque era más chica pero fue pesado.

– ¿Te molestó que se metiera en política?
– Y, no lo ayudó a él me parece. Con el tiempo las cosas se ponen en su lugar pero no salís vivo de ahí. No salís entero, de la mirada, de la sospecha. Y me parece que es algo que podría haber evitado pero mi papá es muy cabezadura, no hay cómo hacerle cambiar de opinión. Obviamente hay cosas, pero la verdad es que tengo una familia de origen maravillosa. Mi mamá es una mujer divina. Es muy cándida, muy transparente, aunque no pienses como ella, la querés igual, y es como una mamá de todo el mundo. Y mi papá es un tipo muy callado, muy provinciano en ese sentido, de muchos silencios, muy generoso. Eso me mató, no generoso de regalar carteras, generoso de atento. Es solidario, entonces, hasta cuando está diciendo algo que no comparto en absoluto, lo quiero profundamente.

– ¿El hecho de que todos hagan algo artístico, productor, director, cantantes, hace que la vara suba? ¿Te medís con ellos?
– Es raro porque por ahí les pasa más a mis hermanos varones entre ellos. Es una familia en la que a casi todos nos va más o menos bien y eso debe ser difícil pero tal vez por ser mujer no estuve nunca midiendo con mis hermanos.

– ¿Y con tu hermana?
– Noooo, Rosario nació cuando yo tenía 15 años. Es más hija que hermana. Y además siempre tuve con la “fama”, con el “éxito” una relación muy particular porque al haber crecido con eso no pensé nunca que fuera un valor en sí mismo. El éxito profesional barra fama barra dinero barra cuántas tapas de revistas hiciste… no me pareció que había ahí un valor, entonces eso me ayudó a no estar muy atenta a eso. Esto por ejemplo que esté saliendo un programa al aire es un golazo para mí. Haber hecho Graduados un programa que a mí me encantó hacer es un golazo. Estoy contenta con la ficción que va a salir por Telefe, Viudas e hijas del rock and roll, donde hago de mala. Mi personaje es una chica un poquito trepadora que termina involucrada con el papá de su amiga y en el presente ya es su mujer y es como la dueña y señora de una radio, una mujer poderosa. Estuvo bien trabajar toda esa transformación. Después, gano más plata o menos plata, me va mejor, tengo un hermano productor de televisión que es súper exitoso y nunca sentí que entonces yo tenía que demostrar otra cosa.

Julieta OrtegaEl amor y los celos
El primer amor y por años fue papá Palito. Hubo otros, grandes y lindos amores, que todavía están cerca, pero desde hace dos años, nada. “Parece que en realidad no soy tan enamoradiza, a juzgar por este último tiempo”, dice. Antes fue Iván Noble, con quien estuvo siete años y de quien se separó hace seis. Tienen la mejor relación de ex.

– El amor, ¿uno, muchos?
– He tenido amores divinos y de hecho tengo excelentes relaciones con mis dos últimos amores.

– ¿Quién fue el último?
– Simón, alguien que vive por acá, un chico divino. Y lo adoro y él me quiere y nos hablamos y nos vemos. Y el padre de mi hijo es el padre de mi hijo, hay una comunicación constante y mucho cariño y tengo la sensación de que a cada uno le gusta quién es el otro.

– ¿Sos romántica o un poquito descreída?
– Soy romántica con reservas. La vida me ha demostrado que no hay que perderse de vista. Y Simone de Beauvoir me ayudó a los veinte años cuando la leí a tener siempre como una luz prendida.

– En Nosotras te confesás como muy celosa. ¿Cómo ha jugado eso en el amor?
– Lo complica. Los celos es mi gran dificultad con las relaciones amorosas, algo que saca lo peor de mí. Para mí esto fue durante mucho tiempo el gran tema de mi vida y llegué a hacer terapia para ver si me curaba. A mí no me interesaban nada las teorías de por qué uno es celoso, sólo quería que alguien me curara y no lo logré. Los celos son terribles, vuelvo loco al otro pero sobre todo me vuelvo loca yo.

– ¿No será eso, la falta de amor y por consiguiente la ausencia de celos lo que te tiene tan en paz?
– Bueno en el capítulo de los celos yo le digo a la “China” Suárez, que nunca estuve tan contenta, tan tranquila, tan plena, como ahora. No tengo fantasmas, a mí me cuestan mucho las relaciones. Sufro mucho. Celo mucho. Sí, tal vez por eso estoy sola. No busco nada básicamente porque mi mundo es divino como es. Me encantaría enamorarme, hace un montón que no me enamoro. Pero hay un lugar en que pienso: trabajo de lo que me gusta, tengo un hijo, tengo un ex con el que puedo contar, tengo una familia de origen muy linda, tengo amigos. Tengo libros, tengo música. Tengo lugares adonde ir, viajes para hacer. Si viene alguien genial, pero nada que me complique la vida.

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