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Cine y Series

Juguetes rabiosos

Después de cambiar la mirada del mundo sobre los superhéroes, este guionista y creador escocés se mete con James Bond en la recientemente estrenada Kingsman.

Por Juan Manuel Dominguez

Hay una herida en el orgullo, siempre obeso, de los Estados Unidos. Una irreductible, que no se borra: un tatuaje inmundo que no está a la vista constantemente pero está ahí para ser visto de reojo cuando se pasa frente al espejo del baño. Ese tatuaje, digamos, “del secundario” son las bombas nucleares lanzadas durante la Segunda Guerra Mundial. No hay John Wayne, Jerry Bruckheimer, Tom Cruise o Vin Diesel que pueda tomar el hito violento de Estados Unidos y maquillarlo de leyenda a imprimir: Hiroshima y Nagasaki suelen ser, sin anabólicos y sin lupa, la marca de la gorra americana y una vergüenza que ningún arte o género artístico puede disfrazar.

Ni el cine, ni la literatura, ni la música, ni el teatro pudieron hacerle un lifting a lo inhumano del bombardeo. No hay heroísmo ahí. Nunca lo habrá. Y ojo que este pueblo es sabio en gambetas con la historia. ¿Cuántas películas recuerdan en las que, haciendo la gran Houdini, los estadounidenses fueron capaces de apropiarse de sus peores momentos y escaparse de los mismos para darles otro semblante, enchularlos hasta volverlos al menos complejos o ambiguos? Remember The Alamo.

Pero sobre las bombas, cero. Al menos hasta ahora.

Es que nadie contaba con el guionista de cómics Mark Millar, un escocés cultivado al calor de las historietas impresas a cuatro colores y la bronca británica de la mítica 2000 A.D. De allí a su primera historia publicada, hay un casi un lugar común: citar que esa primera obra fue la icónica Amazing Spider-Man #121, donde se muestra la muerte de Gwen Stacy reproducida en El increíble Hombre Araña 2.

En The Ultimates (2001, Marvel Comics), actualización 2.0 y ultracanchera de Los Vengadores, Millar hizo lo imposible: convirtió Hiroshima y Nagasaki en un enjambre marciano que debía ser bombardeado para prevenir una invasión de otro planeta. Esa historieta, de hecho, terminó siendo el template para la versión en el cine de Los Vengadores de 2012, película que hizo que hasta nuestras vecinas de más de 70 años supieran quienes son Thor, Iron Man y Capitán América cuando andan juntos.

Tan vital es la visión de Millar en el actual género súperheroico en el cine que, por ejemplo, él diseño el Nick Fury interpretado por Samuel L. Jackson. De hecho, en el cómic hay un momento donde el Fury dibujado dice que, si hicieran una película sobre su vida, Samuel L. Jackson debería ser el actor que lo interpretara.

Lo bizarro del instante Bomba Nuclear en el cómic no es lo ofensivo, que vendría a ser una lectura superficial de un género especializado en superficies y en las identidades secretas. Lo realmente ofensivo es la sonrisa maquiavélica de ese alguien que comprende perfectamente que está haciendo castillos con las cenizas de la abuela. Y esa sonrisa surge mientras nadie, pero nadie, puede negar la belleza arquitectónica de todos esos granos acumulados y explotados por un mano maestra en demolición insurrecta.

Disparen contra 007
Millar es el perfecto falso hereje de los géneros pop que solo pudo ser engendrado por la generación que, por primera vez en la historia, coleccionó VHS, cómics y muñecos de VHS y cómics.

No por nada sus creaciones, aquellas que no usan los juguetes que son propiedad de franquicias billonarias, calzan perfecto en el Hollywood contemporáneo más efervescente. Por caso, ambas Kick-Ass, donde Millar lleva el concepto de un superhéroe urbano a una híper realidad über saturada de estilización. O Wanted, esa especie de relectura del mundo de los súpervillanos del cómic y de la película Contacto en Francia. Y ahora Kingsman: El servicio secreto, perfecta interpretación de James Bond que exacerba el camp ya presente en la génesis de 007 y lo muta en una suprema ejecución de la violencia como arte pop, ultraconsciente y saturada de sí misma.

Millar representa el sentido más azucarado y calórico de la violencia exquisita, supradiseñada y más Coca-Cola que Martini. Y lo sabe: “Es extraño. Cualquiera que no supiera de mi vida como guionista y fan puede acusarme de odiar estos géneros. De dewwwar los súperheroes, los espías, el thriller. Pero es todo lo contrario. Es entender que hay una forma de acercarse al género más salvaje, con más actitud de bar. Pero no de cualquier bar. Una actitud de bar lúcido y que se reconoce mejor cuanto más borracho está. No es que yo entienda algo distinto: es simplemente que mi amor se expresa de esa forma: sacudiendo un poco el avispero”, dice. Y enseguida agrega: “Pero hay algo que muestra ese cariño infinito por esos géneros: siempre el marco es el género, y sus instantes y paradas son siempre respetados. De hecho, simplemente creo que hago historias que se ven como se deberían sentir las primeras Bond o los primeros números de Spider-Man en los 60. Cuando Bond apareció se lo acusó de muchas cosas, menos de sardónico –que es lo que era-, y se habla de las primeras historias del guionista Stan Lee, como Spider-Man, como si fueran historietas violentas, modernas, que hablaban directo a su zeitgeist. Y lo eran. Pero hoy no se ven así. Se ven naifs, aunque siguen siendo celebradas. En ese sentido, entiendo que la violencia de mis cómics se puede ver agresiva. Pero también entiendo que son más una rutina de comedia y acción (la saturación digital actual las lleva a ser caricatura en movimiento) que un palo en la rueda del género. Si son algo, son simplemente una actualización. Un parche.”

Scotch sin hielo
Millar llegó a Estados Unidos como parte de la llamada “segunda invasión británica” que le cambió el rostro, otra vez, a los cómics de superhéroes americanos. Pero a diferencia de Grant Morrison -ese Bowie de la historieta mainstream- o Alan Moore -el Santo Padre de la historieta moderna de género-, Millar parece más brutal: sus movimientos son más populistas y gruesos, pero no menos conscientes del pasado pop. Fue Morrison quien, mientras Millar lo entrevistaba, le cambió la vida: le dijo que se dedicara a escribir cómics.

“No necesito glorificar el pasado: quiero decir, lo amo. Amo a los superhéroes, a los espías, las películas y cómics que me criaron. Pero cuando escribía Kingsman no volví a ver nada de Bond, ninguna película de género. Lo mismo cuando escribo alguna historieta de súperheroes: no es que me pongo a hojear viejos números a ver dónde se puede aplicar una alteración que ya no se haya hecho. En ese sentido me gusta más guiarme por el instinto: cuando escribía Kick-Ass me gustaba sentir que así se podría sentir alguien que escribía algo por primera vez. Claro que están los sedimentos de aquello que amo. Pero me gusta usar eso como cañón desde donde salir y no de una forma tan arquitectónica”, afirma.

En las ficciones de Millar, que insiste “me han ofrecido dirigir pero soy un escritor, me gusta crear en la página, sin restricciones”, la violencia adquiere una forma que oscila entre lo tremendamente realista y una hipérbole pirotécnica. Puede asumir la forma de una cuchillada en las costillas recibida en la primera patrulla de un joven vestido con un traje de neopreno (que tajea las expectativas del género) o la de una villana con pies de estilete que parece ser aquello que los habitantes de Kill Bill ven cuando quieren espiar algo cool. O bien puede, como ahora, ser parte de la evolución irónica y sonriente de un género como las Bond-movie, justo cuando nadie se lo esperaba.

Millar reflexiona sobre sus modos que tanto han sido cuestionados: “Lo que a veces se critica es el sentido frenético de la violencia. Nadie va a defender la violencia en el mundo. Pero la violencia en videogames, en cómics, en el cine viene siempre con un tamiz. Uno de ellos es, obvio, la educación: si tus padres, país o cultura te impide ver cómo alguien coquetea con una idea sardónica de violencia, la prohibición funciona como cruel y divertido espejo. No se trata de defender lo que hago, es entender que sus razones no son la provocación sino la puesta en evidencia de una manera demencial, si se quiere, este sistema de funcionamiento de los géneros y de sus caprichos. Vivimos en un mundo violento y saber diluir eso que te demuele en los noticieros en algo que genera una sonrisa o adrenalina de una forma no nociva no debería ser algo malo.”

¿Qué ha cambiado en Millar desde que sus guiones han sido adaptados al cine? Sobre todo, teniendo en cuenta que ya hay más en proceso de adaptación –War Heroes, su relato de supertipos en el ejército y la polémica Chosen, descripta como “una secuela a la Biblia”.

Y Millar conwwwa: “Muchos creen que escribo pensando en cómo adaptar, que ajusto mis modos a ver si puede ser una escena en el cine. Pero, en verdad, escribo pensando en otra cosa: pude escribir en Marvel y DC pero seguía casi sin futuro o dinero en serio, o al menos no sentía una tranquilidad laboral. Y fue cuando empecé a desarrollar mis propios personajes y conceptos –algo que después devino Millarworld, mi compañía,- y logre eso que buscaba. Y cuando esas franquicias, las mías, pasaron al cine ahí puede tener tranquilidad. Pero ese éxito me permite enfocarme en lo que quiero crear: cómics. Solo puedo visualizar las cosas como cómics. Pero cualquier cosa extra que generen es siempre bienvenida.”

Entonces, en ese frenesí, donde los conceptos brotan y fluyen, Millar declara sonriente, casi sardónico, pero letalmente sincero: “Yo sé que esto se puede acabar en cualquier momento. Pero van cuatro adaptaciones y se viene una quinta. Me encantaría que fueran 15. Hay tres en espera. Me encantaría que suceda con esas franquicias lo mismo que paso con Stan Lee en los 60: hoy esos personajes son el Hollywood actual. Me encantaría hacer lo mismo con mis personajes y convertirme en sinónimo de ese estilo”

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