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Territorios

Invasión Comic

Las convenciones de comic ganan espacio en la Argentina. La historieta sale de su habitación nerd y va en busca de su último objetivo: conquistar el mundo.

Por Juan Manuel Domínguez
Fotos: Guillermo Turin (cortesía de Centro de Expresiones Contemporáneas)

¿Sabe usted qué es un Comic-Con? En la época donde Internet y Hollywood todavía no habían mutado secretamente a cada individuo -sea fanático a nivel me-sé-el-versito-del-daño-de-Isildur de El señor de los anillos o un desinteresado que asociaba Aragorn con el nombre de un antimicótico-, un Comic-Con era una rareza. Se trataba de ese margen temporal en el que todos esos consumos de habitación prestada en casa de mamá (manejémoslo con conceptos precámbricos por ahora) salían a la luz y se reunían en un sitio especifico donde los autores se veían cara a cara con sus fanáticos (o detractores), donde podía cobrarse precios de repuesto de automóvil por un producto (oficial) de, ponele, los X-Men, y donde los fanáticos podían pasearse (sin ser perseguidos por bullies vestidos con traje de calavera) como versiones cartoneras de Optimus Prime, del lápiz labial de la Mujer Araña o de un ya sarcástico personaje del estudio Filmation.

Al menos, así solía ser.

Hoy, la prueba empírica de que los tiempos han definitivamente cambiado no está en San Diego (EE.UU.), nave nodriza de los Comic-Con devenida vidriera ultracool del Hollywood expansivo, nerd e invasivo. No, no. La prueba está mucho más lejos, en un lugar casi insospechado, como aquella muy muy lejana galaxia: Rosario, Santa Fe, tierra de Olmedo y Fontanarrosa. Allí, durante cuatro días (del 1 al 4 de agosto) y desde hace cuatro años se realiza una importante (¡nada de cosa resimpática regional, eh!) convención de historietas, Crack Bang Boom. Porque sí, de convención viene el Con de Comic-Con.

Crack Bang BoomComics frente al río

Y Crack Bang Boom, tal el fenomenal nombre del evento, es prueba de esa contaminación que sigue produciendo el comic. Una contaminación que, antes de contagio zombie a base de mordisco personalizado, se debería pensar como el plan de un científico que ha logrado sintetizar en un gas imperceptible el fanatismo por los personajes que antes eran solo caricatura. De otro modo, cómo explicarlo. O, mejor, preguntarse: ¿quién hace cuatro años, incluso dentro del ghetto, sabía y esperaba cosas de Los Vengadores, hit cinematográfico Marvel-Disney hoy visto por billones de personas?

Crack Bang Boom, desde la entrada, muestra anticuerpos contra ese virus exclusivo que marcó durante mucho tiempo los territorios del comic. Ya no se trata del ghetto, del consumo de “los de adentro nomás”. Sus históricas bases de operaciones desplegadas en el Centro de Expresiones Contemporáneas (CEC), en el Centro de la Juventud y en la Plataforma Lavardén (bueno, este no) dan de lleno y muy pintorescamente al río Paraná. O sea, apenas uno emerge de un tsunami de productos que van desde gaseosas importadas de oriente a estatuas de Hulk talladas frente a sus propios ojos (por un tipo al que Marvel le pide que talle estatuas de Hulk), o desde las novedades (que son varias) de la historieta argentina a trajes del Capitán America (talle XS, ¡ouch!), encuentra un maremoto de vida digno de una publicidad turística. Así, el río, el sol y la vida al aire libre. Nada de caverna, nada de llamado a la tribu: el corazón de Crack Bang Boom se encuentra, precisamente, en medio de una comunidad y no se presenta como secreto ritual pagano.

Familias disfrazadas de versiones que ni Roger Corman soñaría pero, ay, cómo amaría. Desde Los Cuatro Fantásticos -la media sombra blanca como representación de un escudo invisible es algo, valga la redundancia, fantástico- hasta un Galactus (villano icónico de Los Fab Four) sacándose fotos con niños hipnotizados por su violetísimo cráneo, todos están allí. También, claro, dan el presente los fanáticos con kilometraje esperando -en respetuosa fila- la firma de los autores. Y si hablamos de autores debemos mencionar a Alejandra Lunik, a Marcelo Frusín, a Lito Fernandéz y a uno de los invitados de lujo, David Lloyd, el británico responsable de, entre otros, los dibujos de V for Vendetta. Dicho de otro modo, Lloyd es el diseñador de la máscara que ha caracterizado y dado rostro a las prowwwas globalifóbicas de Anonymous.

En el medio, pilas de historietas, kilométricas pilas de historietas (Walking Dead, Nippur, Naruto y siguen los cuadritos) y muchísimo merchandising hipnotizador que consume aguinaldos. Porque si hay un aspecto agresivo en ese paraíso de juguetes es la imposibilidad de explicarle a un padre, al menos sin que quiera prender fuego un stand, el motivo por el que sus hijos lloran al saber que ese Minion tamaño sobrecito de azúcar cuesta lo mismo que un taxi Rosario- Buenos Aires.

Crack Bang BoomSecretos de Rosario

Fuera de esos “detalles” de precios, en el Crack se respira este aire a Comic-Con: el aire de un evento que quiere y puede hablar con los que leen, con los que consumen agresivamente, con los que solo pasan por ahí, con los que compran una vez por año, con los que quieren pasearse entre fanzines, con los que miran de reojo hasta dar –sin saberlo- con historietas reeditadas que leían en su adolescencia. Ahí están las charlas de nombres míticos y de nombres nuevos: desde Ray Collins hasta presentaciones de producciones de sellos casi nuevos como Dead Pop. Ahí están los que comen el pororó comprado a la orilla del río y también los que comen la golosina incomible pero de divertidos caracteres orientales. Ahí los que compran la remera de Adventure Time y los que buscan nuevas ediciones de Robert E. Howard. Seguro, es un modelo a escala de San Diego, a escalita incluso. Pero desde que el porteño Fantabaires se extinguió, no pasaba que una convención lograra establecerse y mutar en el epicentro de determinados consumos.

Hay un secreto, además de Rosario, en Crack Bang Boom. Un secreto que tiene nombre y apellido: Horacio Ríos y Eduardo Risso. Sobre todo este último que, además de ser el presidente del Comité Organizador de Crack Bang Boom, es un artista de esos que tienen ediciones de lujo en Estados Unidos y a los que la gente de DC Comics -o sea, Jim Lee, que vino al segundo CBB- les da Batman, Superman y prácticamente lo que quieran.

O sea, el celular de Risso y su contactos con nombres ABC1 del universo de los cómics mainstream (es decir, Marvel y DC, pero también Dark Horse o Image) ha servido orgánicamente, casi fundacionalmente. Pero aun así, eso no le quita a CBB la capacidad con la que ha sabido capturar un instante; ese, dónde catalizar esos instintos tan capitalistas y/o románticos que funden generaciones. Ese donde la cantidad de publicaciones nacionales presentadas y dueñas de stands eran suficientes para que cualquier editor de suplemento o revista cultural entienda que su miopía con la historieta ya no es algo menor sino que tiene un problema serio si no sabe leer un consumo –quizás el más creciente- cultural de nuestro país.

 Los límites de la tierra

El mismo Lloyd, con los labios violetas -se tomaba un vinito mientras dibujaba máscaras a la amable platea-, sostenía: “Es increíble, yo realmente no sé qué es Rosario, porque he vivido más en esta convención y en cenas que otra cosa. Quiero decir, eso me sucede aquí, o cuando estuve en Buenos Aires. Eso de no saber bien cómo es la ciudad. Pero cuando uno entiende cuán lejos están estos lugares de la grilla de intereses de las industrias que lo alimentan se sorprende. ¿Por qué un argentino en un sitio donde nunca se editó V de Vendetta y donde se hizo conocida por la película vendría a verme y a escucharme a mí? Entonces, Rosario, o cualquier otro sitio, pueden perder identidad geográfica pero ganan en recuerdo intenso. Este vino, este pedido, salir y ver el río. Esas cosas son las que diferencian a una convención y la ponen en el recuerdo”.

Crack Bang Boom tenía también otros invitados de lujo: el neoyorkinamente renacentista Paul Pope, gran bestia pop mainstream y, además, a Scott Allie, editor en jefe de la editorial Dark Horse -la tercera grande; el Racing de los cómics, ponele-, cuya franquicia más conocida es Hellboy.

Nombres como Allie son los que todavía no llenan una sala de conferencias preciosa, al lado del río, pero que deberían. En el otro extremo de lo superficial, Allie contó varias anécdotas de su obra. Una de ellas puede explicar -por única y porque fue contada de la misma voz de su protagonista-, no lo fundamental de las convenciones pero sí lo importante para quienes aman la cultura popular y quieren entender o sentirse parte de ese entramado. Allie contó que Jill Thompson, ilustradora americana, le había mandado las páginas de un relato donde perros que parlaban entre sí y se ocupaban de “lo oculto” ayudaban a un ánima canina a encontrar la paz. Pintada con acuarela, la historia de Beasts of Burden (sin edición local) tenía una viñeta donde había algo raro con el color. Era una pequeña parcela de color del cuadro y, finalmente, salió impresa con esa pequeña “falla”. Entonces, Allie le preguntó a Thompson qué había pasado y ella le respondió: “Ahí fue donde se me cayó una lágrima por la historia, y la sal modificó las acuarelas”.

Entre ese extremo mínimo, donde un hecho íntimo cambia los colores de un cuadrito y queda registrado -se conozca o no la anécdota de la lágrima- en un proceso industrial y editorial y el otro, ese desfile al aire libre, arengado a los gritos, a lo hooligan, amable y jocoso que implicó el Cosplay del día de clausura, está CBB. Esos son sus límites: la sensibilidad de una autora que escribe sobre perros que hablan y la gente disfrazada de sus personajes favoritos. Y ahí es donde Crack Bang Boom demostró que sabe lo que hace.

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