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Gastronomía

Intimidad expuesta

Comer en casas particulares, el placer de una experiencia social que bordea el voyeurismo culinario e incluso va más allá de la buena comida

Por Viviana Vallejos
Foto: Marcelo Arias

Los restaurantes a puertas cerradas ya no son novedad. Esta tendencia atraviesa hoy continentes, estilos y precios, e incluso en la Argentina ya traspasó los límites de la ciudad porteña para desembarcar en lugares tan disímiles como Bahía Blanca, Rosario, Santa Rosa, Mar del Plata y Mendoza, entre varias ciudades más. La razones de esta propagación de una gastronomía informal -que muchas veces, es necesario decirlo, no cuenta con habilitación, empleados formales o sistemas de facturación- son muchas y diversas. Desde lo puramente económico hasta lo lúdico. Desde la posibilidad de independizarse hasta abrir el abanico de opciones con propuestas demasiado personales y arriesgadas para el mainstream culinario. Muchas veces son chefs reconocidos que buscan alejarse de los focos mientras arman un espacio íntimo; en otras son cocineros amateurs, que en su vida privada gustan de ser anfitriones y encontraron en este formato una opción válida y posible para expresar su pasión.

Lo cierto es que la idea gusta y convoca. Tanto que incluso comenzó a generar sus propias redes de comunicación y promoción, entre las cuales sobresale Cookapp, un emprendimiento porteño -con sede además en San Francisco y Nueva York, y con presencia reciente en Mendoza y Mar del Plata-, que con ya dos años de vida propone a los lugareños animarse a salir del circuito de los restaurantes tradicionales para meterse en la morada de un desconocido con fama de buen chef.

La experiencia que ofrece Cookapp se parece mucho a ir a comer a la casa del amigo de un amigo”, dice Ignacio Cruz, encargado de operaciones de la empresa, parafraseando a Tomás Bermúdez, su jefe y fundador de esta aventura. Ossobuco, corderito, quesadillas y tacos mexicanos, cocina vegana o para celíacos, sushi o goulash son algunos de los banquetes que el comensal puede elegir. El resto es fácil: se concreta la reserva a través de la aplicación online y se paga en efectivo, en el hogar o cocina del chef.

La comunidad vegana necesitaba una pizzería que le dé la posibilidad de disfrutar de una comida tan cotidiana y frecuente como ésta”, sostiene Shao, que organiza veladas todos los días, junto a su socio, Santiago, y los demás integrantes de Pizza Vegana. Todos ellos comparten techo y trabajo en una casona de Palermo sobre la calle Carranza. Allí hacen su propio queso -sin lácteos- y no utilizan enlatados, ni productos congelados. Todo es ciento por ciento de origen vegetal y orgánico. La “Súper Mario” (portobellos salteados, girasol tostado y provenzal) y la “Caramelita” (cebolla caramelizada con azúcar integral) son las opciones más elegidas entre los comensales, que rankean con tizas sobre una pizarra gigante sus favoritos de la casa. “No hay nada que genere más confianza como conocer la cara del que cocina: ver cómo lo hace y con qué. Los clientes que se nos acercan a través de Cookapp buscan esa experiencia”, agrega mientras se prepara para recibir a los comensales de la nueva velada.

Profesionales y amateurs
Cookapp es democrática:
más allá de que el sitio selecciona y verifica las condiciones de los espacios, la higiene y la calidad de los platos presentados, en una suerte de curación gastronómica, las experiencias que se ofrecen son muy diversas, no sólo en su temática sino en su profesionalidad, categoría y -también- precios. De hecho, en palabras del propio Ignacio, algunas de esas diferencias se pueden detectar justamente a través de los precios establecidos. Está claro que no será la misma propuesta la de un lugar que cobra $100 respecto a otra donde el cubierto sale $350.

Esta mirada amplia es tanto un punto fuerte de Cookapp como una de sus flaquezas. Sin dudas, promueve la diversidad. Pero a su vez implica riesgos para el consumidor, promoviendo cocineros amateurs que jamás llegarían a ocupar un cargo jerárquico en un restaurante.
Entre lo mejor que ofrece el sitio está por ejemplo Cristina
Sunae, una chef norteamericana de ascendencia filipina que abrió Cocina Sunae en su casa de Colegiales, lugar que es hoy ya reconocido como uno de los mejores restaurantes de cocina del sudeste asiático de la ciudad porteña. De hecho, Sunae tiene su libro de recetas “Sabores del sudeste asiático” y forma parte del staff del canal El Gourmet. Pero mientras ella ofrece una propuesta con un concepto bien claro y armado, exhibiendo una identidad que no admite discusión, otros lugares arman menúes donde conviven el sushi con una bondiola braseada o donde a los platos de cocina se les suma la lectura de runas.

“Lo más importante para nosotros es la experiencia que se lleve la gente. Lo demás, incluso la comida, está puesto en un segundo plano”, dice Ignacio. La idea crece a ritmo constante. Así, cada vez hay más propuestas de cocineros, como la de María y Manuel, ella arquitecta y él diseñador, que se autodefinen como anfitriones por naturaleza. La mesa en la que reciben a sus comensales, tan larga como comunitaria, cuenta con sólo 10 lugares. “Las reuniones son acontecimientos que empiezan cuando vamos a comprar los ingredientes y terminan cuando se despide al último huésped de la noche”, explican. Y, en paralelo a la oferta, crece también la demanda, con comensales que encuentran en esta suerte de voyeurismo culinario -entrar a la casa y cocina de un particular-, un ingrediente de placer extra. “La idea me sedujo porque no se trata solamente de ir a comer. En mucho más que eso”, afirma Liliana Rodríguez, una usuaria de San Isidro. Para Cecilia Bazán, una counselor que vive en Lanús y ya asistió a varias veladas, la intimidad de los eventos hace cualquier cena y sobremesa mucho más amena que en un lugar público.

Respecto al nivel desparejo de cada lugar, hay varias cosas para decir: primero, que esto -lamentablemente- también suele darse en muchos restaurantes establecidos. Segundo, según dice Ignacio, es un tema que tal vez se pueda ajustar a través de una mayor participación del usuario en el sistema de puntajes y reseñas, como sucede en sitios como Oleo, Restorando y Tripadvisor, donde los usuarios son incentivados a dejar su opinión.

Mientras tanto, la mesa ya está servida. Es cuestión de tocar el timbre y pasar a comer.

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