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Viajero Bacanal

Imperio eterno

Angkor y sus templos, la perla del sudeste asiático.

Por Daniela Dini

Amanece que no es poco. El sol se eleva, lentamente, como desde hace miles de años, pero no es sino desde el siglo XII, que sale, también, de entre las cúpulas cónicas de lo que muchos consideran la octava maravilla del mundo. La brújula marca el sudeste asiático: el escenario es Siem Riep, Camboya, a 400 kilómetros de la frontera con Tailandia. Los protagonistas, más cerca o más lejos, son los templos de Angkor. El horizonte, liso, llano, inmutable, se confunde en la neblina previa al amanecer. El aire denso y húmedo anticipa -aún a poco pasadas las 5 de la mañana-, que el calor puede ser el peor enemigo para una travesía por Angkor Wat. Por eso hay que madrugar, y la convicción es la misma para los cientos de turistas que, con cara de sueño, se apretujan esperando ver salir el sol, el mismo de cada día, pero distinto. Amanece, y no es poco.

Las construcciones comenzaron en tiempos del rey Suryavarman II, que vivió entre 1112 y 1152. Predecesor de una sucesión de dinastías poderosas y autocráticas que sentaron las bases del mito, fue él quien construyó el templo más emblemático del complejo, conocido como Angkor Wat o “Ciudad del Templo”, ese que todos van a ver y que, desde hace no tanto, es el imán para ubicar a Camboya en el mapa turístico internacional. Después vinieron otros reyes con la misma ambición de poder, que siguieron con la construcción de lo que terminó siendo un complejo impresionante, hoy de alrededor de 200 km2. Tan inabarcable como maravilloso, la experiencia de recorrerlo exige respeto y paciencia. Lo primero, para transitar los mismos caminos por los que anduvieron dinastías enteras, durante siglos. Lo segundo, para adecuar el ritmo al calor agobiante, que aumenta a medida que el día avanza.

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Camboya

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