Publicidad Bajar al sitio
Columnistas

Hombres eran los de antes

Separado, con 40 años y de regreso a un rodeo que ya no conoce y que, quizás, hubiera preferido ignorar. ¿A dónde van los hombres cuando llueve?

Por Hernán Brienza

Alguna vez leí que, en las familias, las generaciones buenas y malas vienen intercaladas. Es decir que a un padre emprendedor y decidido, le sigue un hijo tímido y quedado; a un padre expansivo y ambicioso, un badulaque y un despilfarrador; a un hombre apto para todo lo sucede, un bueno para nada. Mi padre fue piloto de avión, mecánico, obrero de fábrica, taxista, bancario, boxeador, lector, escritor, periodista y trompetista, yo apenas pude ser un abogado relativamente exitoso. Para lo demás soy un completo y absolutamente inútil. Es decir, soy el eslabón fallado en la cadena familiar que me tocó ocupar. Por suerte mis hijos me redimirán o, al menos, esa es mi esperanza. Y dentro de los elementos que inundan mi universo, hay tres entidades que son incomprensibles para mí: la computadora y el auto. Y como no puedo comprenderlos, obviamente, echo mano al pensamiento mágico para explicar sus disfunciones. Desde la teoría conspirativa del virus introducido por la contraparte para impedir que realice mis presentaciones judiciales a término, pasando por la complicidad de las leyes del universo que se confabulan para que el auto no arranque a minutos de tal o cual cita hasta el animismo primitivo de otorgarle voluntad propia a las máquinas del demonio. Cualquiera de estas excusas pueden encontrarse en el menú de respuestas posibles cuando la PC se tilda o el auto decide pinchar una goma. Por ejemplo: en el último mes, dos veces he pinchado la goma trasera derecha en la zona de Libertador y Coronel Díaz. Demasiada coincidencia para que sea simplemente una coincidencia.

La otra entidad, claro, es la mujer. Género con el que también, desde hace mucho, decidí relacionarme a través del pensamiento mágico.

Ella es playera de la estación de servicio ubicada a seis cuadras de mi casa. Sencilla. Zapatillas, zoquetes, calzas azul-celestes, llevadas con elocuencia pero no con desmesura, un buzo blanco y la cabellera morena enrulada que le asoma por entre el broche. Se da vuelta y me mira simpáticamente. Piel oscura, ojos negros, una laburante del conurbano bonaerense. Hermosa, con su mirada traviesa y sus dientes blancos como las hojas de un libro recién comprado. Mide un metro setenta. Pregunta sin mirar, pero sonriendo, prestando atención con el rabillo del ojo: “Le llenamos el tanque, señor”.

A la semana siguiente fui a un horario completamente distinto y la vuelvo a encontrar. La miro y le digo: “¿Te contaron que se abolió la esclavitud?”. Pone cara de sorprendida. Le aclaro: “Trabajás a toda hora…”. Se ríe. “No, es que vamos rotando los turnos -explica y se ríe-. ¿Lleno?”, pregunta y pronuncia mi nombre. La miro, sorprendido. “¿Cómo sabés mi nombre?”. Pone cara de tonta burlándose de mí y agita mi tarjeta de crédito. Reímos. Debo reconocer que me cautiva su pícara dulzura. Tiene algo de salvaje y algo de ingenua. Como si tuviera algo de rupestre. O una inocencia silvestre.

El primer encuentro no tiene sentido por sí mismo. El segundo encuentro puede ser una casualidad. El tercero es el destino, definitivamente. Estoy por salir a la ruta de noche. Paro en una estación de servicio de la misma marca pera casi llegando a la General Paz. Está ella. Tiene un nombre extraño: Soraya. Le doy un beso. Huele a nafta, aceite y perfume de mujer. Hace un gesto de coquetería. Me dice: “¿Si vas a salir a la ruta te reviso agua y aceite, dale?”. Acepto. Levanta el capó y mira el motor. “Qué mugre -se queja-. ¿No le das mucha importancia al auto, no?”. Displicente, le conwwwo: “No, la verdad que no”. Ella me mira y me dice mordaz y despectiva: “Qué raro siendo hombre, ¿no?”. Me quedo callado, herido en mi amor propio. Ella me cobra y sonriendo me da la tarjeta y la factura. Me da un beso y se va. Arranco. Guardo el plástico y detrás de la factura: “Soraya. 155… Llamame, hombre moderno”.

×