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Entrevistas

Heredero y precursor

Un dibujante de culto que supo ganar popularidad y creó un mundo que transita entre lo fantástico y lo sentimental.

Por Esteban Ulrich
Fotos: Jazmín Arellano

La historieta tiene una larga tradición en la Argentina. Desde Oesterheld a García Ferré, pasando por la revista Fierro, las tapas ilustradas de Caras y Caretas, Quino, Caloi y Solano López, y siguen las firmas. Una cadena significante que no se corresponde con el mercado que produce en nuestro país, en donde la mayor parte de los maestros ilustradores e historietistas viven -en especial en cuanto a la producción editorial-, de lo que exportan a mercados internacionales, sobre todo europeos. En este contexto, Liniers surge no sólo como un nuevo historietista de contratapa de diario, sino como un verdadero fenómeno de popularidad. Y así nos invita a revisar este género, tantas veces maltratado.

Nacido profesionalmente en contacto con el círculo de historietistas nacionales entre los que se pueden contar a Langer, Max Cachimba y Maitena, entre muchos otros, Liniers ya lo hizo casi todo: publicó en importantes editoriales, cuenta con su espacio diario en uno de los más importantes diarios del país, conjuró sus ambiciones musicales y rockeras dibujando en vivo junto a su amigo Kevin Johansen, y ahora lanza su propia editorial, Editorial Común, para publicar a esos artistas del cuadro a cuadro, tanto locales como internacionales, que no llegan a nuestras librerías.

Presentación de personaje

“No sé si es una historia común a todos los historietistas, pero supongo que es la de muchos: uno empieza a dibujar porque no es lo suficientemente útil para jugar al fútbol. Después, de grande, dibujar tampoco funciona, porque te consideran un vago o un nerd. Ni siquiera con las chicas… Uno esperaba que tal vez alguna diría: “qué lindo, qué tierno”, pero no. Las chicas, en la adolescencia, buscan al macho Alfa, no al Omega. Es como el poeta. Nadie se dedica a la historieta o a la poesía porque quiere ganar chicas o plata, nadie se pone a hacer historietas por pose. Para hacer pose sirve una guitarra, pero no el dibujo. De hecho, nunca se me pasó por la cabeza que iba a poder vivir de la historieta. En mi juventud, Quino, Hergé, Gossini, me sonaban a abstracciones. No veía que detrás de Mafalda y Tintín había un tipo que trabajaba y vivía de eso. La evolución fue gradual, primero intenté estudiar Derecho y Comunicación, así llegué a hacer una pasantía en una agencia de publicidad y choqué con su ambiente demasiado competitivo. Fue justo por esa época cuando conocí a un grupo de dibujantes y todo cambió. Me dí cuenta de que venía tomando malas decisiones y me propuse actuar como si fuese el heredero de una gran fortuna. Asumiendo ese punto de vista, me pregunté qué es lo que realmente me gustaría hacer. Ahí me anoté en un taller de dibujo de historietas en donde además de reencontrarme con el dibujo, me encontré con los dibujantes. Cuando conocí a Langer, Diego Bianchi, a los chicos de la revista Suélteme, entré a otro mundo, un mundo en donde me divertía, la pasaba bien y, encima, en el que mis compañeros me apoyaban.

-A pesar de su historia, a la historieta nacional se la ve un tanto olvidada. ¿Por qué creés que sucede esto?

-La Argentina tiene una enorme tradición de historieta, que a partir de los 90s, tal vez incluso antes, pero sobre todo cuando desapareció la revista Fierro, sufrió el desinterés de las editoriales. No fue tan grave para el humor gráfico y yo tuve la suerte de caer ahí. De la Flor o Sudamericana siempre publicaron mucho en este sentido: Nik, Rep, Quino, Fontanarrosa, Maitena. Pero las historietas más narrativas o adultas quedaron eclipsadas, justo en un momento en que en Europa y en EE.UU. pasaba lo contrario, se consolidaba un largo boom de la historieta no sólo a nivel comercial sino estilístico y temático que terminaba de liberar al género.

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