Publicidad Bajar al sitio
Gastronomía

Flores étnicas

Las calles linderas a la Avenida Avellaneda encierran un mundo gastronómico inexplorado: comida al paso coreana, árabe, cafecitos y panaderías con estética neoyorquina.

Por Cecilia Boullosa
Fotos: Jazmín Arellano

“Al mediodía esto es una guerra”, describe Belén Jung, diseñadora gráfica, hija de inmigrantes coreanos y dueña junto a su tía del restaurante BAB. Hacia las 12, los teléfonos de los deliveries de comida arden: en esa zona comercial de Flores, con epicentro en la avenida Avellaneda, hay unos 3000 locales, principalmente de ropa. La competencia es feroz y la oferta, cada vez más voluminosa: comida rápida coreana, kosher, árabe, cafecitos y delis con onda y carta palermitana. A las dos y media de la tarde, la fiebre empieza a ceder un poco y a las tres ya es difícil encontrar un lugar abierto. A las cinco, la mayoría de las persianas bajaron. Quedan unos pocos restaurantes que son los que abren de noche (la comida fuerte de los coreanos es la del mediodía y la cena es más liviana y temprano).
Más allá del ajetreo de cada mediodía, da la sensación de que la zona todavía es un terreno inexplorado o que revela apenas un porcentaje mínimo de lo que en verdad es solo la punta de un iceberg gastronómico que se esconde debajo. Según Jung, hay unos 40 restaurantes coreanos en la zona –muchos funcionan en casas, sin carteles a la calle o con carteles solo escritos en coreano– y otros 20 en el Bajo Flores. “Todavía sigue siendo una comunidad bastante cerrada con miedo a los inspectores. Por eso, cierran las puertas”, dice.  Como hija de coreanos ya argentinizada en muchas de sus costumbres, Jung se planteó casi como un desafío personal que esto dejara de ser así. Quiere que el barrio sea más abierto, que se convierta en un destino gastronómico cada vez más frecuente, como lo es el Barrio Chino. Ir revelando, poco a poco, la base del iceberg.

La propuesta entonces es hacer un tour gourmet un martes de julio al mediodía. El recorrido comienza sobre la calle Morón, entre el 2900 y el 3300, cuatro cuadras donde se concentra la mayoría de los locales de comida al paso. Como primer destino, se impone Yin Donald, un pequeño negocio cuya particularidad es que es el único que ofrece hotteok, toda una novedad para el barrio. Los hotteok, preparados por Kim Sansung –una coreana con la que solo es posible entenderse precariamente a través de señas– son una especie de panqueques muy especiados y dulces, que se consumen como almuerzo o merienda, sobre todo en invierno. Cuestan $10 cada uno y, por sabor y textura, se emparentan con los cinnamon rolls. Sansung moldea la masa con las manos primero, luego la cocina sobre una plancha con aceite bien caliente y corta los panqueques en cuatro con una tijera antes de servirlos. “Trabajo por la zona y entré a probarlos porque de solo mirarla un minuto te das cuenta de que esta señora cocina muy bien”, dice una de las clientas que se acodan en ese momento tras el mostrador, una diseñadora textil que vivió en Chipre y acostumbra hacer viajes gastronómicos.
Kimchi a medida

En frente de Yi Donald, se ubica un clásico: La panadería siria, que lleva 102 años como negocio familiar. Comida árabe rápida. Fatay de carne suave y picante y de verdura ($13 cada uno) o el irresistible keppe al horno ($25 la porción). Morón depara más tentaciones: por ejemplo, el mercado Zion (Morón 3267), donde se pueden conseguir kimchi en bolsa de un kilo, los ingredientes del bulgogi, listos para preparar en casa, pescaditos disecados (hay desde $80 a $400), raíces raras como el Gob? o –a 40 pesos el kilo– krill, que en Corea del Sur es un alimento tradicional que se utiliza en sopas o ensaladas. En la misma calle, también hay lugares donde se pueden probar ramen, sopas picantes, oden (pinchos de pescado procesado) o jajangmyeon, fideos con una salsa hecha a base de una pasta de soja salada negra.


El recorrido por el barrio sigue en busca de uno de los highlights: la famosa hamburguesa con kimchi ($60) que sale con papas fritas  y una sopa coreana. El local donde la venden (Morón 3322) no llega a ser un local, es más bien un pasillo con una cocina ínfima donde trabaja como puede Juliana. Su hijo Leonardo, de 17 años y nacido en Argentina, oficia de traductor. “Mi mamá prepara el kimchi y lo procesa como si fuera una salsa, queda bien picante”,  explica. El resto de los ingredientes son familiares para los argentinos: queso, lechuga, tomate, panceta. Además de hamburguesas aquí venden un buen sushi coreano. Sobre la calle Morón también están BAB, donde la especialidad es la parrilla coreana que cada uno puede cocinarse en su propia mesa, un bodegón bien típico en la esquina con Concordia, cuyo ítem más sobresaliente son las sopas picantes, y Las Marías, un argen-coreano con un lindo patio lleno de plantas que tiene tanto parrilla como especialidades coreanas (salteados, sopas, cordero picante).


Llega la hora de adentrarse en las calles aledañas. En Argerich al 800 se encuentra el flamante deli Lucci, que podría ser el Oui Oui o el Pani del barrio. El local maneja una estética neoyorquina y un menú ídem: sándwiches de salmón, bagels, donuts con chocolate blanco y negro, café Illy. La clientela es mayoritariamente femenina. “Abrí hace tres meses, antes viajé mucho por África y Oceanía y trabajé como barista en Australia”, cuenta Maive Kim, que a pesar de ser de Belgrano eligió Flores para abrir su primer emprendimiento porque sus padres tienen local de ropa en la zona y “sentía que faltaba una propuesta más moderna como Lucci”.


Un comedero secreto

Hay muchas más por visitar y poco tiempo antes de que los locales comiencen a bajar la persiana. En Helguera y Paéz, funciona Yugane (también hay uno en Bajo Flores, sobre la calle Bacacay), otro recomendado para comer parrilla coreana y luego, está Han-o-bek-nyun (Había una vez), cuyos hits son la sopa de cordero y la morcilla con fideos, arroz y mucho condimento. 

La última parada del tour es Maniko (Felipe Vallese 3600), que seguramente califica como uno de los restaurantes más extravagantes que estén afincados en el barrio –y en cualquier barrio, probablemente, de Buenos Aires. La distribución es enrevesada y disfuncional: un salón adelante, un patio cerrado de casa chorizo y otro cuarto con techos altísimos y cuatro mesas separadas por tabiques de madera. Sobre una de las mesas, hay un televisor y un timbre para llamar al mozo. Para los que vieron House of Cards: Maniko es como el Fred´s Ribs de Frank Underwood, un comedero secreto y encantador. La moza trae los tres platos principales al mismo tiempo: una fuente con pollo frito rebozado con sésamo, más dulzón que picante, una bandeja con sushi coreano y otra con tteokbokki, algo de otro hemisferio, totalmente diferente a lo que un argentino está habituado: cilindros de harina de arroz preparados al vapor con una salsa picante al límite de lo humanamente tolerable. Una afrenta al paladar local. Raro al comienzo, irresistible con el correr de los bocados.
El almuerzo cuesta $310 para cuatro personas y las porciones son abundantes, imposibles de terminar.


Son las tres y media de la tarde y la exploración –al menos por hoy– llega a su fin. Es la primera punta del iceberg gastronómico. Todavía queda mucho por descubrir.

×