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Entrevistas

Filósofo del pesimismo

Es un ícono del cine, un ícono de Nueva York y un refutador profesional de la esperanza. Pero, extrañamente, sus pensamientos más oscuros suelen recibirse con una sonrisa.

Por Diego Lerer (Desde Cannes. Especial para Bacanal)

Cada vez que presentan a Woody Allen públicamente, el locutor o animador de turno dice lo mismo: “Este hombre no necesita presentación”. Es así en Cannes, Berlín, Venecia o donde el director esté mostrando su nueva película. Es un cliché, es cierto, pero también una verdad irrefutable, especialmente en la Argentina, donde se lo reverencia como a pocos realizadores o personajes de la cultura mundial. ¿Qué decir de Woody Allen a esta altura que no se haya dicho? ¿Qué perspectiva tomar que no se haya tomado, que secreto revelar que no se haya revelado, que anécdota contar que no se haya contado, una y mil veces?

En el mejor de los casos, uno puede tener un punto de vista sobre Woody Allen, una manera personal de relacionarse con su cine que tal vez pueda ser distinta a la de los demás. Y es ésa, finalmente, la única forma de presentarlo: enfrentarse uno mismo con su obra en relación a su propia experiencia con ella. Alguno lo conocimos, por cuestiones generacionales, en una de sus épocas más fértiles y creativas como fue la primera mitad de los años ‘80 (“Zelig”, “Broadway Danny Rose”, “La rosa púrpura del Cairo”) y de ahí fuimos para atrás –videoclub mediante– a recorrer sus grandes filmes de los años ‘70, de “Corrió, huyó y lo pescaron” a “Manhattan” pasando por “Bananas”, “El dormilón”, “Interiores” y, especialmente, “Dos extraños amantes”, como aquí se conoció a “Annie Hall”, entre otras. Otros, mayores, lo hicieron a la par de su filmografía, otros las recuperaron desde los ‘90, otros desde la década pasada y así. Casi no debe haber en Buenos Aires un cinéfilo que se precie de tal que no haya visto al menos una veintena de las 45 películas del neoyorquino.

Si bien Allen tiene sus fanáticos acérrimos que defienden todo lo que hace a muerte –especialmente por estas pampas–, hay que admitir que las películas que hizo en los últimos 15 años raramente han estado al nivel de sus clásicos. Hay excepciones, claro. Para algunos será “Match Point”. Para otros, “Vicky Cristina Barcelona” o “Medianoche en París”. Entre las recientes, “Blue Jasmine” fue de las más celebradas. Pero el nivel de sus películas de este siglo no ha sido muy constante. Tal vez su alto nivel de productividad sea parte del problema. O tal vez seamos nosotros (o alguno de nosotros) los que, como público, tenemos la sensación de que el hombre está girando sobre sí mismo, repitiéndose.

“Hombre irracional” no modificará esa sensación: no es de sus mejores películas, no es de sus más flojas, pero es innegablemente un Woody Allen auténtico, de pura cepa, con todos sus temas y modelos narrativos condensados en un poco más de hora y media de comedia, drama, suspenso con personajes que atraviesan sus ya clásicas turbulencias psicológicas, filosóficas, éticas y románticas.

Aquí el protagonista es Joaquin Phoenix (una elección rara para el tipo de personajes/alter-egos que Allen utiliza en sus películas), quien interpreta a Abe Lucas, un alcohólico profesor de filosofía que llega a dar clases a una pequeña universidad, en medio de una crisis existencial. Allí conoce a Jill (Emma Stone), una estudiante que se enamora de él. Pero lo que logrará sacar a Abe de su estado depresivo es una decisión más que cuestionable –planificar y cometer un asesinato– que toma cuando escucha a una mujer sufriendo por causa de esa persona. Ese nuevo objetivo en su vida lo transforma a él y a su relación con Jill, aunque no de la manera planeada. El planteo moral de la película la pone en línea con otros títulos suyos como “Crímenes y pecados” y “Match Point” aunque el tono es más liviano, con momentos cómicos que le quitan parte de la densidad y gravedad que el asunto finalmente tiene.

-¿Pensó alguna vez, como el personaje de su película, en matar a alguien?
-Bueno, de hecho, lo estoy pensando desde que me hiciste la pregunta (risas). En la vida de todos siempre hay momentos en los que podés tener la elección de hacer una cosa negativa, pero generalmente no lo hacés. Aquí Joaquin hace algo irracional porque siente que su vida no tiene sentido y ve que hacer eso puede dárselo. La gente necesita algo en lo que creer en sus vidas para sobrevivir. Hay gente que elige la religión por ejemplo y eso también es una elección irracional. Que estés convencido que si vivís una buena vida vas a terminar en el Cielo el resto de tu vida (sic) no es menos loco o irracional que lo que piensa el personaje de Joaquin en esta película. Si es algo en lo que creés, hacés tu elección.

-¿Cree que lo que le pasa al personaje de Joaquin tiene que ver con una crisis moral actual?
-No creo que hoy sea diferente que en otras épocas. En cada lugar del mundo suceden cosas horribles, pero siempre fue así. En la literatura, tenés “La guerra y la paz”, “Anna Karenina”. Las crisis morales, las situaciones ligadas a la relación entre los hombres y a las mujeres son las que hacen al cine y a la literatura más intrigante, sin esos temas sería muy aburrido. Desde el teatro griego y Shakespeare hasta ahora la gente va a ver a hombres y mujeres teniendo affaires, matándose unos a otros. Ese es el tipo de conflicto que dispara la acción dramática de un libro, una obra o una película desde siempre.

-El final deja una sensación ambigua…
-Esa es la idea. Uno vive una experiencia y aprende una lección. Lo que leés en un libro o en el contacto con otra persona en una historia de amor te cambia, te enseña algunas cosas. Y me imagino que en las situaciones de vida o muerte más aún. Si tenés una enfermedad y la superaste, o si estuviste al borde de la muerte y saliste de eso, algo aprendés. Salís con una perspectiva diferente del mundo. Pero no es unidimensonal, es ambivalente. Es alegre pero también es triste. Te deja consecuencias que van a repercutir a lo largo de tu vida.

-En la película, Joaquin enseña Kant pero no parece muy convencido de su trabajo. De hecho, dice que la filosofía es una “masturbación verbal”. ¿Usted opina lo mismo?
-No, yo creo que no pensaríamos como hoy pensamos de no haber sido por gente como Kant. Las reflexiones de los grandes filósofos las usás, sin darte cuenta, hasta para las cosas más triviales de la vida. “¿Qué pasaría si todos hicieran lo que yo hago?”, por ejemplo. Esa es una pregunta que uno se hace en su vida todo el tiempo… No se si fue Primo Levi el que dijo que la gente que mejor pudo soportar los campos de concentración eran los que creían en algo, por más falso que fuera. El decía que los comunistas sobrevivieron mejor en los campos porque creían en ese sistema y estaban dedicados fanáticamente a él. Después el sistema no funcionó, pero eso no importa. Lo mismo con las religiones: el hecho que no funcione es secundario, el asunto es que mejora tu vida si creés que te da una razón para vivir. Eso le pasa a Joaquin en la película: él cree que está haciendo algo maravilloso. Es totalmente irracional pero lo cree y es así como tiene una vida mejor. Equivocada, pero le funciona.

Métodos de distracción
A pocos meses de cumplir los 80 años, Allen presentó la película en el pasado Festival de Cannes. Como es habitual, en sus charlas con la prensa sucede algo parecido a lo que pasa con sus películas: el hombre puede estar diciendo algo terriblemente denso, depresivo y hasta angustiante, pero la gente, inevitablemente, se va a reír, como si todo fuera una gran broma. Y no, no lo es. Allen no es la persona más optimista del planeta –más bien todo lo contrario–, pero el humor lo ayuda a que sus pensamientos más oscuros parezcan parte de una rutina preparada por un maestro de la comedia.

-¿A usted le pasa algo parecido con el cine? ¿Cree que es una forma de que la vida tenga algo más de sentido?
-No hay respuestas ni soluciones para lo que es la dura realidad de la vida. Más allá de lo que te digan los curas, los psicólogos o los filósofos, a fin de cuentas la vida tiene sus propios planes y te pasa por encima. Todos, tarde o temprano, terminaremos en la misma posición… (risas incómodas). La única opción que nos queda como artistas es tratar de hacer algo para la gente, explicarles que la vida vale la pena y que es algo positivo y que tiene un significado. Pero es una trampa. No sos del todo honesto porque al final la vida no tiene significado alguno, el universo es azar puro y todo lo que hagas va a desaparecer y la Tierra va a desaparecer y el Sol en algún momento se va a consumir y el Universo va a desaparecer también… Todo lo que hicieron Shakespeare o Miguel Angel o Beethoven va a desaparecer, no importa cuánto lo apreciemos y valoremos. Entonces es difícil decirle a alguien que hay algo bueno en todo esto. Por eso mi conclusión es que la única manera posible en la que podés soportarlo es distrayéndote y distrayendo a la gente.

-¿Cómo funciona en su caso? ¿Cómo se distrae de esa perspectiva?
-Pongo un partido de béisbol o miro una película de Fred Astaire. Cada uno tiene su manera. Lo que me distrae a mí es trabajar, pensar si puedo hacer que Emma y Parker (Posey) hagan esta escena bien como si eso significara algo en mi vida. Y no significa nada. Lo resolveré y si no lo resuelvo será una mala película, pero no me voy a morir por eso. Eso es lo que hago: me distraigo haciendo películas, es maravilloso. Vienen los actores preocupados por sus papeles y sobre cómo lo van a hacer y si no estuvieran haciendo eso estarían en sus casas sentados o en la playa pensando: “Dios, ¿qué sentido tiene la vida? Voy a envejecer, me voy a morir, mis seres queridos también, me voy a contagiar ebola” (risas). Lo único que podés hacer es distraerte y así podés encontrar momentos en los que no tenés que enfrentar la realidad. Todos los grandes pensadores -Freud, Nietzsche, Eugene O’Neill- sabían que un exceso de realidad es insoportable, que tenés que escaparte de la realidad de tanto en tanto. Así que yo voy a un cine, veo bailar a Fred Astaire por una hora y media y no pienso en mi muerte o en el decaimiento de mi cuerpo, o en que un dia voy a ser muy viejo, en un futuro muy distante… (risas). Y eso es todo. Después salgo del cine y me topo con la realidad otra vez. Así que hacer películas es una buena manera de mantenerme distraído. El cine es para mí lo mismo que cuando le dan a los presos para hacer una canastita de mimbre, o algo así, para tener su mente ocupada.

-Ya lleva hechas alrededor de 45 películas. ¿Qué siente que le falta aprender todavía del cine? ¿Haría alguna película suya de vuelta?
-No es mucho lo que hay para aprender. En las primeras tres películas aprendí mucho, instintivamente. Cosas técnicas, de edición, del uso de la música. Se aprenden rápido y el resto, que las películas funcionen o no, depende de tu talento e instinto para usar esas cosas. Respecto a que películas mías filmaría de vuelta, te diría que todas. Cuando termino de hacer una no la vuelvo a ver porque si la miro solo veo lo que salió mal y pienso en eso, en todo lo que debería hacer de vuelta. Si alguien me diera el dinero y pudiera juntar a los elencos, haría todas mis películas de vuelta, sin dudas.

-¿Cómo es que consigue siempre tan buenas actuaciones de su elenco?
-El truco está en elegir bien. Contratar a gente talentosa y dejarlos trabajar tranquilos y no jugar al director que sabe todo. Les dejo cambiar textos y contribuir. Son gente famosa con grandes carreras y saben lo que hacen. Fueron grandes antes de trabajar conmigo y lo seguirán siendo después también. Tu único trabajo es no arruinarlos. Te dan crédito por dirigirlos, pero no es tanto. Es tratar de no meter la pata, nada más.

-Así como antes trabajó muchas veces con Diane Keaton, Mia Farrow o Scarlett Johansson, ahora lo está haciendo con Emma Stone. ¿Qué ve en ella?
-La vi en una película mientras estaba haciendo ejercicio en una cinta de correr… Era muy bella y divertida en la película y pensé, “esta es una persona con la que sería interesante trabajar”. Y era sí: es muy bella y divertida y no dudaría en volver a contratarla. Acá ella interpretó a un personaje muy complejo y me sorprendió lo profundo que supo llegarle al personaje, ya que yo siempre la había visto haciendo comedias y nunca nada dramático. Fue fabuloso.

-¿Y Joaquin?
-Como el personaje es un hombre que tiene mucho éxito con las mujeres al principio pensé que Leonardo DiCaprio o Brad Pitt podrían hacer el papel, pero mi directora de casting (Juliet Taylor) me sugirió a Phoenix y pensé que iba a dar perfecto porque tiene un estilo tan errático, neurótico y extraño que era genial para el papel. Es un actor excelente, pero si lo tenés sentado acá al lado cenando con vos y le decís, “pasame la sal”, él va a atravesar cinco minutos de agonía, culpa y autoflagelación hasta que finalmente te pase la sal…

-Está haciendo una serie de televisión para Amazon. ¿Qué puede contar de eso?
-Que es un error catastrófico (risas). No me tenía que haber metido en esto. Pensé que era más fácil de lo que es y es muy difícil. Supuse que hacer seis horas de a episodios de treinta minutos iba a ser sencillo: hacés media hora y otra media hora y otra, y listo. Y no. Es difícil. Espero no decepcionarlos. No veo televisión, no tengo idea de qué es lo que estoy haciendo. Temo que será una vergüenza de proporciones cósmicas cuando se estrene…

-¿Le pasa a usted como a otros directores que al llegar a cierta edad se vuelven más serios y eso se transmite en sus películas?
-No en mi caso. Yo quería ser serio desde que empecé, mi ídolo era Bergman y yo quería ser como él. Hacía películas cómicas porque ese era mi talento y sólo me daban plata para eso, pero yo quería hacer cosas serias. De joven era muy serio y aburrido. De haber sido por mí habría hecho películas muy densas toda mi vida y muy pocas comedias.