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Música

Fiesta negra

Volvió The Cure y cumplió la paradoja de ser la banda dark que ilumina corazones

Por Esteban Ulrich

Después de 26 años, The Cure volvió a tocar en Argentina. Mientras caminábamos hacia su encuentro en el estadio de River Plate, cada sirena de ambulancia o de camión de bomberos que surcaba el caos del tránsito porteño nos remitía a aquel segundo concierto en el 87 en el que todo terminó mal. Al acercarnos más, su actualización en el siglo XXI se ubica en las antípodas de aquel: la entrada al estadio es sencilla y fluida como pocas veces, hasta resultan amables los muchachos de seguridad; es que el público, aunque muy variado en edades, está lejos en general de la histeria adolescente y más cerca de la participación consciente de un ritual sonoro largamente esperado.

Desde un principio la idea de juntar a todos en un único show multitudinario en cancha abierta no parecía la mejor de las ideas, y aunque por momentos el sonido no fue el mejor, otras resonancias emocionales surgían imparables desde los cuerpos y las almas apretados bajo el viento que se iría enfriando, a medida que la noche se volvía más brillante. Aquí está, Robert Smith, es él, delante nuestro y todo es amor. El juglar de la noche festeja la muerte de la bruja delante de una sobria puesta en escena, en la que se luce el manejo virtuoso de un efecto de video Larssen modulado, cuya belleza simple representa perfectamente el clásico virtuosismo que envolvió a todo el show.

Se sabía que la noche sería larga, había que justificar la espera de 26 años de alguna manera, pero el entusiasmo infantil se apoderó de todos desde los primeros acordes y a los pocos temas el campo saltaba en un enorme pogo bon enfant. Subiendo desde el piso las vibraciones sonoras elevaron sobre nubes rozadas a los golden oldies a zonas que parecían olvidadas. Un segundo show se desarrollaba en los rostros iluminados de azul y púrpura de la gente, en donde algunas lágrimas se dejaban caer sobre una enorme sonrisa hipnotizada. Pictures of You, Lullaby, High, y de a poco todos iban cayendo: esto está sucediendo realmente. Robert Smith amaga a tirarse sobre el público, baila con suavidad y devuelve una mirada de niña enamorada y juguetona, el bajo prehistórico de Gallup lo levanta todo como una alfombra mágica de ocho cilindros, el show avanza a ritmo sostenido, recorriendo el enorme repertorio de la banda dándole el gusto a cada uno de los presentes. The End of the World, Lovesong, In Between Days, Just Like Heaven, iban construyendo un concierto que superaría las tres horas, con dos descansos que más de uno debe haber agradecido íntimamente, y el vaivén obligado entre al euforia de los hits y la inmersión sonora de las pequeñas perlas negras. A Forest, Charlotte Sometimes, Primary, The Walk a From the Edge of the Deep Green Sea, Bananafishbones, Want, Sleep when I’m dead y el fascinante Disintegration, entre muchas más, para ir llegando vía The Kiss e If Only Tonight We Could Sleep a cerrar con un aluvión bailable hecho de The Lovecats, The Caterpillar, Close to Me, Hot Hot Hot!!!, Let’s Go to Bed, Why Can’t I Be You?, el inmortal Boys Don’t Cry, el infalible 10:15 Saturday Night y el perfecto Killing an Arab, todos temas que fueron acompañados desde sus primeros acordes por una exhalación general que delataba el reconocimiento que cada uno hacía de las emociones que se nos vendrían encima.

Luego de una cálida promesa de regreso, que hizo pensar por un momento que quedábamos atrapados en la noche de la felicidad eterna, las luces finalmente se encendieron terminando con el imperio negro. La masa camina lentamente hacia las salidas, Erik Satie suena acompasando la borrachera sentimental que nos embarga. De alguna manera el show terminó de ejecutar un movimiento histórico que se había visto interrumpido cuando la banda inglesa llegó a la Argentina en su mejor momento para no volver a hacerlo hasta ahora, un reencuentro que permite que las cosas vuelvan al lugar en donde debían haber estado desde hace tiempo, todos parecen reconocerlo: casi lo habíamos olvidado, esta es nuestra casa, un regreso demorado al hogar en donde la oscuridad no puede ser más brillante.

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