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Wine News

Federico Benegas Lynch

Lleva un apellido unido a la historia del vino y en honor a ese pasado continúa su camino hacia el futuro. 

Por Rodolfo Reich

Fotos: Juan Carlos Casas

Dicen que fue el poeta francés Jean de La Fontaine quien dijo “una persona encuentra su destino en el camino que toma para evitarlo”. Lo hizo en París, hace unos quinientos años. Pero como toda frase genial, sus palabras atravesaron centurias y océanos, para dar de lleno en Federico Benegas Lynch.

Federico es bisnieto de Don Tiburcio Benegas, ex gobernador de Mendoza y prócer de la vitivinicultura argentina. De hecho, muchos consideran que Tiburcio Benegas en la Argentina, Silvestre Ochagavía en Chile y Agoston Harszthy en California son las tres patas fundamentales de la mesa vinícola americana.

Federico nació entre viñedos, probó su primer vino a los 6 años, y cada verano se agarraba dolores de cabeza por la cantidad de uvas que comía arrancadas de las plantas. Esos viñedos los había comprado su bisabuelo en 1883, para fundar seis años más tarde El Trapiche, marca que con el tiempo se convertiría en una de las más prestigiosas del vino nacional. Así, la familia Benegas estuvo casi cien años en el ojo de la tormenta vitivinícola. Hasta que un día, todo terminó. En los años 70 la familia decidió vender la marca, las fincas y bodega, y los más jóvenes se alejaron del vino y de Mendoza. “Fue como un desarraigo. Luego vino la hiperinflación, y las ganancias por vender la empresa se licuaron. Se salvaron las papas, nada más”, dice hoy Federico Benegas Lynch. Radicado en Buenos Aires, el bisnieto de Don Tiburcio se dedicó al negocio financiero, y fue socio del Banco Cooperación Metropolitana de Finanzas. En 1993 vendió esas acciones y en 1997 lo contrataron como director de Trapiche-Peñaflor, lo que significó su vuelta a Mendoza tras más de dos décadas. Y cuando se enteró, en 1999, de que la vieja finca Libertad (que había pertenecido a la familia) estaba a la venta, reencontró su destino. La compró, adquirió también una bodega muy antigua, y su madre le cedió el apellido para usarlo como marca. “Volví a sentir lo que había sentido en los primeros años de mi vida”, afirma. Así, no hace más que refrendar la frase de La Fontaine. Esquivando su destino, lo encontró. Y no piensa dejarlo ir.

– Un apellido grande el de Benegas. ¿Qué significa este apellido en Mendoza?

– La familia Benegas está muy unida a la historia del vino nacional. Hasta que llegó Don Tiburcio, Mendoza tenía apenas unas 1.000 hectáreas plantadas. Por aquellos años, la provincia vivía de dos cosas: el engorde de ganado en que venía caminando de la Pampa húmeda y que seguía para Chile; y la producción de trigo, aprovechando el agua de los ríos. El negocio del engorde se acabó con la llegada del ferrocarril, ya que las vacas no precisaban engordar. El del trigo sucumbió a la competencia del cultivo del cereal que comenzó a realizarse directamente en los centros consumidores, en Rosario y Buenos Aires. Don Tiburcio era un rosarino que llegó a Mendoza para fundar allí el primer banco de la provincia. Era amigo del colegio de Julio Argentino Roca, y con sus ojos de extranjero vio enseguida que el futuro estaba en la vitivinicultura. Así, fue a Chile a lomo de burro, a Europa en barco, siempre para traer las estacas con nuevas variedades. Y lo hizo con un espíritu generoso, sabía que era necesario construir en conjunto para que la provincia triunfase. Por eso distribuyó esas estacas, escribió folletos con consejos básicos (como por ejemplo dejar de plantar variedades tintas y blancas juntas…). De 1883 a 1886 Mendoza pasó de 1.000  a 6.000 hectáreas. La familia hizo vinos que fueron emblemáticos, como Broquel o como Monitor, el primer espumante argentino.  Siempre con la mira puesta en la calidad.

– Algo parecido a lo que hoy hace Benegas.

En una pequeña escala. Hay dos maneras de encarar este negocio. Tenés las bodegas enormes que ganan monedas por botella, y que lo hacen muy bien. Te diría que en esto de hacer vinos baratos y de calidad, la Argentina debe ser el mejor país del mundo. Y luego podés producir muy buenos vinos de alto precio, lo que es mucho más divertido. A eso se dedica Benegas (estamos sextos o séptimos en precio FOB de exportación). El desafío es mantener este modelo, e ir creciendo en cantidad sin bajar el precio.

-A diferencia de otras bodegas pequeñas, Benegas parecer apostar a otras cepas, más allá del Malbec.

– Así es, sólo un 25% de lo que hacemos es Malbec. Por un lado, tenemos muy buen material a mano. La familia siempre cultivó variedades finas. ¿Sabés por qué hay tanto Malbec en Mendoza? Todos lo plantaban por ser una variedad que da mucha fruta; entonces, si el año era malo, se la podía usar como uva común. Hasta 1970, Benegas era la única que tenía Chardonnay, Pinot Noir, Petit Verdot, Syrah, Cabernet Franc… Hoy, tengo viñas muy antiguas, de gran calidad, que permiten hacer grandes vinos.

– Como el Cabernet Franc…

– Sí. Según Rolland nuestro Cabernet Franc es único en el mundo. Mi bisabuelo lo trajo de Francia hace 120 años, no proviene de clones, sino de los principales château del Medoc. Y Michel,  que trabaja en 100 bodegas alrededor del mundo, asegura que no conoce nada igual. A eso hay que sumar que Finca Libertad tiene sobreborde con el río Mendoza, con  tierra pedregosa, y aparte arcilla, algo de por sí extraño en Mendoza. Hacemos riego por inundación, logrando raíces de hasta cinco metros. Una combinación que asegura que no haya otro lugar con las mismas características.

 – ¿Se puede salir al mundo sin usar al Malbec como bandera principal?

– El mundo está siempre ávido de nuevas clases de vino. En un momento fue el Merlot, luego el Syrah, ahora surge el Malbec. Todos quieren ganar su lugarcito. No creo que Chile pueda lograrlo con el Carménère, menos aún los uruguayos con el Tannat. Pero hay muchas variedades que pueden aparecer. Por eso, lo mejor es apostar a más que a una cepa. La reina de las variedades es el Cabernet Sauvignon hace más de cien años. Y Robert Parker dijo ya en dos publicaciones que hay que mirar los Cabernet argentinos, que compiten con los mejores del mundo. Y están los blends, claro. Benegas busca diferenciarse en eso, intentamos producir los grandes blends del mundo, ya que tenemos los elementos para hacerlo. 

– Hoy la bodega no está muy presente en el mercado local. ¿Por qué?

– Nuestras ventas son un 95% de exportación y un 5% local. Terminamos exportando tanto porque el mercado local nos pedía demasiado. Se hace muy difícil poder competir cuando las grandes bodegas regalan a rabiar… Son las reglas del mercado. En los últimos tiempos, los costos crecieron a un 20% por año, y los precios en el exterior no se pueden tocar. Por eso, queremos volver a crecer a nivel local. Lo ideal sería tener un mix fifty fifty. Por suerte, hay nichos donde estar. Hay varios restaurantes que quieren tener buenos vinos, que no sean los mismos que tienen todos. Y ahí entramos nosotros. Pero, claro, si una bodega les ofrece gratis 100 cajones de vino para que los incorporen a su carta, ahí no hay nada que hacer.

 – ¿Quién hace los vinos en Benegas?

– El que toma las decisiones soy yo. Para la primera cosecha me asesoré con Daniel Llosse, y de ahí en más con Michel Rolland. En estos años aprendí mucho, estuve trabajando en varios de las bodegas donde estaba Rolland, en Bordeaux, en Napa (Napa tiene mucho que ver con nosotros, nuestros vinos se parecen más a los de California a que los de Francia, Chile o Australia). Pero siempre mantengo nuestra identidad en el vino. Me acuerdo que Gabriela (Celeste, de Enorolland) decía que la maceración no debía durar más de tres días, y yo iba a probar de los tanques y veía que se podía seguir esperando… hoy maceramos hasta 15 días.

 – ¿Cómo describirías esa identidad de tus vinos?

Lo que a mí me gusta del vino argentino es que tiene el sol en la copa. Parte de ese sol se traduce, claro, en el alcohol en los vinos, de lo que algunos hoy se quejan, pero es algo psicológico, no real. Cuando hago una cata, no digo el porcentaje de alcohol, y nadie se da cuenta si una etiqueta tiene 15%… Pero básicamente, nuestros vinos respetan cuatro características básicas. Nunca vas a sentir un pedazo de roble en la boca; siempre vas a tener buena maduración de taninos, redondos, maduros; vas a encontrar un buen balance de acidez (para un enólogo es muy fácil hacer un vino ácido que mata todas las bacterias, pero no tanto un vino equilibrado); y, por último, nuestros vinos  nunca son cortos, algo de frutita, fáciles de tomar y nada más… Por el contrario, son largos, complejos, con algo de evolución. Esa es nuestra receta. 

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