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Cocineros

Eterna Campanita

Acelerada, hiperkinética, una chispa en permanente movimiento que eligió como misión poner en valor la gastronomía del país.

Por Pamela Bentel
Fotos:
Alejandro Lipszcyc

Princesa de las jóvenes huestes de cocineros recientes, Soledad ya vendía tortas y masitas con su amiga Vicky en la vereda de su barrio de Don Torcuato. Cuando tenía 15, y fiel a su estilo, decidió que fiesta “¡ni ahí!”. Se fue con su tío y su prima, una de sus incondicionales, a Disney. De yapa los padres le regalaron la motoneta roja, esa que le duró seis meses: “Obviamente después me bajaron de los pelos, ¡era un peligro!”.

Nació con equipo propio. Tercera de cuatro hermanos, todos muy seguidos, tiene plena conciencia del manejo de grupo. Lo que hoy, claramente, se manifiesta en su brigada. De esas épocas, se acuerda de las largas travesías en la rural familiar, cargada con todos los críos, recorriendo las rutas del país y aledaños. Los inviernos en Sierra de la Ventana, los veranos en Villa Carlos Paz, y otros tantos imperdibles nacionales, como el Norte. “Cinco días de ida, algunos en el destino y otros tantos de vuelta, una locura agotadora, pero nos divertíamos, la pasábamos genial.” Así llegaron hasta Río de Janeiro, además de los incontables veranos en Floripa, un clásico.

Natural y espontánea, tiene esa sencillez que haría pensar que nació en algún lugar del interior, pero no, son las formas que sus padres, él de Reconquista, Santa Fe, y ella de Bahía Blanca, le supieron transmitir.

Empezó estudiando abogacía, mientras su primo cordobés, que estudiaba gastronomía y se hospedaba en su casa, la iba endulzando con preparaciones y le alimentaba el deseo por la cocina. “El me tentó y me terminó de ayudar a decidir”, recuerda. “Hasta entonces yo sólo veía la cocina como un hobby.” Hobby que heredó de su papá, que le enseñó el disfrute por las cosas ricas y bien hechas, como sus asados o las pastas de los domingos.

Al año Soledad tomó la sartén por el mango y con excelentes notas en Derecho, se le plantó al mismísimo padre: “O seguía o era feliz”. La respuesta, fue clara.

Hoy ella tiene, como reconoce, “su lugar en el mundo”, Chila, justo a unas cuadras de la UCA, donde estudiaba, casi como una señal. Y su primo, Luciano Nardelli, es el segundo de Alex Atala en le D.O.M. Recompensas de ser fiel a uno mismo.

Viaje al mundo de la cocina

En un viaje a Francia y también a España, sus comienzos pasteleros se dejaron seducir por el candor de los fogones y lo visceral de los platos principales. Pero un día y en plena crisis, regresó a buscar su lugar. Dio clases, transmitió conocimientos y experiencias y surgió la propuesta de un restaurante. Allí, desde hace siete años, construye su universo y armó su propia familia culinaria. La brigada está formada, en su mayoría, por quienes alguna vez fueran los alumnos con quienes mejor se llevaba. Soledad cree en los lazos de confianza, en el conocimiento mutuo, en la historia compartida.

Compañera, divertida, “jodona”, como ella misma se define, siempre está buscando compinches con quienes pasarla bien, resabios de su historia familiar. Su brigada todavía se acuerda de aquellos primeros tiempos en que para descontracturar del trajín diario solían salir a bailar after despacho. Y ella, la que más arengaba.

Eso sí, en el ámbito de trabajo, no duda en poner los límites: “Nos conocemos tanto que nos podemos decir lo que sea”.

Su equipo la define siempre de buen humor, aunque cada tanto los mande a limpiar, parte de su obsesión. Generosa, ella los participa hasta para opinar en esta entrevista. Sabe que parte del secreto de su éxito les pertenece y no duda en demostrarlo. “Si crecemos, crecemos todos, siento que las cosas en grupo se logran mejor que sola”, su filosofía.

Su costado más femenino la delata simple y práctica: “Me ducho y me cambio en dos segundos. Me gusta la ropa, pero no muero por las marcas, cero tacos y maquillaje, cremas y otros vicios, nada de nada. Lo único que respeto religiosamente es la limpieza de cutis una vez al mes”, confiesa relajada con su despreocupada coquetería.

Mi verdadera perdición a la hora de comprar son los utensilios de cocina, de materiales diversos y en los tonos más estridentes posibles. Muero por el color.” Su favorito, el turquesa. Quizás en referencia al mar, otra de sus pasiones.

En plan romántico, la mejor propuesta, que la lleven a cenar y descubrir algún lugar nuevo. Aunque dicen que hay quien fue mucho más lejos y la llevó a la Polinesia.

Según sus dichos, no es para nada celosa, porque admite que es muy independiente y tampoco le gustaría que la celen. Familiera, para el futuro, se ve madre, aunque reconoce que será mucho más discreta a la hora de las cantidades.

Desde su infancia adora la Navidad, con todo el ritual de la previa. Pero el Año Nuevo le encanta recibirlo en pleno despacho: “Ese día me relajo, brindamos ya antes de salir a cocinar y lo vivo como una diversión”.

La cena, el momento del día que más disfruta. Ya sea sola: “Ultimamente descubrí el placer de cenar sola, ni bien comienza el despacho, con mi copita de vino, a un costado, mientras observo lo que va sucediendo en el salón. O acompañada”. “Al final, todos juntos, en una larga mesa, hasta altas horas de la madrugada, con el placer de haberlo logrado.”

Muere por el aroma a pan recién hecho o el de la leche caliente perfumada con vainilla, sabores plenos, dulces y redondos. Lejos de los complejos y urticantes como el cilantro o los anisados como el del hinojo, que ni siquiera utiliza en su cocina. “Me han dicho que eso es muy de adolescente”, confiesa a risa plena, consciente de su agazapada confesión.

De la comida, los quesos la enloquecen y es capaz de acaparar todo el carro de quesos para ella sola. Además de los mini havanets de Anita, su pastelera, que ya optó por no hacerlos, o dejarlos escondidos, para que no se los pueda robar.

Gran parte de su día pasa por el restaurante, por eso para el relax le entusiasma salirse de ese ámbito e innovar. Su última incursión, hacer un curso de cine, además de pintar sobre tela. Y cuando se trata de gastar energías, se zambulle a hacer largos en la pileta o a gastar puños y descargar en la bolsa de boxeo.

Hoy, su máximo desafío, poner en valor la gastronomía del país. Le gustaría que la recuerden por eso. “Basta de mirar para afuera, se trata del adentro”, sentencia determinante respecto de nuestra tan extendida y marcada tendencia a buscar horizontes lejanos. De los productos autóctonos, su top five y que asegura darán que hablar, la quinoa, el aceite de oliva de Catamarca, la algarroba, el mango de Misiones, también su fruta preferida, y las algas de la Patagonia.

Próximamente, junto a otro reconocido chef Mauro Colagreco, será embajadora culinaria por Marca País. Además de ser la voz femenina de Gajo, este nuevo brote de la gastronomía argentina que asocia a jóvenes restauranteurs en pos de sus causas comunes y participa de distintas acciones solidarias.

Así es Soledad. Una chica brava, siempre bien acompañada, con alma de hada y luz propia.

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