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Columnistas

Ese oscuro objeto

Separado, con 40 años y de regreso a un rodeo que ya no conoce y que, quizás, hubiera preferido ignorar. ¿A dónde van los hombres cuando llueve?

Por Hernán Brienza

No llegó como una fiesta de egresados. Tampoco como una obertura a toda orquesta sinfónica. Se instaló en un rincón del departamento. Y desde allí susurró bajito como un valsecito de Liszt. Una noche fantasmeó por los zócalos. Un día me asaltó a la salida de la ducha. Habían pasado un par de años largos ya desde el día que me fui de lo que alguna vez había sido mi casa. Habían pasado muchas cosas desde aquellas jornadas desamparadas. Y sin embargo, nunca había aparecido. Hasta estos últimos días de calor inesperado y de reverdeceres a los apurones.

Tienen razón los que dicen que los cuarenta son como una nueva adolescencia. Después del sarpullido emocional de la crisis, uno se vuelve un poco más cándido, algo más sabio y algo más bueno. No demasiado, no exageremos tampoco. Pero sí se reconoce nuevamente en algunos gestos de la juventud, se reconcilia con ese pibe que hasta hace poco tiempo se hubiera agarrado a las trompadas. Uno vuelve a creer en algunas de las cosas que creyó.

Es de noche. La ciudad respira como animal cansado. La avenida tiene el ritmo justo. Cada tanto pasa un auto. Cada tanto. Alguien cruza caminando la plaza y otro alguien prende la luz de la cocina o del living dando señales de que uno no es el único que no puede dormir. En el tocadisco, suena un viejo LP de Benny Goodman, bajito, como una plegaria alegre. Y Enzo acompaña, como diciendo que él está para lo que lo necesite, pero que si no lo necesito, mejor para él.

En ese momento, percibí el fantasma. Fue sutilísimo. Pero inconfundible.

No se trató de la patada de la desesperación ni del apremio oscuro de la necesidad. No fue el lacerante empujón del deber ser ni la humillación de la tristeza. Sino algo mucho más simple. Pero menos común de lo que todos suponemos.

Finalmente, una noche de primavera sentí deseo. No sé exactamente de qué. No se trataba de la histérica búsqueda de la satisfacción del placer. Tampoco del ciego correr detrás de un mandato absurdo. Sentí que algo, finalmente, se detenía. Como si un caballo malherido hubiera dejado de galopar. Como si la tempestad hubiera empujado hacia el puerto a un barquito que estaba a punto de naufragar.

No fue calentura. Ni entusiasmo desmedido con el cuerpo de una mujer determinada. Fue otra cosa. Una voluntad de alma. Un querer. Un querer desear. Un querer que otro me desee. Fueron súbitas ganas. Y no hubo impurezas. No hubo goce fugaz, el golpe de la culpa, el regodeo de la miseria. Allí estaba ese buen amigo invitando a volver a vivir. Ya no como un a tientas y a locas. Sino sencillamente como un fantasma tímido.

En el centro de la noche, sonó el celular. El gato gris se despertó sobresaltado. Miré la pantalla y reconocí el teléfono de ella.

-¿Te desperté?

-No, para nada, ¿cómo estás tanto tiempo?

-Bien, bien. Me dieron ganas de llamarte. Espero no te haya molestado…

-No, para nada.

-¿Qué estabas haciendo?

-Nada importante, boludeaba… -mentí.

-¿Sabés quién habla?

-Obvio…

-Tengo ganas de verte…

-No hace falta, se me complica un poco…

Mentí. No tenía ganas de explicar nada más. Algo extraño se había restaurado en mi alma. Era la extraña ley del deseo.