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Cine y Series

Esa mentira llamada trailer

¿Quién no se llevó un fiasco por culpa de un trailer? Publicidad mentirosa que demuestra que lo único que importa es la recaudación.

Por Javier Rombouts
Ilustración Ariel Escalante

Hay tres clases de mentiras desde la estadística: las grandes, las pequeñas y los trailers de las películas. Hay tres clases de mentiras desde lo religioso: las veniales, las mortales y los trailers de las películas. Hay tres tipos de mentiras desde la moral: las leves, las graves y los trailers de las películas. Las mentiras pueden tener, según el saber popular, patas largas, patas cortas o ser trailers de las películas. Las mentiras pueden ser sutiles, groseras o trailers. Así podemos seguir hasta llenar páginas y páginas. Una sola cosa se mostrará invariable: los trailers de las películas siempre estarán en el círculo del infierno del Dante donde van a parar los mentirosos. No me pregunten qué círculo del infierno es ése porque no lo sé. Y como no quiero terminar ahí (rodeado de trailers de películas), prefiero no mentir.

Pero ¿por qué los trailers de las películas son mentirosos? Básicamente, porque confunden (o se mienten desde un erróneo convencimiento) el objeto que aseguran o, más modestamente, pretenden conocer.

Veamos: los trailers son, está claro, una publicidad, un elemento de venta de las películas. Una herramienta no creada por el director o el guionista o los actores de un film sino por un equipo de márketing. Hasta ahí, no está mal. De hecho, para eso están. El problema es que se venden, se proponen, como algo inherente al film mismo. Y eso dista y mucho de ser verdad. Por eso, uno entra al cine o a alguna página de internet en busca del adelanto del próximo estreno, y en lugar de un adelanto de las próximas películas se encuentra con una publicidad. Y, los trailers, como buena publicidad, mienten. Y mienten, repito, por confundir el objeto: el trailer no vende una película sino que vende tickets. Entonces, no es algo inherente al film sino algo inherente a la taquilla. Cuanto más mentiroso el trailer -cuanto más atractivo, digamos- menos tendrá que ver con la película -no importa qué película sea, si buena o mala, si lenta o vertiginosa- y, al mismo tiempo, más tickets venderá.

Entonces, los trailers mienten porque dicen formar parte del cuerpo (estuve tentado a poner del corpus pero me pareció demasiado) de un película y en verdad no tienen nada que ver con ella. No son un resumen, un adelanto, una buena manera de saber si vale o no la pena ver determinado film. Son, si están bien hechos, una estafa. El modo más rápido de quitarte dinero del bolsillo en una sala a oscuras.

El huevo de la serpiente

El cine se ha autoproclamado, a veces con razón, en otros casos bueno, bueno, como el séptimo arte. Maneja una billetera lo suficientemente poderosa como para hacer que todos digamos -desde hace por lo bajo 50 años- que sí con la cabeza a semejante afirmación. Sin embargo, los trailers -ese elemento creado en sus mismas entrañas, aunque no tenga que ver con el cine en sí mismo- lo traicionan. Le quitan el maquillaje de arte para dejar la cara descubierta del negocio. Y lo hacen tanto con una peli que merece considerarse un hecho artístico, como con una peli que no vale ni siquiera el trabajo que llevó haber hecho los títulos del film.

Los trailers igualan al cine, al bueno y al malo, quitándole cualquier prepotencia artística a todas las películas. De hecho, algunos directores deberían prohibir por contrato que sus películas tengan trailers. Deberían pedir que los trailers sean abolidos de la industria para ingresar en los premios Clío o algún otro tipo de premiación publicitaria. Deberían exigir, los directores, que los trailers los presente Juan Gujis en algún canal de aire los sábados a medianoche.

Imaginemos un trailer en alguna de las artes: cómo sería un adelanto de una muestra de pinturas o esculturas, cómo el de una novela, cómo el de un disco. Y, ojo, acá se trata de medirlo con otros hechos artísticos que también buscan ganar dinero. No es lo mismo un capítulo de una novela, porque eso forma parte real del libro. Tal vez las contratapas de los libros funcionen a modo de trailer, pero a nadie se le ocurre que esa contratapa tiene que ver con el libro o, peor, es el libro. No es lo mismo ver un catálogo de una muestra, porque allí también aparecen verdaderas obras del pintor o del escultor. Tampoco el famoso corte de difusión del disco se compara porque, hitero o no, más radiable o no, el tema en cuestión fue hecho efectivamente por ese músico o esa banda de músicos.

El trailer, si es bueno, nos contará toda la película en dos minutos y medio y, así y todo, nos dejará con ganas de ver más. Incluso cuando no haya más para ver porque después de esos dos minutos y medio el resto del film es puro relleno. Y si es una obra superior nos contará toda la película mostrándonos en dos minutos y medio lo ágil, profunda, emocionante y entretenida que es ese mamotreto soporífero de dos horas y media, algo que descubriremos tarde cuando, por culpa del trailer, ya hayamos comprado el ticket para ver la peli.

Por último, debo confesar que conozco gente que gusta de los trailers, que intentan llegar temprano al cine para verlos, que les parecen un condimento indispensable, tanto como la oscuridad de la sala. Y así y todo hablo con ellos de cine. Sólo que, soy cuidadoso: si me hablan de lo por venir, sé que me están mintiendo.

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