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Música

Esa estrella era mi lujo

Vinilos, ediciones especiales, rarezas, ejemplares únicos, remasterizaciones, videos. La industria de la música puede encontrar la solución a la batalla contra internet en el lugar menos pensado: los melómanos y sus gustos costosos. 

Por Eduardo Fabregat

La escena tuvo lugar el pasado 21 de mayo, en un local céntrico que alguna vez fue cine y ahora es disquería y librería: una cuadra y media de gente aguardó con paciencia a que se diera el disparo de largada y, a las 18, entró y agotó a conciencia el stock que se ofrecía. Y lo que se ofrecía no era el último iPhone o las entradas para un show sino… discos de vinilo.

Quince años dentro del siglo XXI, con toda una revolución y una batalla digital aún en desarrollo, la noticia del día era el relanzamiento de varios títulos clave del rock argentino en un formato supuestamente perimido. Que Artaud apareciera con la tapa trapezoidal ideada por Luis Alberto Spinetta y Pescado 2 con su librito de textos, letras e ilustraciones; que varios de esos discos fueran material inconseguible desde hace tiempo, convirtió a la “Noche de los Vinilos” en un éxito resonante.

En las semanas siguientes, los discos de Soda Stereo, Charly García, Spinetta, Virus, Sui Generis y Cerati / Melero llegaron a los demás negocios del ramo y volaron. Así también funcionan las ediciones de lujo que acaban de aparecer de Sticky Fingers de los Rolling Stones -dos discos, uno con versiones inéditas + videos-, y de Quadrophenia de The Who -con versiones sinfónicas de este clásico + la participación esencial del sello Gramophone de Alemania, especialista en música clásica.

Es que en tiempos en los que la industria musical discute casi todo, hay un rubro  que da grandes satisfacciones y al que nadie se le ocurre cuestionar: el contenido premium.

Discos lifestyle
¿De qué otra forma puede entenderse no solo el fenómeno del renacimiento vinílico, sino también la manera en que la industria de la música consigue venderle al público una y otra vez las mismas cosas? Como bien retrató el artículo de Tomás Balmaceda en BACANAL de junio, las discográficas y los sitios de streaming juegan en estos días un ajedrez de resultado incierto, lo que convierte al material premium en una apuesta con seguridades que no se encuentran en otros ángulos del negocio.

Como el gourmet que escoge una caja de buen vino en su establecimiento especializado de confianza, el audiófilo paladar negro paga sin hesitar los 200 dólares que cotiza la caja de tres vinilos, tres CD y libro de tapas duras de Coda, reedición remasterizada del disco póstumo de Led Zeppelin con tomas “raras” y un par de inéditos. Y ese es solo un ejemplo de una larga lista: la industria ha comprendido que tiene que encontrar la forma de que la gente compre música de forma virtual, pero que tiene un público deseoso de gastar dinero grande en ediciones premium.
“La música nunca estuvo en crisis, estuvimos en crisis nosotros, los del modelo de negocios. Matamos el vinilo, matamos el casete, hubo piratería, nos pusimos a combatir a Napster y nos equivocamos. Había que encontrar la manera de vender música por Internet, sí, pero también en los demás formatos. Y la prueba de eso es que el vinilo, que dimos por muerto hace 22 años, está vivo”: la frase es un llamativo mea culpa por parte de un sector que no suele hacer esas cosas, al menos no en público. Se la dijo a este cronista Damián Amato, presidente de Sony Music, durante la presentación de los vinilos 180 gramos de rock argentino: no lo dijo un cadete o un label manager, sino el tipo responsable de tomar decisiones a nivel latinoamericano. Esa misma noche, en su discurso oficial, el ejecutivo remarcó un par de veces que, en pleno auge digital, durante 2014 su compañía vendió más en formato físico que en ceros y unos.

Obviamente, no es que el contenido premium vaya a reemplazar a lo digital, o sirva para superar ciertos deficits; simplemente se trata de un negocio demasiado bueno como para dejarlo a un lado. Las cajas especiales que compilan toda la carrera de un artista, con varios CDs y DVDs de material original y extras, y las renacidas cajas de vinilos, tiene un potente efecto de seducción hacia un target de buen poder adquisitivo y costumbres fieles: aunque haya tenido a The Beatles en sus discos y casetes primigenios, luego en CD y después en CD remasterizado, no dudará en comprar las ediciones en vinilo realizadas con los masters mono originales. El hábito de escuchar vinilo no es de por sí barato: aun consiguiendo el hardware afuera –a precios sensiblemente menores que lo se consigue en la Argentina-, los costos de bandejas y sobre todo de púas y cápsulas determinan un público que quizá se baje de vez en cuando discos de internet (incluso por la vía legal), pero establece una relación de alta fidelidad con ese material irrepetible en una pantalla. Una relación cargada de fetichismo, que las compañías de encargan de estimular.

Raro y exclusivo
Y cuando no se trata de objetos lujosos, lo que cotiza es la rareza:  ideado en 2007, el Record Store Day genera cada año un feliz aquelarre de consumidores premium. La iniciativa surgió en Inglaterra como forma de sostener a las tiendas de música al viejo estilo (eso que Nick Hornby retrató tan bien en su libro Alta Fidelidad), y Estados Unidos vio el filón de inmediato. Así, el tercer sábado de abril está consolidado como un día en el que los melómanos toman por asalto los comercios para hacerse de material que los músicos diseñan para la ocasión y que luego se convierte en material de coleccionista. Vinilos de  colores, grabaciones especiales, rescates de material perdido u olvidado, encuentros de músicos por única vez: el Record Store Day aprovecha muy bien la sensación de exclusividad necesaria para la “experiencia premium”. Y tuvo un efecto benéfico para toda la industria, reactivando y traccionando las ventas de vinilos y generando un nicho nada despreciable en épocas donde todo parecía limitado a lo digital.

Si se miran las cifras generales de la industria, la suerte parece echada: en 2011, las ventas en formato físico a nivel global representaban el 60% del total, mientras que en 2014 ese porcentaje cayó al 46%. Pero el análisis fino da otro panorama: en Inglaterra, la venta de vinilos se disparó un 60%; en Estados Unidos, un 58%; en Japón, donde arrastran varios problemas a la hora de instalar un mercado legal de venta digital, un 81%. Sudamérica y en particular Argentina experimentaron un crecimiento de las ventas digitales (aquí fue del 67%), pero también exhiben una saludable tendencia de consumo de boxes de material especial y vinilos. Rápida de reflejos, la industria sigue planeando ediciones que rescatan a bandas y solistas de todas las épocas, y hurgan el fondo del archivo para dar con out takes, lados B y canciones en vivo que le den un plus al lanzamiento. Que sirvan  para disimular un poco que están poniendo en circulación un material ya vendido en el pasado, pero que ahora, cortesía de las paradojas del nuevo siglo, encuentra un atractivo aire de novedad en un envase vintage. Y permite que, en una era en que la música sale de la canilla de Spotify, Deezer y YouTube y todo parece gratis, resurja el concepto de pagar por algo con un valor agregado. Sea snobismo o auténtica pasión, no importa: la música sigue sonando.

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