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Cocineros

Entre dos mundos

Es reconocida como una de las mejores manos de la cocina asiática en la ciudad. Otra Yoko que en su experiencia conjuga lo más personal de dos mundos.

Por Pamela Bentel
Foto Alejandro Lipzyc
Producción Lulu Milton

Christina nació Sunae y Sunae siempre fue Christina. Pero fue recién poco antes de entrar a la escuela, que su abuelo le explicó que, a partir de ahí, ambas debían coexistir. Por primera vez la llamarían por su nombre occidental. “Igualar para no desentonar”, una bipolaridad cultural difícil de entender para una niña de pocos años.

De Carolina del Sur, nacida americana, de madre coreana y padre gringo, sureño: “¡El único gringou de mi familia es mi papá!”, dice, y sonríe con esa picardía que le rasga aún más los ojos y la revela delicada.

Mecánico de aviación militar, su padre supo frecuentar oriente. De ahí los pasajes de la playa de Okinawa y esa agua tibia que tantas veces su mente le devuelve de alguna vez, cuando fue chica.

Sus padres se separaron y, en el reparto, a ella le toco irse con él y su nueva esposa filipina. Y partieron a vivir a Pampanga.

Doce años en Filipinas la impregnaron de sus aromas, sus costumbres y hasta esa forma alegre y optimista de ver la vida: “Allá todos saben bailar, cantar, son divertidos, seas rico o pobre, sos feliz, porque saben disfrutar”

Vivió en una casa multitudinaria, compartió la vida con tíos, primos y abuelos. Y se queda pensando…: “No hacía falta tener al menos un amigo, como me pasó después, cuando viví en Nueva York. En cada festejo, ya sólo con la familia, se llenaban todos los espacios.

Se entrenó en el ritual de la cocina destinado únicamente a las mujeres, para preparar los mil y un platos y siempre una buena ración de arroz (“porque sino, no es comida”). Y también se acostumbró a la rutina del mercado, por la mañana, con su mamá filipina, como ella la llama.

La experiencia la adueño de un vasto registro de percepciones, desde el penetrante aroma afrodisíaco de la guayaba amarilla madura o el carbón de coco, en los puestos de comida callejeros. Los caramelos San Paloc, de tamarindo, recubiertos de azúcar, los imperdibles fishballs callejeros o el diario plato de Adobo –receta de olla de cocción lenta, a base de pollo, carne o cerdo cocido en vinagre, salsa de soja y pimienta negra-.

Un mundo de ácidos, dulces, amargos y salados, matizado con mil colores que le curtieron el paladar y el alma, con la sensibilidad necesaria para percibir las sensaciones más complejas y sutiles.

Lejando Occidente

Volver al costado más occidental del planeta no fue fácil. Los códigos eran opuestos, los sabores, distintos, y el ingenio le hizo recurrir a su sentido más profundo de adaptación. Tanto, como hasta para comer chocolate con chips de snacks hiperpicantes, para al menos por un segundo, volver a recrear esa añorada sensación del agridulce. Pero también sintió vergüenza al tener que excusarse por el olor a pescado frito que traía de su casa a menudo, algo que hubiera pasado totalmente inadvertido y a nadie hubiera incomodado del otro lado del mundo.

Crecida en una cultura donde la primera pregunta que se le hace a alguien que llega a una casa es si comió, y donde la cocina es motivo de reunión y encuentro. Con un padre que a su magro salario militar sumaba horas extras como encargado de restaurante o responsable de desayuno de un hotel (ella, con fascinación infantil, aún afirma: ”Nadie prepara el desayuno como mi papá!”). Y un abuelo que aunque yankee, cocinaba y tenía una huerta del tamaño de un estadio. Así, difícilmente podía escapar a un destino culinario. Aunque lo intentó.

Y un día, cuando la vida le planteó la necesidad de reencontrase con su madre biológica, partió a Nueva York. Ironías del destino, su padre parece haberla querido oriental; su madre, americana.

Seducida por la aventura de descubrir el ombligo del mundo y la excusa de seguir una carrera de las esperables, márketing mediante, llegó a la gran manzana. Medio tiempo de oficina y el resto “hacía lo que realmente me gustaba, trabajaba en un restaurante”. Sin dejar de cultivar el costado más banal y occidental de su adn, con una vida al mejor estilo Carrie Bradshaw en Sex and the City: departamento en el East Village, fiestas, carteras y zapatos de diseño, su perdición. Y a cada momento, a la vanguardia de la movida. En su acento y en sus formas, todavía se revela ese chic cosmopolita de chica de mundo.

Pero su esencia serena se agotó de tanto agite y cartón pintado, y un día le fue demasiado. Decidida y aventurera, un par de llamados a varios de sus amigos por aquí y por allá, le bastaron para elegir un nuevo destino. Tocó Buenos Aires, porque había un amigo de un amigo que podía pasar a buscarla por el aeropuerto. La pasó a buscar por la vida, y hoy es su marido. Independiente, armó su propio proyecto y abrió un restaurante a puertas cerradas donde recibe con el mismo arte y cocina de su casa en Filipinas.

Sunae es medida y cuidadosa: “No soy muy demostrativa ni digo lo que siento, y siempre pienso la mejor manera de decirlo”. No le gustan los gritos y rebosa de esa amabilidad tan oriental.

Sunae cree en los ritos y las tradiciones, y en la magia de tener un color de la suerte. A ella no le puede faltar el verde. O en el presagio de longevidad que pueden significar los Pancit –fideos de arroz salteados que siempre tienen que estar en un cumpleaños.

Sunae sueña con recorrer toda Filipinas de Norte a Sur, y les enseña a comer con las manos a sus hijos, como ella lo hacía de pequeña.

Christina es coqueta -“Quiero ser linda!“. A Christina le encanta el Hip Hop y el RnB. Y salir a cenar y de tragos, o a Loreto, su bar preferido. Y hasta hacerse de vez en cuando una escapada a Nueva York.

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