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Entrevistas

Entre blancos y negros

Con un par de papeles que lo volvieron a poner en la cartelera, entrevistamos al actor en el Festival de Roma.

Por Diego Lerer (Desde Roma, especial para Bacanal)

En algunos casos, pueden ser solo unos años. En otros, una década o más. Son muy raros los casos en los que nunca sucede, pero Hollywood tiene una curiosa tradición que, si se la piensa bien, se extiende a varios ámbitos de la cultura popular. Suele ser especialmente común en actores y actrices que se vuelven muy famosos de muy jóvenes y que, promediando sus carreras, parecen desaparecer de todos los radares: sus películas empiezan a fracasar, nadie parece recordarlos y algunos hasta se preguntan qué fue de sus vidas. Algunos nunca se recuperan de esa caída, pero otros luego de un tiempo renacen o reaparecen transformados en clásicos, recobrando en su edad adulta el cariño de ese público que supo seguirlos en las viejas épocas.

Sucedió con Clint Eastwood, sin ir más lejos. Con Michael Douglas. Está sucediendo ahora con Michael Keaton: todas estrellas de los ‘70 y ‘80 que fueron descartadas en algún momento y luego volvieron convertidas en clásicos. A algunos el regreso les dura un poco nomás, la ilusión breve del reencuentro con el público gracias a la repercusión de una o dos películas (¿Burt Reynolds? ¿John Travolta?) para luego volver a la semi-oscuridad y a las películas directo a DVD. Otros, vuelven para quedarse y establecerse en el panteón de los grandes.

Kevin Costner está atravesando ese mismo y extraño proceso de renacimiento o redescubrimiento. A finales de los ‘80, este actor californiano que el 18 de enero cumplirá 60 años saltó a la fama de golpe gracias a películas como Los intocables, Sin salida, El campo de los sueños y el triplete (actor-director-ganador del Oscar) titulado Danza con lobos. Entonces, por algunos, no era tomado del todo en serio: se discutían sus condiciones actorales (su registro es específico, clásico, como el de los héroes del Hollywood de siempre, como Clint) y se consideró que su Oscar a mejor director lo merecía ese año Martin Scorsese con Buenos muchachos (lo cual, admitamos, es bastante cierto). Pero era innegable su poder taquillero, lo mismo que su talento como sutil comediante que pocos supieron valorar en su momento. Vean sus películas deportivas de entonces (como La bella y el campeón o Tin Cup, por ejemplo) y notarán que bajo ese aspecto de “americano promedio” hay una inteligencia y una ironía poco comunes.


Los ‘90 fueron más complicados, ya que allí combinó éxitos (JFK, El guardaespaldas y Un mundo perfecto) con películas más endebles. Pero la impresión general es que el fracaso comercial y crítico de la superproducción Waterworld y de su segundo y ambicioso proyecto como director, The Postman, fue el que marcó el final de ese romance de casi una década con el público. De allí hasta hace muy poco fue desapareciendo de la pantalla: más fracasos que éxitos, películas con mínima repercusión (aún algunas muy buenas como su western Pacto de justicia, de 2003) y el olvido súbito de sus fans que parecieron pasar de página.


Pero hace unos años se produjo un doblete que nos hizo dar cuenta que lo extrañábamos. El primero tuvo más repercusión en Estados Unidos que aquí y fue un western en forma de miniserie televisiva (Hatfields & McCoys) que fue visto por 14 millones de personas allí, una cifra enorme para una ficción de History Channel. Costner se llevó su Emmy y su Globo de Oro por ella, y pronto volvieron las ofertas. En poco tiempo lo vimos como el padre de Superman en El hombre de acero y como un personaje clave en el relanzamiento de la saga Jack Ryan en Código sombra. Y, casi sin darnos cuenta, el viejo Kevin estaba de vuelta con nosotros.

Costner pasó por el Festival de Roma a presentar un proyecto muy personal que protagonizó y produjo con dinero de su propio bolsillo, a falta de productoras interesadas en financiarlo: Black or White, un drama interracial dirigido por Mike Binder sobre los problemas entre una familia blanca y una negra a partir de la decisión de cuál de ellas se quedará con la custodia de una niña. Es que Elliott (Costner) acaba de enviudar y ha quedado solo al cuidado de su nieta, cuando evidentemente (es alcohólico) no parece del todo capacitado para hacerlo. Pero los padres de la niña no están para ocuparse de ella (la hija de Elliott murió al dar a luz y su padre, afroamericano y adicto, está en peores condiciones aún que él) y Elliott, que la crió desde siempre, no quiere dejarla en manos de la familia de su yerno.

Mezcla de drama legal con toques de comedia, Black or White no pasará a la historia como una de las grandes películas del actor, pero es evidente que para él es un proyecto que lo toca muy de cerca. Portando una frondosa barba y la asentada figura de un personaje de western clásico (su look fue girando del carilindo de entonces al de un veterano rudo pero sensible, un poco a la manera del propio Eastwood), Costner fue recibido en Italia con un fervor cercano a la devoción. Y allí habló de su vida, de su carrera y de sus proyectos.


-¿Qué es lo que lo atrapó de este proyecto?

-Mike (Binder, que lo dirigió en Enredos del corazón, de 2009) estuvo mandándome varios guiones suyos estos años, pero ninguno lograba convencerme. No porque fueran malos, pero no me hablaban a mí directamente como éste sí lo hizo, desde la primera página. Me enganchó porque era impredecible y nunca obvio respecto a un tema complicado como el racismo. El problema del personaje es que su disgusto con su yerno es personal, pero como es afroamericano se lo considera racismo. Y no es así. No le cae bien el tipo y punto. Creo que es un gran guión que habla de algo muy americano y que tiene algunos monólogos excelentes que me encantaría haber podido escribir yo. Son brillantes.

-Que hayas tenido que poner dinero de tu propio bolsillo para hacerla deja en claro que a Hollywood ya casi no le interesan este tipo de películas. Si no tenés una capa de superhéroe o las hacés por unas pocas monedas, nadie las quiere financiar…

-Yo de entrada supe que no iba a ser una película financiada por los estudios. Ya los conozco y sé cómo piensan. Me sorprendió no encontrar tampoco respuesta por el lado independiente, así que decidí firmar yo mismo el cheque, lo cual habla lo complicado que es hoy producir una película. El guión me pegó tanto que sentía que tenía que hacerla, sí o sí, no la podía dejar pasar ni borrar de mi mente. Miré a mi esposa y le dije: “Tenemos que pagar por esto”. Ella me miró con cara de “por Dios. ¿En serio?” Pero se dio cuenta lo que significaba para mí y me dijo que si creía tanto en ella debíamos hacerla (Nota: se habla que puso 25 millones de dólares propios para hacerla).

-Con un director, productor y protagonista blancos hablando sobre una historia racial con una mirada nada simplista ni condescendiente respecto a la relación entre blancos y negros, ¿no temías una mala reacción de la comunidad afroamericana?

-No, la verdad que no. Siempre me pareció un guión honesto y real que no intenta volverla una historia sensacionalista. Además, no me asusto fácil (risas). En el juicio ambas partes tienen la posibilidad de expresar lo que piensan para ganar el caso y la inteligencia del guión es que ambos discursos son convincentes. Mi personaje tiene que decir cosas muy fuertes contra Reggie (el yerno, encarnado por André Holland), pero también la madre de Reggie (Octavia Spencer) sabe que son ciertas, así que no se lo puede acusar de racismo.

-¿Esos momentos actorales que mencionás, esos discursos tan clásicos en muchas de tus películas, son cosas que buscás en los guiones?

-No necesariamente, pero sí siento que esos momentos pueden ser importantes, que quedan en la gente. Es la magia de las películas, que algo que leés en un papel se pueda volver emotivo en la pantalla, que te posea y que se vuelva algo inolvidable para vos y para la gente. Tuve muy buenos papeles en mi carrera, soy muy afortunado. A veces me pregunto si lo merezco… (risas)

-Sos un actor esencialmente norteamericano, tanto por los personajes que interpretás como por los géneros en los que más se te ve: westerns, películas deportivas, dramas judiciales. Y sin embargo muchas de esas mismas películas son universales. ¿Cuál creés que es el secreto?

-Creo que tiene que ver con que, si bien nuestras vidas y nuestras experiencias pueden ser muy distintas, nuestras emociones son más parecidas de lo que pensamos. Las historias pueden ser muy “americanas” pero uno espera que se vuelvan universales. Hice El campo de los sueños, una película sobre el mítico romance del béisbol con los norteamericanos y el discurso que da James Earl Jones es un discurso que no podría haber escrito ningún jugador tal vez –ni Mickey Mantle, ni Willie Mays– pero que resuena en todos lados. Y en esta película encontré en las palabras de un alcohólico un texto que no te esperás sobre las relaciones entre las razas. Y esas cosas son genialidades literarias que espero que sean comprendidas por todo el mundo.

-De todos los personajes que interpretaste, ¿cuál es el más cercano a vos? ¿O cuál película?

-Por suerte no tengo que repasar mucho: hice personajes increíbles, cowboys, jugadores de béisbol, hice películas políticas y comedias. Películas como Fandango, Tin Cup, Pacto de justicia, La bella y el campeón… Y ahora, en esta segunda etapa de mi carrera, busco grandes papeles también. Siempre voy hacia eso. Me gusta mirar para atrás y sentirme bien respecto a lo que hice, pero todavía quiero más y mejores papeles. En Black or White hago de abuelo y si bien no me veo como abuelo, voy para ahí. Todos vamos hacia ahí… (risas)

Born in the USA
Dice que nunca se cansa de hacer películas y que desde que era chico quiere hacer películas. Lo dicho, este mes cumple 60 años. La cuenta es simple: el hombre se pasó al menos medio siglo pegado de un modo o de otro al cine. Y si eso no merece respeto en este ambiente, nada lo merece.

-¿Nunca te cansás de Hollywood? ¿Nunca pensás en retirarte?
-No. Siempre doy todo lo que tengo. Cada vez que vean una película mía deben saber que hice lo mejor que pude, que cada vez que me levanto trato de dar lo mejor que tengo. Creo en lo que hago y creo que películas como Black or White pueden hacer dinero. Pero no la hice por eso. Cuando voy al cine voy a ver y a escuchar algo que nunca vi o que nunca voy a olvidar. Las películas son eso para mí. Pero también tengo que decir que lo mejor en mi vida es ser el padre de siete hijos…

-¿Cuándo te diste cuenta que querías ser actor?
-Cuando somos chicos jugamos todo el tiempo e imaginamos que podemos hacer cualquier cosa. Muchas de las cosas que imaginamos son las que vemos en la televisión y en el cine. Ahí vi a gente pelearse, resolver problemas, conseguir a la chica. Me enamoré del cine por eso. Me fasciné primero como espectador, sentándome en la oscuridad y mirando la pantalla, y después desde el otro lado. Le debemos tanto a las películas que ni lo sabemos. Aprendemos mucho de ellas y yo nunca me olvido que la gente que mira las películas que hago quiere hacer eso mismo: resolver un problema, montar al caballo y besar a la chica.

-Viendo Black or White uno no puede evitar pensar en cierto cine tipo Matar a un ruiseñor o las películas de Frank Capra. En todo tu cine parece pesar muy fuerte la tradición del cine clásico de Hollywood. ¿Esto es algo que buscás específicamente?
– La gente a veces dice: “¿Qué pasó con las películas? Tantos cartoons, secuelas, ¿Qué pasa?” Y nada pasa. Las películas siguen adelante. Hay fantásticas películas de acción que son divertidas para ir y disfrutarlas con tu Coca-Cola y tu popcorn. A todo el mundo parece gustarle y eso lo entiendo y por eso las celebro. Pero nunca me desenamoré de las historias, nunca me desenamoré de la idea de que las mejores películas son sobre hombres y mujeres. Soy un romántico respecto a lo que era Hollywood y a lo que puede ser. Creo que siempre habrá lugar para una película pequeña que hable de la gente. La bella y el campeón, Danza con lobos, El campo de los sueños son eso. Y yo creo en esas películas, creo en el cine.

– Actoralmente también se puede decir que procedés de una tradición muy clásicamente americana. ¿Lo ves así?
-Clark Gable, Spencer Tracy, Paul Newman, Steve McQueen, Burt Lancaster, Sean Connery, Robert De Niro, Gene Hackman. ¡Mirá esos nombres! Con algunos hasta tuve la suerte de trabajar. Creo en la historia del cine y si sos actor querés ser parte de esa historia. Y eso es lo que trato de hacer en mi carrera. Creo que cuando las películas funcionan, para los viejos y los jóvenes, habrán imágenes, sonidos y momentos que nunca olvidarán. Y cuando hago una película siempre tengo eso en la mente: que tenemos la posibilidad de hacer algo que la gente jamás olvidará. Las películas valen mucho más que lo que hacen en la taquilla. Se pasan de generación en generación y espero que la gente pueda hacer eso con mis peliculas…

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