Cine y Series

Ensayo de laboratorio

El estreno de “La piel que habito” nos da una excusa para repasar la carrera de Almodovar.

Antes de empezar, una advertencia: es casi imposible hablar de la última película de Almodóvar (que es lo que vamos a hacer en esta nota) sin develar algunos giros de la trama. Sin embargo, y por desgracia –al fin y al cabo Pedro nos hace creer que lo que estamos viendo es un pshycothriller-, también es muy difícil verla sin que estos mismos giros se preanuncien (que es bien distinto a que se planten) bastante antes de lo que nos gustaría. A pesar de la bellísima ironía de la última escena y la última línea de diálogo (que nos contendremos de revelar), La piel que habito es una película que sorprende menos por su final que por su desarrollo. Pero, insistimos: si siguen leyendo van a saber quién es quién, quién traiciona a quién y quién se encama con quién. Ahora ya saben.

Una rápida síntesis para que nos entendamos: Robert Ledgard (Antonio Banderas) es un cirujano demente que experimenta con terapia celular en el cuerpo de Vera Cruz (Elena Anaya), porque quiere crear una piel perfecta (a base de retazos de piel genéticamente adulterada e indestructible), porque quiere reconstruir en Vera a sus dos amadas perdidas: su mujer, que se quema mortalmente en un accidente de auto mientras intenta escapar con el hermano estúpido de Ledgard y su hija loca, que se suicida después de atravesar un fallido -y tan sólo supuesto- intento de violación. Cualquier parecido con James Stewart y Kim Novak en Vértigo no es pura coincidencia.

A la Rapunzel, Vera es a la vez princesa y prisionera en El Cigarral, la clínica de Ledgard custodiada por el propio Ledgard con ayuda de Marilia (Marisa Paredes), su ama de llaves inescrupulosa y fiel que es (culebrón: él no lo sabe) su madre. Ledgard, jugando a ser Dios como ya lo hiciera 200 años antes Víctor Frankenstein, construye a Vera a partir de un secuestro, que es además una venganza (y no decimos más para no aguarles toda intriga). Lo que sí agregamos es que casi todo lo que sabemos lo sabemos por flashbacks. Y que, muchos años después, el hermano estúpido de Ledgard reaparece disfrazado de tigre y cree ver en Vera a su ex amor (que es, repetimos, la ex de su hermano). Pero Ledgard también pretende que Vera lo ame. Otra vez los hermanos (más culebrón: no saben que son hermanos) se encontrarán enfrentados por una mujer, que no es una mujer sino un bellísimo monstruo, un engendro con la piel más suave del mundo y un poco de sed de venganza.

Curarse en salud

Si nos guiamos por lo que acabamos de contar, no esperaríamos que la última película de Almodóvar fuera precisamente “seria”; una trama así bien podría estar en la contratapa de un dvd clase B, o Z, o XXX. Pero, créase o no, con La piel que habito (2011) Almodóvar se puso más serio que nunca. Cuando la presentó en Cannes le comentó a un periodista que con su último filme “buscaba la emoción, no el humor”. Sabemos lo que quiso decir: que no pretendía vernos carcajear como con, por nombrar sólo una escena entre miles suyas, aquel gran momento inaugural de Laberinto de pasiones (1982), cuando Patty Diphusa (Fabio McNamara) le dice a su amiga: “Sin dinero nena, no coche, no chica, no tate, no vicio, no rimel. ¡Estoy histérica!”. O como cuando en Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) la Chus Lampreave le explica al acojonado Iván que no puede ayudarlo a esconderse de Pepa (Carmen Maura) porque es wwwiga de Jehová y las wwwigas (¡que eso es lo malo de las wwwigas, hombre!) no pueden mentir. Pero como somos jodidos y psicoanalizados nos remitimos a lo que dijo. Y, remitiéndonos a lo que dijo, nos preguntamos: ¿qué le pasó a Almodóvar que no quiere hacernos reír? ¿Y desde cuándo la emoción no contiene el humor y su resultado directo, la risa? Una emoción, la risa, bastante difícil de provocar cuando se provoca desde la incomodidad, la desesperación y el desamparo, algo que extrañamos muchísimo en su última creación y que Almodóvar demostró con creces que sabe hacer casi mejor que nadie. ¿Cómo? Imaginando situaciones tan delirantes como cercanas y personajes que, por más horribles, patéticos o miserablemente egoístas que sean, siempre son conmovedores porque Dios Pedro (de quien fueron creados a imagen y semejanza) los ama. Sí, Pedro te ama, pero en La piel que habito esto no es tan evidente. En La piel (…) la pasamos bien, pero no nos reímos, salvo en algunos momentos donde el humor parece entrar de forma involuntaria en escena. Y si no nos hace reír, queremos que Pedro nos haga llorar, como ya lo hizo en Qué he hecho yo para merecer esto (1984), en Todo sobre mi madre (1999) o en Hable con ella (2002), por nombrar las tres primeras que nos ponen piel de gallina en el recuerdo. Pero tampoco. Almodóvar dijo que buscaba la emoción, no el humor; y habiendo visto La piel (…) sentimos que Pedro está atajándose. ¿De qué? Al igual que Robert Ledgard, Almodóvar parecería querer atajarse de la inminente venganza de su propio engendro. Así como Ledgard intuye que Vera no va a amarlo nunca, Almodóvar, opinamos, intuye que su película no llega a tocar la fibra íntima. Especie de remake encubierta de Átame (1989) aunque no tan buena como esta, La piel que habito podría ponerse en la Santa Trinidad con Kika (1993) y Los abrazos rotos (2009): las creaciones más antiemotivas del genio español.

Científicos locos

La película abre con un plano etéreo, limpísimo, misterioso, mucho más misterioso si recordamos que estamos viendo una de Almodóvar, aunque algo menos misterioso si pasamos vertiginosa revista a la filmografía del manchego y notamos, sin mucha dificultad, que el camino de Almodóvar hacia la sofisticación parece no detenerse: Vera, una Elena Anaya más delgada y más hermosa que nunca (la misma femme ideal que Almodóvar viene reeditando desde siempre, primero con Victoria Abril, después con Penélope Cruz), Vera elonga con preciosismo zen en un sofá que se recorta sobre un fondo perfectamente blanco; todo su cuerpo está recubierto por un finísimo traje de látex que opera como segunda piel. Allá lejos y en el tiempo quedaron los sidosos, los lúmpenes y los desbordes kitsch. Lo que vamos a ver, nos advierte Almodóvar, es el quirófano de dos científicos dementes: el del cirujano Ledgard, sí, pero también el del propio Almodóvar, que construye su película a base de costuras entre todos los géneros posibles (ciencia ficción, thriller, suspense, terror, melodrama, culebrón venezolano), construyendo así su propio Frankenstein, y eliminando con precisión quirúrgica toda la mugre, los ruidos y la geografía sobresaturada a la que nos acostumbró durante casi veinte años desde Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) hasta, más o menos, Todo sobre mi madre (1999). La misma geografía a la que viene desacostumbrándonos de a poco, otra vez más o menos, desde Hable con ella (2002).

La búsqueda inútil

Como última estación de una filmografía que, si tuviéramos que bautizar, bautizaríamos “Un tranvía llamado deseo, reviente y destrucción”, La piel que habito podría parecer una vuelta de Almodóvar a su cine más oscuro, aquel marcado por películas como Matador (1985) y La ley del deseo (1986). En Matador, María, antes del sexo, le pregunta a Diego: “¿Te gustaría verme muerta?”, y él, sin pensárselo mucho, le responde: “Sí, y que tú me veas muerto a mí”. Algo, está claro, técnicamente imposible. Porque esta es la condición humana de la que, parece decirnos Almodóvar, nadie puede escapar: el deseo como falta y pérdida, el amor como tejido a la vez imposible y forzoso, venenoso y salvador. Aunque tratado en distintos registros, este tema reaparece en casi todas sus películas y La piel que habito no es la excepción: Ledgard nunca, y tampoco, podrá recuperar el paraíso perdido. Pero en La piel (…) se ausentan gran parte de los temas y marcas de autor, lo que nos hace pensar que más que frente a una vuelta estamos en un punto de llegada. Las perversiones sexuales, uno de sus favoritos, no terminan de alterarnos: frente a la proverbial lluvia dorada de Pepi, Luci, Bom (…), las operaciones que Ledgard ejecuta sobre el cuerpo de Vera parecen casi sanas de tan prolijas. La trama de la homosexualidad no tiene aquí casi lugar. Tampoco tenemos grandes mujeres, como las de Volver (2006), ni fuertes críticas al catolicismo como pasaba en Entre tinieblas (1983). No hay travestidos ni vestuario exuberante. Parece un pasado muy lejano el de Almódovar y McNamara cantando amor de ratas, amor de cloaca, amor de alcantarilla, amor de basurero. En La piel (…) estamos frente a un amor de laboratorio, lujoso y frío.

Almodóvar dijo que con esta película buscaba la emoción, pero, ¿cuál buscaba? No lo sabemos, aunque sabemos la que encuentra: la extrañeza frente a la locura, la desolación frente a la soledad del genio. No tanto por ver a Robert Ledgard intentando construir, de a retazos, una perfecta piel imposible. Sino, sobre todo, por ver espejado en este genio loco al propio Almodóvar intentando construir, a base de retazos de géneros y de instrumentos esterilizados, la perfecta película imposible.