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Columnistas

En la vida real

¿Desde cuándo empezamos a competir con los twitts en la vida real?

Por María Vilhena
Ilustración: Ariel Escalante

Fui a ver solo una película al último Bafici. No porque no quisiera ver más (no me vengan con que es snob o que está lleno de hipsters: las películas se dividen en buenas o malas, estés sentado junto a Chano de Tan Biónica o al Momo Venegas), sino porque llegué tarde a las entradas de todas las demás. Sospecho que había disponibilidad para ésta porque su título era impronunciable: TPB:AFK (The Pirate Bay away from keyboard). Me gustó, sí; pero sobre todo me perturbó. Les resumo el argumento: tres nerds suecos con cara de ver muy poco el sol son llevados a juicio por haber inventado el mayor tracker de bit torrent del mundo, algo así como un mega servidor-intermediario de sitios para bajar películas y música de manera gratuita (y según las corporaciones del entretenimiento, ilegal), llamado The Pirate Bay. La cuestión es que, en un momento del juicio, la abogada que defiende a los estudios de Hollywood usa el término “IRL”, y uno de estos cerebritos anárquicos se ríe con gesto irónico.

-¿Lo estoy diciendo mal? -se altera ella.

-Sí. Nosotros no usamos IRL (por “in real life”, en la vida real). Decimos “away from keyboard” (AFK, fuera del teclado) porque pensamos que todo lo que pasa en Internet es vida real.

No solo me cayó la ficha del significado del título impronunciable, sino que tuve cierta sensación reivindicativa del Tercer Mundo: en Suecia vivirán muy bien, pero estos pibes están quemados. Nosotros, al menos, todavía vivimos en el mundo real real.

Lo sé: no fue un pensamiento digno de Bertrand Russell, al punto de que se desvaneció en el instante en que me senté en la pizzería (ahora de Recoleta) para pedir la muzzarella de rigor pos cine, miré alrededor y el cincuenta por ciento de los clientes tenía su celular junto al tenedor; el otro cincuenta estaba con sus deditos engrasados sobre algún tipo de pantalla. Bebiendo y comiendo, sí, pero también poniendo “me gusta” en algún post, ideando un hashtag con la ilusión de que sea un hit, posteando la foto de un perro disfrazado de azafata, peleándose con algún k o antik en ideas de menos de 140 caracteres.

Lo más desalentador fue comprobar que mi compañero de cine también estaba más interesado en contarles a sus followers qué película acababa de ver que en tener conmigo la típica charla ¿Y? ¿Qué te pareció? Sé que en ese momento su cerebro se debatía entre prestarme atención a mí, ser humano real con una conversación unilateral, o en sumergirse en ese universo de miles de conversaciones que se multiplican y potencian entre sí, que se confirman en sus genialidades o se castigan con el silencio (de qué sirve un post en Facebook que no cosecha un solo “me gusta”) y que seguramente son mucho más estimulantes o potencialmente estimulantes que mis pensamientos a lo Bertrand Russell.

Levante la mano la que alguna vez tuvo celos de un celular. Levante la mano la que tuvo que retomar una y otra vez una idea por culpa de interrupciones del prip prip hasta que se dio por vencida y se dio cuenta de que nada de lo que dijera iba a ser más interesante que ese post que alguna estrella de Facebook acababa de hacer. Levante la mano la que alguna vez tuvo ganas de decir “por qué no apagás el aparatito por un rato”.

Hubo un tiempo en el que el mayor competidor de una mujer a la hora de captar la atención de un hombre en un restaurante, por ejemplo, era un televisor clavado en un partido de fútbol. Pero supimos ganar la batalla solo con una movida: sentándonos nosotras frente al televisor, obligando al otro a darle la espalda a ese placer infinito de ver patitas tras una pelota.

Ahora la amenaza es más sofisticada y forma parte de un entramado mundial de blas blas y prips prips que viajan por un mundo que, al parecer, dejó de ser todo lo virtual que creíamos que era. ¿En qué momento mi charla de carne y hueso frente a este caballero empezó a competir con los twits en tiempo real de @chiquitaguerrera? ¿Qué da más satisfacción, que yo me ría por una ocurrencia suya entre bocado y bocado o que 25 personas le pongan jaja en su muro? ¿En qué momento la autoestima real empezó a depender de un click? ¿Será que incluso yo soy más interesante en la versión dentro del keyboard que fuera de él?

Ahora que compruebo que podríamos estar tan quemados como aquellos nerds suecos, solo resta depositar nuestras esperanzas en los inventores de correctores químicos (llamémosle Rivotril): ¿para cuándo la pastillita para controlar la adicción de mirar el telefonito?