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Música

En estado de rock

Uno de los músicos y productores argentinos con mayor recorrido en el rock nacional, editó hace unos meses su trabajo Disco, donde busca hacer “conceptualmente arte pop”.

Por Walter Lezcano
Foto: Juan Carlos Casas

Si hay un músico argentino que puede ser considerado un verdadero artista, ese es Daniel Melero. Es que buena parte de la historia del rock de este país pasa por sus espaldas: pionero del tecno argento con su primera banda, Los Encargados, fue el responsable de los teclados en el primer disco de Los Redonditos de Ricota, Gulp! Considerado “el cuarto Soda Stereo”, también grabó Colores Santos, un disco a dúo con Gustavo Cerati y fue el mentor y productor de muchísimas bandas, entre ellas, Babasónicos. Además, grabó discos que se convirtieron en pequeños clásicos de culto como Rocío, Travesti o Piano. Un verdadero artista: un compositor preocupado por convertir el pop en una de las bellas artes.

Melero es minucioso, está en los detalles. Desde ahí, le presta atención a las formas sonoras y a los contenidos; a los conceptos y a las ideas. Pero el detalle que nunca se le escapa y donde tiene puesto el ojo, es y será el presente. Para demostrarlo, editó hace unos meses, Disco, un trabajo que bucea en la fiebre de la noche, la discoteca y la mercantilización de la vida. Una obra con muchas máquinas pero también con una gran sensibilidad funky, que logra melodías bailables sin perder de vista lo irónico de estar vivo en un mundo donde todo está en venta.

– ¿En qué momento de tu vida te encuentra la salida de Disco?
– Sin ninguna duda el momento es el de una construcción. Desde el punto de vista artístico tenemos una banda y un equipo de trabajo estable. Y eso fue, de alguna manera, lo que permitió que el disco se pudiera hacer. Ir al estudio sin ningún plan, ni una letra, a crear en tres o cuatro jornadas. Eso es parte de una construcción que nunca había hecho en mi vida. Entonces, en cierto sentido, es el producto de la experiencia y de saber rodearte. Probablemente este disco a los 25 años no lo hubiera sabido hacer.

– ¿Hubo alguna influencia previa o interés tuyo que salió durante la grabación?
– No tenía intención de hacer un disco que tuviera un flirteo con lo bailable. También todos somos recursos para el otro en el grupo. Yo vi que había una gran posibilidad de trabajar en una zona más groovera. Pero después todo fue un rompecabezas que se fue armando solo. Mientras estaban grabando los chicos, me crucé al supermercado chino de enfrente del estudio a comprar bebidas y tenían unos banderines que formaban la palabra Bienvenido. Ahí me di cuenta que tenía que haber un tema con ese nombre en el álbum; eso fue claro. Y hay en el disco una serie de elecciones de ese tipo que lo relacionan con el arte pop. Conceptualmente arte pop. Es un poco aprovechar lo que parece una coincidencia. Yo creo que todo tiene intenciones oculta. A veces uno las devela y otras las devela mal. Muchas cosas no producen paranoia y deberían. Otras deberían producir paranoia y no la producen. Otras producen alegría, tristezas y a veces son equívocas. Pero uno las puede usar como inspiración. Si se quiere, es un álbum un tanto irónico.

– Trabajás todos tus discos a partir de conceptos. ¿En qué momento encontraste el concepto detrás de este disco y cuál es ese concepto?
– Meses después lo encontré. Con el disco ya en casa y empezando la mezcla. Me di cuenta de que podía tener un armado interesante. El disco transcurre durante un espacio publicitario. Comienza con
Vamos al corte. Lo que habla claramente de la intención. Después me di cuenta de que si ponía Fin del espacio publicitario todo eso se organizaba. El concepto es el armado supuestamente televisivo: con eso quise trasmitir la hipocresía del mundo y vivir alegre dentro de eso, encontrar aspectos de felicidad adentro de eso. Hay un aspecto de la música disco que para mí es muy fuerte en el álbum y no tiene tanto que ver con lo musical sino con la tragedia. Hay grandes canciones de la música disco que son canciones de amor muy trágicas, como I will survive de Gloria Gaynor. Trabajé mucho en esa clase de ideas. Pasa que la vida es una experiencia realmente miserable pero es lo único que tenemos. Al otro lado vas a ir seguro. Entonces se trata de pasarla lo mejor que se puede y de hacer algo por los que uno ama y a veces también por los que uno no siente nada. Tener una actitud que sea no destructiva.

– En este disco hay un trabajo de interpretación casi actoral con tu voz.
– A partir de
Piano empezó eso. Piano me hizo reveer una cantidad de cosas. Yo creía que el núcleo de mis canciones eran los sonidos. Pero no, había melodías interesantes ahí también. El reducir completamente la instrumentación me llevó al plano de la interpretación vocal. En Piano me convertí en cantante porque se me terminó de acomodar la voz. Y en este disco mi voz es muy actuada. Y lleva todo a planos muy extensibles. Mi voz es muy grave y acá trato de bajar los tonos y cantar sabiendo que va a sufrir ese efecto. Y fue todo en el estudio, en sesiones intensas. Los trucos de grabación siempre me encantaron. Y se convierte el estudio de grabación en un elemento de creación. Eso está muy olvidado ahora sobre todo con la viabilidad que da la computadora para grabar en casa y lo económico que es. Esto ha hecho que uno se olvide del valor de un buen micrófono, un buen cable que esté en condiciones. No soy un audiófilo pero esas son diferencias muy notables. Cuando voy al estudio uso las cámaras de reverberancia de la década del 60 que son como ataúdes y tienen un sonido único. Ese fue un caudal muy importante para el disco. Está muy olvidado ver al estudio como herramienta de creación y yo lo tengo muy claro.

Festivales y fascismo
De un tiempo a esta parte, Daniel Melero se armó su propio circuito de lugares donde tocar. Pequeños teatros tradicionales, locales bailables o bibliotecas son los espacios que elige para mostrar sus obras elegantes. Detrás de esta decisión hay una búsqueda: la de recuperar el estilo.

– Estás tocando en lugares extraños para un músico de rock. ¿Qué es lo que no te gusta de los festivales de la actualidad?
– La proporción. Es una proporción fascista. Igual, no hay nada más fácil que tocar para una multitud porque nadie te ve. El show más fácil de mi vida fue en la 9 de julio con Soda Stereo: el primer espectador estaba a 30 metros. No saben qué pasa: no vieron al artista y después miraron pantallas. Para peor, ahora ven las pantallitas del celular. Esta es una era donde todos somos prosumidores: consumimos produciendo para YouTube. Por eso, estamos tocando en discotecas. Es un ámbito muy lindo, ideal, para lo que estamos haciendo. En estos festivales tocan miles de bandas a las que nadie va ir a ver. La gente paga un ticket carísimo para ver dos luminarias como mucho y bien entrada la noche. A esos lugares no podés ir vestido de fiesta porque te vas a llenar de polvo, te vas a ensuciar. Hay una propuesta de que la elegancia no es importante. A mí me parece que eso no es ser un buen anfitrión. Yo no quiero eso para la gente que me va a ver. No digo que hay que venir a verme en smoking. Pero sí creo que hay algo que sucedía antes: el estilo. Y es muy económico tener estilo. Lo caro es comprarse esas zapatillas horribles y demás. Me parece muy poco rockero todo eso. Para mí rockero es: si no puedo pasar, pedir permiso. No empujarse como ganado. No me parecen nada interesante esos festivales. Yo entiendo el pogo en un club si hay 300 personas. Lo otro son gestos sin contenido. Es muy poco interesante una chica subida a los hombros de su novio mostrándole las tetas al cantante de una banda.

– ¿Qué es ser rockero en el siglo XXI?
– Gran parte de lo que creo es que ser rockero es ver qué no hacés. Hay un montón de cosas que no hago que podría ser una definición de lo que es ser rockero. Los griegos, los aztecas, miraban el cielo y dibujaban constelaciones porque sólo veían qué dibujos formaban las estrellas. Otros pueblos, al mirar el cielo, sólo miraban la oscuridad y por eso no tienen constelaciones: tienen seres que están entre la luz. Eso me parece súper rockero: mirar aquello que parece invisible y a la vez ponerle brillo propio. Lo que he observado en las bandas que a través de los años me ha tocado producir, es cierta constante: muchas de ellas piensan que tienen un secreto. Hay algo como de cofradía y están en estado de rock. Como si dijeran: no cualquiera puede entrar acá. Esa idea tiene algo de secta porque el rock es sectario. El rock no debe ser jamás un brazo operador de ningún sistema, ni siquiera de la democracia. Yo soy anarquista políticamente. Ser brazo operador de la política no es rockero. Ir a tocar en un evento en la puerta de la casa de gobierno no es rockero. Estoy seguro. Puede ser un espectáculo popular pero rock no es. Cantar el himno en un acto no es rockero. El rock es su propia patria y son glóbulos, como células terroristas.

– ¿Qué le dio y qué le quitó internet a los músicos?
– A mí me dio un montón. Por empezar me dio una cantidad de información tremenda. Inspiración también. Después está el tema de la piratería que me parece una barbaridad. Porque yo estoy en contra de la piratería. La piratería es replicar un producto y venderlo como si fueras el propietario. Compartir información es otra cosa. Bajar una carpeta compartida no es lo mismo que venderle a alguien un material que es de otros. Y quieren igualar compartir información con ser un pirata. Y muchas veces lo que se pretende es no perder tu nicho de estafa. Me parece más que bienvenida Internet. Yo no soy un artista que te bombardee desde los medios para que me consumas. Entonces, alguien un día por ahí lee una nota me conoce y me compra. Creo que mi gran amplificador es la prensa. Mucho más que la difusión. Pero para generar esa curiosidad desde los medios tenés que tener cierto discurso. Yo leo las notas de los músicos y lo que dicen parece sacado de una gacetila de prensa. Porque además están obligados a hacer un disco. No es que graban cuando tienen algo para decir. A mí me da la posibilidad de generar curiosidad en la gente y que ellos escuchen lo que hago sin que salgan de sus casas. Los artistas malos venden discos también. Igual, los discos hoy en día son piezas de merchandising.

Falta de estrategas
Como hombre inquieto de la escena rockera argentina, Melero produce, escucha y curiosea en la búsqueda de sonidos que lo conmuevan. Pero lo que también busca son músicos que tengan un plus de originalidad desde el plan y la operación: que su cerebro sea el verdadero motor.

– ¿Cómo ves el rock argentino de la actualidad?
– Acá siempre escuché música maravillosa. Lo que sí hay es una tendencia a implotar. Creo que hay una falta de diferenciarse para ocupar un espacio. Eso es clave. El rol verdadero es hacer algo diferente pero tenés que encontrar el canal para saber decirlo. Y a veces eso puede pasar por no tocar en vivo y hacer instalaciones o transmitir por internet. Utilizar las herramientas que hay hoy y repensarlas. Porque muchos músicos gastan mucha plata en hacer un disco y luego no piensan en el próximo paso. Para un artista de mi clase, hacer discos es lo que me permite tocar. Antes yo tocaba para que exista el disco y ese era el negocio. Ahora es al revés y si no lo sabés ver así te va. Los artistas tienen que encontrar su caudal de diferencia. Te lo digo así: hay muchas bandas y músicos pero no hay estrategas.

– Por último, quería preguntarte por lo que ocurre con Gustavo Cerati. En todo este tiempo no hablaste de él en ningún lado.
– Es que no lo hago. No corresponde. Es algo muy delicado. Es un amigo que está enfermo. Y la amistad es algo privado.

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