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Entrevistas

En el nombre de la risa

Actor, conductor de radio y periodista, asegura el único límite para el humor es que el chiste le cause gracia al autor.

Por Solange Levinton
Fotos: Juan Carlos Casas

Como si se tratara de una canilla manipulada para liberar dosis justas de acidez, histrionismo y desvarío, durante toda la entrevista Sebastián Wainraich hace bailar sus palabras entre el humor, ese terreno donde cada una de sus frases parecieran caer como semilla en suelo fértil y el compromiso por ofrecer respuestas de la forma más sensata posible.

Pero al final de cada oración su mirada anticipa la posibilidad de desbarrancar: a cada una de sus palabras le sigue la caprichosa intención de soltar cadena. Es como si casi en forma intuitiva siempre, al final del camino, se le soltara un gag.

Es que Wainraich no “trabaja de”. En sus múltiples roles como periodista, humorista, actor y conductor, supo construir una carrera donde su mayor virtud es no dejar nunca de ser quién es: “Aunque labure en un guión ajeno, necesito meter mano y ser siempre un poco autor”, reconoce.

“Buey solo bien se lame” reza el dicho y si bien Sebastián exhibe un listado extendido de propuestas artísticas grupales, tal vez la obra que mejor lo defina sea “Wairaich y los frustrados”, el unipersonal que presenta a sala llena cada fin de semana en el Maipo.

Resulta que esta propuesta que comenzó tímidamente en un café concert y que desde hace un año mudó a la calle Corrientes, condensa perfectamente la esquizofrenia creativa del conductor radial del eterno programa “Metro y medio”.

Primero, interpreta a tres personajes desgarrados en sus miserias: un hombre descontento con la distancia que media entre la Alemania nazi y la Argentina actual; un futbolista frustrado apañado por una relación patológica con su madre, y una mujer lisa y llanamente derrotada por la vida.

En la segunda parte, la obra se condensa en un monólogo de stand up donde Wainraich se propone indagar sobre la felicidad, ese deber casi obligatorio que se nos impone como una ley marcial a la que nadie sabe bien cómo acatar fehacientemente.

“Es que las frustraciones -afirma felizmente apocalíptico- son un motor que te hace mierda todos los días un poquito y te lleva lentamente hacia la muerte”.

-¿A vos qué cosas te frustran?
-Deportivamente no me dio para ser futbolista profesional, pero al menos me hubiera gustado jugar mejor con amigos, ser el héroe o que simplemente me eligieran en el pan y queso. Por otra parte, me hubiese gustado tener una educación más formal, académicamente hablando. Entré a la UBA 37 veces y no sirvo para eso. Estudié periodismo, guión, hice cursos de teatro, UBA XXI ochenta veces para Sociología, Ciencias de la Educación. Me gusta leer, soy inquieto, voy al cine, miro películas, series pero no podía seguir la disciplina. Siempre preferí trabajar.

– ¿Qué descubriste en esta primera experiencia de subir solo a un escenario?
-Que soy muy ansioso e inconscientemente me di cuenta de que esta obra la escribí simplemente para satisfacer mi ansiedad. Porque estoy en el escenario todo el tiempo, no tengo que esperar, me cambio en el escenario, no paro de hablar: hago mi laburo y me voy.

Tierra de stand up
Junto con unos pocos más, Sebastián Wainraich fue pionero del stand up en la Argentina. Eso, que creció desde los bares, sigue creciendo y hace rato que llegó a los teatros. A la masividad, tanto en público como en neo Seinfelds que se creen aptos A para pararse frente al público. Y con esa masividad, por supuesto, llegó la crítica. Una crítica que, en ocasiones, puede volverse despiadada.

-¿Por qué creés que se multiplicó tanto la oferta de stand up?
-Es que hacer un espectáculo de stand up tiene una logística simple: es un micrófono y una persona hablando. No es tanto quilombo llevarlo adelante, digamos que es más fácil que hacer un musical. Después es como todo: mal hecho es horrible y bien hecho es genial.

-La crítica no es muy benévola con el género, ¿A qué se lo adjudicás?
-Hay como un movimiento donde criticar al stand up es re canchero y re cool. Pero eso me parece que la da importancia al género y le otorga una presencia fuerte. Dicen que no es teatro y está perfecto. No sé si es importante definirlo y me parece que a veces perdemos mucho tiempo con las definiciones. Ahora hay como un boom pero creo que el tiempo solito va a ayudar a decantar quiénes quedan y quiénes no.

-¿Qué creés que cautiva tanto al público?
-Principalmente creo que hay una identificación con el tipo o la mina que está ahí arriba desgranando un monólogo. Los temas son cotidianos para todos y, en algún punto u otro, el público se siente interpelado. Además, los espectáculos de stand up no exigen una concentración que sí te pide una obra de teatro. Habría que ver bien los números, pero me parece que hoy por hoy la comedia atrae más que el drama.

Se levanta y como si sostuviera un micrófono grita: “¡Ahora nos van a pasar los números de las boleterías!”. Nadie conwwwa. Se sienta.

-¿En qué se diferencia el stand up del viejo monólogo, género criollo por excelencia?
-Creo que antes se hablaba más de lo social y lo político, mientras que el stand up está casi siempre hecho en primera persona, es más autobiográfico. Igualmente tiene algo de social porque está hablando de situaciones cotidianas, pero creo que la gran diferencia está marcada por el contexto, con las formas de hacer las cosas y que hoy son un poco más informales.

-El espectáculo estaba planteado por seis semanas y ya llevás un año. En radio estás hace siete años y venís haciendo ediciones de “Cómico” desde hace cuatro. ¿Qué efecto tiene el tiempo en tus trabajos?
-No es algo que pienso. Me parece que el tiempo de permanencia se da por un contrato entre el público y yo. Y por ahora seguimos los dos con ganas. De todas formas no deja de sorprenderme eso de que la gente saque entradas y reserve con anticipación. Yo por ese público tengo que dejar la vida arriba del escenario. Por el público que saca media hora antes no dejo nada. No, mentira.

-¿Te pesa la expectativa que el público tiene sobre vos?
Está buenísimo. Igual lo podés tomar como una presión insoportable o como una alegría infinita. Yo lo tomo como las dos cosas. Igual ser objeto de la expectativa de alguien es fuerte.

WainraichAl infinito y más allá
Dice que no tiene un proceso creativo. Afirma que cada trabajo tiene su propia lógica. Y hasta da ejemplos. Es evidente que a Wainraich la educación formal todavía le tira. “En la obra fui buscando los personajes a partir del ensayo mientras que en la tele combinaba el guión con la improvisación. En radio, me la paso mezclando esa cosa de conductor y comediante que se ceden y chocan todo el tiempo. Al humor lo voy encontrando, de distintas maneras, pero lo encuentro siempre”, asegura.

– ¿Tenés algún límite?
-Para mí se pueden hacer chistes con cualquier cosa y cualquier tema pero es fundamental que esos te causen gracia a vos, porque si lo hacés para provocar y decir “mirá los huevos que tengo que hago un chiste con desaparecidos” me parece una pelotudez. En lo personal yo todavía no puedo hacer chistes con desaparecidos. No por una cuestión moral sino porque no me sale, no me causa gracia todavía.

-¿Te arrepentís de haberte reído de algo?
-Antes en un Cómico hacía chistes sobre campos de concentración y cuando me di cuenta que lo estaba haciendo para provocar, los saqué. No me sentía a gusto con el chiste ni le veía la utilidad. Digo, provocar es lo más fácil del mundo. Vos podés subirte a un escenario y decir cualquier barbaridad sobre cualquier persona y suponer que es gracioso.

-¿Lo ves mucho eso hoy?
-Sí y los dos estamos pensando en el mismo..

-¿En quién?
Vuelve a levantarse. Pide desesperadamente que probemos un sillón de madera que compró hace poco y cuya fisonomía augura dudosa comodidad. “¿Vos todo bien?”, pregunta y se vuelve a sentar. “Vamos con otra cosa”, pide.

-En tus monólogos el judaísmo y la culpa son temas recurrentes. ¿Cuál es tu verdadera relación con la religión?
-Es una contradicción permanente entre creer y no creer. Entre pensar que es una mierda y que está bien. En realidad es una relación indiferente de ella hacia mí, porque yo pienso en la religión pero la religión en mí no piensa una mierda. Igual me gusta esa rosca de estar trastornado por no saber bien qué es. La religión es un invento maravilloso porque le hacen creer a un montón de gente que existe un ser superior- no estoy diciendo que es mentira, sino que se da como una realidad- te dan un reglamento y si te portás bien acá, después te va a pasar tal y cual cosa.

 – Lo contás como si para vos tuviera cierto cariz infantil…
– Sí, totalmente. Eso de creer en un ser superior que además puede castigarte. A la vez hay gente religiosa súper interesante para hablar y escuchar porque las religiones tienen un trasfondo social. A veces me jode un poco que estén teñidas por una actitud tan solemne y susceptible.

Lo crudo y lo cocido
Como si fura parte de un monólogo, Wainraich, ataca: “Ser conocido a veces me da vergüenza y otras me ayuda. Yo soy un poco tímido y está bueno que todos sepan qué hacés, de qué laburas y otras cosas de tu vida. Pero cuando no me reconocen es un quilombo explicar. Por otro lado, yo soy muy de perderme en la calle y cuando le pregunto a alguien que me reconoce alguna indicación se pone a gritar “¡Mirá quién está!” y al final nunca me conwwwan”, dice.

-¿La fama tiene un lado B?
– A veces no está tan bueno si voy con mis hijos y me piden una foto. Mi hija Kiara (que tiene con la actriz y locutora Dalia Gutmann) tiene seis y ya para a la gente en seco, tiene la valentía de la mujer para decirles: “Vos no tenés ningún derecho de obligar a mi papá a sacarse una foto con vos”.

– ¿Cuánto te conoce alguien que te escucha en la radio?
– No sabría decirte, pero sí me encanta que se genere esa sensación entre quienes me siguen en Metro y Medio. Todo lo que sucede en la radio es real pero también es una relación muy unilateral.

¿A veces pensás qué pasaría si “dejás de funcionar” en los medios?
– No me lo imagino por ahora. Igualmente, el temor o la sombra de que venga alguien y diga “No más. Basta de este pelotudo” está siempre. Y que suceda es natural también, pero yo soy una persona independiente capaz de generarme mis laburos.

– En 2010 dejaste TVR, un programa con una postura política muy clara y en radio te enojás con los que te piden que tomes una posición. ¿Te molesta que se espere eso de vos?
-Yo tengo una postura: a veces estoy de acuerdo y a veces no. A los que no estamos decididamente de un lado nos llaman “tibios”, cuando en realidad hay una tibieza para hablar de todo que es alarmante. La tibieza está en banalizar absolutamente todo, y eso es algo bastante menemista. Es un poco insoportable y cada uno quiere sumar gente a su tropa. Si hace 10 años vos fuiste Hitler pero ahora pensás como yo, vení. Si no pensás como yo, te muestro que fuiste Hitler. Me voy enojado. Chau.

Se levanta de nuevo. Va hasta la cocina. Se acoda en la barra. Mira seriamente con una expresión que podría ser odio pero que causa gracia. Después de la risa, con el objetivo cumplido vuelve a su lugar. La entrevista sigue.

El fin de la televisión
El grado de exposición puede ser alto. Pero quizás lo más difícil de medir sea la repercusión de lo que se dice. Para esto, Wainraich tiene su método: olvidarse del asunto. “Me parece que es necesario olvidarse porque sino te volvés loco. Y lo que te ayuda a olvidarte es el hecho de que la opinión del otro es inmanejable: lo que alguien puede opinar de vos o de lo que estás diciendo, es delirante. Uno puede hablar a favor de River y pueden acusarte de ser hincha de Boca. Y no hay nada que puedas hacer para remediarlo. Antes me preocupaba y sentía la necesidad de sentarme con cada uno a explicarle. Hoy, prefiero desdramatizar”, afirma.

-Hablando de desdramatizar, en uno de los monólogos de “El mundo desde abajo” el late night show que hacés con Julieta Pink por TBS dijiste que la tele estaba llegando a su fin…
– ¿Dije eso en la tele? Es un milagro que tenga trabajo todavía.

-Pero, ¿Lo pensás?
-No es que se esté muriendo pero hay un proceso que está ante los ojos de todos y frente al cual no podemos hacernos los giles. La tele está perdiendo su lugar de a poquito. Con la tecnología, eso de esperar a que empiece un programa es anacrónico. Mis viejos sí lo hacen, mi sobrino de 14 no. Es eso. No significa que murió la tele, sino que estamos presenciando un proceso. Poco a poco creo que la pantalla se va a dedicar a las noticias y al evento deportivo.

– ¿Es el momento entonces para romper los moldes?
-Y, claro. En este momento, como están bajando las mediciones, la tele debería irse a la mierda en el mejor de los sentidos. En algunas experiencias que tuve como productor de televisión, cuando el programa no caminaba y empezaba a medir cada vez peor, empezábamos a hacer lo que queríamos. “Invitemos a Silvia Süller”. Y cuando te avisan que te van a levantar, peor: hacés la que te pinta. Y por lo general queda buenísimo. Ahí es cuando te preguntás por qué no hiciste eso siempre.

– ¿Proyectos?
– Seguir con Wainraich y los frustrados, con Metro y medio en la radio y estoy escribiendo un guión para mi primera peli. Se trata de un matrimonio que sale una noche después de muchos años de casados. Es una comedia romántica en la que yo pienso actuar.

¿Quién sería la actriz?
– Ya la tengo apalabrada. Te lo digo pero que no salga de acá: Sofía Loren.

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