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Entrevistas

Embajador latinoamericano

Con su nueva película, El Ardor, recién estrenada, el actor mexicano habló con Bacanal de cine, pero también de fútbol, de sus amigos, de mezcales y de tequilas.

Por Diego Lerer
Fotos: Jazmín Arellano

Piso 17, el más alto del Hotel Boca Juniors, ubicado en el centro de Buenos Aires. “Es Schiavi”, dice Gael García Bernal, refiriéndose al dibujo que cubre la puerta del cuarto en el que se desarrollará la entrevista, justo enfrente de la Suite Diego Maradona. No me convence. Se parece un poco a Schiavi, sí, pero el lugar de privilegio, allí arriba, junto al cuarto maradoniano con jacuzzi en la terraza suena un poco exagerado. “Para mí, es”, asegura el actor mexicano. Y parece saber de lo que habla.

Gael es futbolero. De los Pumas de Guadalajara, para ser más preciso. “Sufridos, como los de Racing”, dice, resignado. La charla irá yendo por ese lado. Es que hace poco García Bernal tuvo todo un conflicto diplomático con Holanda por una serie de tuits cruzados entre él y la aerolínea KLM cuando Arjen Robben, con su falso penal, eliminó a México en el último minuto de los octavos de final del Mundial. Es que la compañía holandesa no tuvo mejor idea que burlarse de los mexicanos con un tuit que rezaba “Adiós Amigos” y un ofuscado Gael –segundos después de la dolorosa derrota, con los nervios alteradísimos– contraatacó tuiteando: “Nunca más voy a volar en esa aerolínea de mierda”, entre otros irreproducibles epítetos en inglés.

Fue tenso eso –se ríe– Me disculpé después y me terminó escribiendo el Rey de Holanda aceptando la disculpa. Le dije que en ese momento perdí el sentido del humor y él me dijo que para perderlo hay que tenerlo. Es cierto, pero es que hay buen humor y mal humor, y el bueno necesita timing. Y el tuit de KLM no lo tuvo”.

– Fue intenso el Mundial, ¿no? ¿Cómo lo viviste?
– Estuvo bien bonito, cabrón. Me la pase bien, no quería que acabara. Pero el nivel de violencia que me dio la derrota de México… puta, no había sentido jamás tal rabia, tal sensación de querer salir a romper todo. Me enojé de una manera tremenda. Hay algo como muy esencial atrás de eso. Ya todos sabemos el cochambre que es la FIFA y aún así le invertimos todo tipo de esperanza, pasamos de la pasión al infierno.

– Tal vez los holandeses no lo viven tan así y por eso pueden bromear un minuto después de un final tremendo como ese…
– Puede ser. Y Argentina también hizo un gran mundial, güey, se fue armando y encontrando el equipo. Fue destruyendo el juego del otro y eso es difícil, requiere mucho trabajo. Alemania, salvo en el gol, no le pudo entrar. Tal vez no sea el fútbol más bonito para ver, pero Italia ganó varios mundiales así. Y México tuvo momentos buenos cuando se la jugaban, pero el problema fue cuando empezaron a pensar en manejar el marcador y ahí la cagaron. Vino este innombrable e hizo lo que hizo. Tremendo jugadorazo, pero “gachísimo”, cabrón…

– El Mundial fue justo después del Festival de Cannes, donde fuiste jurado. Sé que no podés hablar de los debates, pero ¿cómo viviste la experiencia?
– Estuvo muy bien. Yo nunca había visto todas las películas de la competencia ahí, pero fue un muy buen año. Había películas inesperadas, bastante buenas, lo disfruté mucho. Hay una cosa de fachada de mucho glamour y se supone que te la pasas bien y tal, pero es bastante incómodo también. Creo que lo ponen cada vez más difícil para que la gente deje de ir porque está superpoblado (risas). Pero fuera de eso es increíble poder ver las películas. No me saturé en ningún momento. Al contrario, fue inspirador, me dieron ganas de volver a dirigir.

– ¿Sos de ver y copiar? Bah, digamos, ¿de inspirarte?
– ¿Robar, decís? (risas) Sí, claro, todos robamos siempre de todos lados… Lo que me dio gusto, en mi manera optimista de verlo, es que el cine se está tornando más esencial. Solo puede ser cine y no otra cosa. No puede haber más esa mezcla rara, que un poco cine y un poco TV. O vamos a tener entretenimiento espectacular o cine esencial, trascendental. Y ese es el espacio que tiene que ocupar el cine para mí

– ¿Qué te convoca a trabajar en películas tan diversas? ¿Qué te decide a aceptar algo?
– Quizás antes era el proyecto, ahora siento que tengo algo más de claridad y busco cosas más elementales. Hacer cine implica un acto de fe y querer hacer una película que nos sobreviva implica un matrimonio, como casarte con un grupo de personas durante mucho tiempo. Y ahora soy más cuidadoso en el sentido de hacerme amigo de los que trabajo, no quiero trabajar de otro modo.

– Que valga la experiencia, tanto o más que el producto…
– Tanta inversión emocional para algo tiene que ser una experiencia disfrutable. El ardor fue un viaje creativo emocionante. Con (Pablo) Fendrik somos amigos hace ya mucho tiempo, muy compas y le tengo mucha admiración. Empezamos la peli y era como si ya hubiéramos trabajado juntos. Con temor a sonar monstruoso, ahora solo quiero trabajar con amigos y gente que admiro. Obvio que si Scorsese me llama, cosa que dudo, puedo hacer una excepción, lo admito. Tal vez no le interese ser mi amigo, pero no importa (risas).

– Contame de El ardor. ¿Qué te movilizó para meterte en ese mundo selvático, además de la amistad?
– Era muy atractivo el universo, el tono que Fendrik quería usar y el lugar, el contexto. Había algo interesante en el choque entre la exuberancia de la selva y el ritmo del altiplano boliviano de la narración. La película se define como un western y es verdad que tiene esas características, pero esta vez el hombre misterioso no llega tipo John Wayne o Clint Eastwood, en plan todo es una mierda, hace un acto noble, se redime y se va. Creo que acá es otra cosa, hay como una comprensión fatalista de la naturaleza: murieron tales y tienen que morir tales otros para que se restablezca cierto balance. No hay lección. La tesis que tiene Pablo es que tal vez no deberíamos estar en la selva, que estamos invadiendo un lugar en el que nos gana la moral y los sentimientos, y así la vamos a destruir y nos vamos a destruir nosotros también. Hay algo apocalíptico ahí.

– Tiene un marco de western, pero con la naturaleza como personaje central…
– Apela a una dimensión indigenista, a una idea de que la naturaleza no es ni mala ni buena. La naturaleza es. Ese es el atractivo de la peli, pero también es rara para la gente, ya que no logra aterrizar del todo en un género. Está a mitad de camino y eso es desconcertante, pero a la vez eso era lo que nos divertía. El tono de la película es muy serio, pero nos reíamos mucho entre toma y toma. Es un pseudo género extraño, raro –la definíamos como un western ecológico y metafísico–, que quizás no tenga mucho futuro como tal, pero nos la pasamos muy bien haciéndola.

Vida en serie
No hay quien no coincida en la generosidad y humildad del “charolastra”, como se lo conoce por ese famoso manifiesto de la película Y tu mamá también que compartía –entre otras cosas– con su amigo y socio Diego Luna. Están los que destacan su trabajo en Ambulante, el festival de documentales que organizó y que lleva por todo México y hasta Estados Unidos. Los que aplauden su trabajo en Canana, la productora y hasta hace poco también distribuidora que armó en México y que colaboró en la producción de buena parte del cine independiente mexicano de los últimos años. Y también ha puesto su esfuerzo y sus múltiples contactos en la organización de los Premios Fénix, dedicados a celebrar el cine latinoamericano pero apoyando su costado más independiente y artístico, alejado de la idea “latina” que fomenta Hollywood. “Es necesario, buenísimo. Algo que logre que más gente vea nuestras películas”, dice.

– ¿Armás tu carrera con la idea de tener un pie en cada lado? ¿Un poco allá y un poco acá?
– La descripción optimista que hago del futuro del cine me hace pensar mucho en las decisiones que tomo. Me es claro que en América Latina puedo volar mucho más. Y a la vez no hay tantas cosas de interés haciéndose en Estados Unidos o en Europa. Hoy día lo más interesante en EE.UU. pasa por la tele. En cine, sólo tres o cuatro personas. Prefiero invertir mi tiempo en arriesgarme haciendo una película acá que una de acción probada en Hollywood. No quiero caer en esas películas en las que al tercer día te mirás con los actores y todos parecen decirse “estamos acá por el dinero”, onda “salvese quien pueda”.

– Es interesante lo que decís de la TV en EE.UU. Hoy el drama adulto pasa por ahí…
– Es así. En cine la historia es lo que menos me importa. Cómo se va a filmar me interesa más que el cuento en sí. Me pasaba en la película que hice con (Michel) Gondry, Soñando despierto. Era muy claro que la historia era lo que menos me importaba, era más la experiencia. La tele tiene muy buenas construcciones dramáticas, difíciles, con complicadas vueltas de tuerca, cosas que para mí ya para el cine no dan. Esos cuentos hoy funcionan bien en la tele. Y son cuentos fascinantes, pero en Cannes me gustaban otras cosas que, si las piensas en términos de anécdotas, son chiquitas.

– No solo ves series, sino que vas a hacer una ahora…
– Sí, lo veo como otro juego. No trascendental, más carnavalesco, un buen juego por el que te pagan y que está bueno hacer. Es una serie que va a salir por Amazon, hicimos el piloto, lo aprobaron y grabamos entre septiembre y noviembre en Nueva York. Se llama Mozart in the Jungle. (N. de la R.: es una comedia escrita por los primos Roman Coppola y Jason Schwartzmann, en la que Gael encarna a un conductor de orquesta inspirado en el célebre Gustavo Dudamel) Son diez episodios de media hora. Está divertida, muy bien escrita. Tienen mucha onda estos cabrones, lo hacen muy bien. La tele no puede ser mala ahora, tiene que estar al nivel de las otras cosas que se están haciendo. El standard está muy alto.

– ¿Te enganchás con muchas series? ¿Cuáles ves?
– Soy muy fan de The Wire, me fascina. House of Cards me parece increíble. Breaking Bad también. Con la que no me pude enganchar es con Game of Thrones.

Pasado y futuro
Más allá de la fama que ha logrado en el mundo angloparlante, más allá de las posibilidades concretas que tendría de establecerse en Estados Unidos y convertirse en una figura hollywoodense, el muchacho de Guadalajara, que reside buena parte del año en Buenos Aires donde viven también su mujer Dolores Fonzi y sus hijos (Lázaro de 5 años y Libertad, de 3), sigue sintiéndose identificado con una forma de sentir, de ser y de vivir que son esencialmente latinas.

El resto es para mí como un juego, algo a lo que puedo entrar y salir cuando quiero –dice–. Me gusta de vez en cuando hacerlo, ir a esas galas solidarias de superlujo que son más exageradas de lo que imaginas, con millonarios haciendo como que les importa. Siempre juro que no voy a volver, pero esa fauna me divierte, no me la quiero perder. Después sé que salgo de ahí y la vida vuelve a ser más o menos normal. A veces la fama es un estorbo para ciertas cosas, pero también se trasciende. Tampoco soy Brad Pitt que tiene que andar escondido”.

De sus próximos filmes, el que lo pondrá en el centro de la atención en unas semanas es Rosewater, la película que dirigió Jon Stewart, famoso conductor de un popular talk show humorístico de la TV estadounidense y que debutará en el Festival de Toronto. A muchos les sorprendió cuando Stewart decidió hacer una película sobre un personaje (y un tema) tan serio como el de Maziar Bahari, un periodista iraní que fue encarcelado y torturado acusado de espiar para la CIA contra su país tras una entrevista que dio, precisamente, en el show de Stewart. El “temita” fue que la entrevista iba dentro de un segmento paródico que nadie en Irán logró entender como tal.

Fue increíble la experiencia –cuenta–. Filmamos cinco semanas en Jordania, cerca de la frontera con Siria, durante Ramadán. Y Jon es increíble, tiene mucha experiencia manejando equipos grandes. El dirige, produce y actúa en su programa de TV, The Daily Show, con más de cien personas. Es de una rapidez mental increíble, muy chistoso. Y tiene una cualidad que deberían aprender todos los directores: hace sentir cómodos a todos, es un gran anfitrión que te dice “juéguele, échele”. Te sientes en confianza enseguida. Es una comedia…

– ¿Comedia? ¿Con ése tema?
– El logra lo que logra en la tele, un humor que nace de la ridiculez de la vida diaria. Es un tipo acusado de conspirador, de organizar la guerra mediática en contra de Irán y es el tipo menos indicado… Es como el Big Lebowski queriendo resolver un crimen, pero lo acusaron como un enemigo de Irán y lo encerraron y torturaron.

– ¿Algo como Argo tal vez? ¿Político pero humorístico?
– Me dijeron que Argo era más comedia pero luego le dieron más ese vuelco heroico al final. Originalmente era comedia total. Jon se casa con la idea de que es una comedia. Todo lo que pasa es ridículo. A Maziar lo torturan acusándolo de tener un amigo judío en Facebook. “¿Quién es este tal Anton Chejov? ¿Es judío?”, le dicen. Y Maziar no quería meterse en política porque toda su familia sufrió por eso y a partir de lo que pasó hoy se convirtió en un defensor de la libertad de prensa en todo el mundo. Terminaron creando un enemigo de verdad.

– ¿Extrañás México? Vivís buena parte del tiempo acá, hace mucho que no filmás allá…
– En febrero hice una película, Desierto, de Jonás Cuarón (el hijo de Alfonso, el director de Gravedad). Nos la pasamos muy bien en el desierto en Baja California. Es una historia de unos tipos que quieren cruzar la frontera y empieza un enfrentamiento ahí.

Alfonso, además de dirigirte en Y tu mamá también, es gran amigo tuyo. ¿Cómo viviste su triunfo en los Oscar?
– Como una justicia tremenda, se lo merece desde Niños del hombre. Fue increíble. Estábamos filmando Desierto y viendo la ceremonia en una tele mala en el restaurante del hotel y nos volvimos locos. Es genial ver a tus cuates en esas circunstancias. Se lo merece y el Oscar le va a dar la libertad que necesita para poder hacer sus nuevos proyectos. Es bien sabido que Gravedad fue muy complicada de hacer para él. Niños del hombre es una gran película pero le fue pésimo de plata y todos decían que iba a ser la última película de cine de autor de alto presupuesto, porque dicen que no funcionan. Y ahora por suerte va a poder trabajar más libre. Alfonso es un tipo muy generoso con sus amigos, con su familia, nos ayuda en todo siempre.

– ¿Extrañás esas cosas estando tanto tiempo fuera de México? ¿Tus amigos de siempre, tu ciudad… la comida?
– En una época, estando en México, quería vivir en otro lado, como una nostalgia de querer estar fuera para al final decir “quiero volver”. Extraño, sí, los amigos que hoy también tienen hijos, compartir el cotidiano. Pero lo vivo también porque voy mucho ahí. Y en esta especie de búsqueda esencial, siento que extraño mucho Guadalajara, las playas del Pacífico, lo que pasa socialmente en esas partes. Quiero que mis hijos vivan eso también. Recién estuvimos un mes y fue fascinante. A la vez, estando acá no me siento tan lejos. Es cerca, fácil, accesible, no hay tanta diferencia como si estuviera viviendo en Holanda (risas)

Bueno, pero no hay tan buen mezcal aquí. Eso se extraña… (risas)
– Es cierto, sí… Ahora hay unos mezcales increíbles en México y también está volviendo el tequila, porque la gente como se olvidó del tequila y hay algunos excelentes.

– ¿Alguna recomendación?
– Hay dos mezcalerías buenísimas en el DF: La Lavandería y La Clandestina, dos lugares increíbles. Si pasan por México, tienen que ir ahí…

Palabra de “charolastra”.

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