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Cocineros

Elemental, Toso

Charmant, culto y refinado, su estilo lo convirtió en un cocinero de pantalla. Hoy tiene un restaurante en Beirut y recorre América en busca de secretos culinarios.

Por Pamela Bentel
Fotos: Alejandro Lipsyc
Producción: Lulu Milton

Estimulado desde chico. Sus padres, un abogado y una bióloga, docente y además diputada que promulgó la ley de kioscos saludables en las escuelas, se ocuparon de nutrirlo y pasearlo por los mercados y centros de arte del mundo. Aunque también tuvo tiempo de escaparse en bici con la bandita del barrio, más lejos de lo que su madre le permitía. Era lo que se llama un niño adulto (“con las maestras hablaba tete a tete y me divertía; con mis compañeros solía aburrirme”). Excelente alumno y de conducta aparentemente intachable, pocos deben haber imaginado que tras “Angel face”, tal su apodo en la secundaria, se ocultaba el instigador de los grandes revuelos escolares. “Eso sí, nunca me iban a ver metido en el quilombo, ni cerca de nadie que los hiciera”, aclara.

A primera vista, tampoco se relacionaría su imagen cool y de tendencia con otra versión, si se quiere más doméstica. Alguien a quien le gusta armar y arreglar cosas de la casa. “Soy un gran handyman y me puedo pasar tardes enteras mirando herramientas en un Easy. En casa, papá tenía un taller y cada tanto nos llamaba a ayudarlo a arreglar algo, como el lavaplatos, al que siempre después le sobraban piezas pero que, milagrosamente, seguía funcionando.”

Teniendo el control

Una pasión: manejar, “especialmente cuando estoy en otro país, me da la posibilidad de sentirme local”. De elegir, prefiere camionetas, grandes y de tracciones varias, para meterse al mejor estilo Camel Trophy, donde otros no llegan. “Y cuando me dé el presupuesto, serán autos antiguos deportivos, agrega, un Jaguar XK MC sería ideal. Eso sí, nada automático, me gusta la sensación de la palanca de cambios; me gusta controlar.” Y cuando dice esta última frase, está claro que habla más allá de los movimientos de un auto. “Me gusta tener todo bajo control, que nada salga del orden que yo establezco, y que -aunque a veces caótico- tiene su propio sentido.” Su costado más obsesivo.

Puesto a cocinar revela que de asador, nada. De hecho, sacó la parrilla de su casa y convirtió el espacio en un deposito. “Me gustan las hornallas, más que los fuegos salvajes y descontrolados”, sentencia determinante y ni bien termina de decirlo, se ríe suspicaz, del festín que intuye se haría un psicólogo con semejantes dichos.

El aroma tibio y suave del pan recién tostado o la frescura cítrica e incisiva de la ralladura de limón lo pueden, pero nada como el vaho denso y envolvente de la cebolla caramelizándose en manteca. Fragancia, con la que, a pesar de no estar siempre incluida en el menú, aromatiza la casa cuando recibe gente a comer. Justamente, esta otra de sus facetas, un gran creador de ambiente. Seguramente por eso es también devoto de la buena música. Hijo de un ex jazzero de la Dixieland y criado a pura zarzuela y ópera, le encanta entonar. Dice que es un cantante frustrado, pero que lo hace bastante bien.

Uno más uno

Toso forma parte de unas de las parejas gastronómicas más conocidas del medio nacional. Su compinche en la vida es, desde hace 12 años, otra especialista en aromas y sabores, Inés Bertón, la teaspecialist. Al igual que con sus blends, ella le arma el look y le compra la ropa. “Me gusta ir a ver ropa, pero eso de probarme, me fastidia.” También es con quien organiza las escapadas cuando se trata de quebrar la monotonía, cosa que a ambos les encanta. Nueva York, Punta del Este, especialmente en el verano, con parada obligada en L´Auberge, y París, sus tres clásicos. Con París, Rodrigo guarda un amor de primavera; ya la habitó una vez y sueña con volver a hacerlo en algún momento.

De la pareja advierte, ”no es soplar y hacer botellas”, y aunque en un excelente momento, con ganas de germinar en hijos, admite que han habido tiempos tormentosos.

A pesar de la coquetería, que brota natural por cada uno de los poros de su look, no tiene problema en revelar sus bien habidos 42 años y lo repite cada vez que haga falta. Dice que no le tiene miedo a la vejez, ni a la decrepitud; que son parte de un proceso natural y las espera convencido de que encontrará la manera de adaptarse. Pero mientras se concentra en hacer hoy todo lo que puede, sintiendo la obligación de aprovecharlo.

Su mayor virtud, según él, es tener una percepción muy humana de las cosas y pensar para y por el resto, especialmente como jefe; pero también reconoce que muchas veces su discurso puede sonar soberbio y pedante y es lo que más dewwwa de si mismo. Le preocupa la mala comunicación y el no poder hacerse entender, algo que muchas veces lo frustra.

Encantado de estar cuidando siempre las formas, se permite confesar, “también me gusta tomarme vacaciones de ellas”. Y el límite es ”que nadie salga lastimado”.

Un gentleman inglés que, a modo de Sherlock Holmes moderno, a simple vista parece siempre correcto, guardando formas y formalidades. Pero que apenas se raspa la superficie, se le encuentra mucho de intrépido. Elemental: nada resulta más engañoso que lo evidente. 

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