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Viajero Bacanal

Elegancia eterna

La ciudad que fue capital imperial, la ciudad de la ópera y el rio que inpiró uno de los valses más famosos, hoy se muestra joven y moderna.

Por Mónica Tracey

Viena tiene una historia y esa historia está contada en sus calles. Sin embargo, la capital de Austria, espléndida y señorial, es tan imponente en su presente como lo fue en su pasado. Y en gran parte esto es obra de algo que se percibe a medida que se la camina, y que se podría definir como una pasión por la elegancia.

Es imposible no admirar la belleza de la ciudad que fue cabeza del imperio austrohúngaro, con la magnificencia de sus edificios, de sus avenidas, de sus parques. Su vocación estética le ha dejado también la marca de otros –nuevos– tiempos. Viena no fue en absoluto ajena a los movimientos que moldearon las miradas hacia finales del siglo XIX  y principios del XX, y sus mandatos son hoy parte de la ciudad.

Hay que decir que la Viena de la que uno habla, la que se visita, la que se recorre con admiración y deleite, si bien atesora su pasado, es una ciudad relativamente nueva de apenas 150 años, que cumplió el sueño del joven emperador Francisco José, el marido de Sisi, que en diciembre de 1857 expresó su deseo de transformar la capital del imperio y convertirla en una ciudad moderna. Así, siguiendo un fabuloso planteamiento de desarrollo urbano, sobre las huellas de la muralla que desde el siglo XIII ceñía el casco antiguo, se abrió un imponente boulevard de 5 kilómetros de largo y 57 metros de ancho, la Ringstrasse, con impresionantes edificios imperiales, parques y paseos a ambos lados.


El 1 de mayo de 1865 el emperador Francisco José inauguró la Ringstrasse. En 2015, se celebrará el 150 aniversario de esta magnífica avenida. Cincuenta años duró el proceso de transformación para que Viena fuera esa digna capital del imperio como lo quiso Francisco José, pero la Historia ya venía armando un próximo y muy distinto entramado.

Pronto, vino Sarajevo, la Primera Guerra Mundial, el fin del imperio. Viena, como casi todas las capitales europeas, muestra las heridas de incontables asedios, ocupaciones, batallas, luchas. Pero su destino se jugó como nunca en 1914, con el inicio de una guerra que definiría la disolución del imperio austrohúngaro y la caída de la ciudad como centro de ese poderoso mundo.

VienaEspléndida y vital
En Viena, hay muchos recorridos posibles, pero todos los caminos parten del y hacia el ring, esa suerte de cuadrado que encierra la zona céntrica, corazón de la ciudad medieval comprendida dentro de la Ringstrasse, y de aquella muralla ahora casi imaginaria, con algún rastro aquí y allí.
Gótico, barroco, clásico, art deco, art nouveau, comparten una elegante convivencia siempre proyectada hacia lo nuevo. Si hay algo que destaca en la ciudad, es una armonía en la que si el pasado rige por su magnificencia, el presente y el futuro no le están subordinados. Y si la arquitectura se impone, incluso en el relato, la vida en las calles, intensa e inevitablemente llena de estilo, es parte indisoluble del cuadro. Mujeres y hombres jóvenes o viejos, todos elegantísimos, incluso cuando se visten casual, incluso cuando andan en bicicleta. Algunos rayanos en el figurín, si se quedan un rato quietos, divinos maniquíes.

En Viena, se percibe una vida descontracturada aun entre tanta magnificencia. Los jóvenes, propios y extranjeros, tanto como mucha gente mayor, recorren la ciudad en bicicleta. Las calles y los mercados tienen un colorido movimiento, los bares son bulliciosos, y la vida nocturna, variada e intensa. Los subtes funcionan toda la noche y hasta en algunos museos los bares están abiertos algunos días hasta las cuatro de la mañana con dj a full.

Los transportes públicos son facilísimos de abordar y de comprender sus recorridos, sólo hay que tomarse un rato para entender el mapita. Con el pase combinado de transporte, se puede subir y bajar como uno quiera de todos los subtes, buses y tranvías.  El 1 y el 2 recorren la Ringstrasse, como para dar una vuelta y ubicarse. Y mirar aunque sea de lejos la noria del parque de diversiones Prater, el más antiguo del mundo, más allá del Danubio. Porque ahí está ese legendario río que inspiró a Strauss para uno de sus inolvidables valses, y que ahora es lugar de encuentro con sus soleadas terrazas.


Si la ciudad es preciosa y bastaría con caminarla sin exigencias, también ofrece generosamente seguir algún interés propio en sus museos. Hay de todo. Impresiona, por ejemplo, la corona imperial del Sacro Imperio Romano, del 962, en la Cámara del Tesoro ubicada en la parte más antigua del Palacio Imperial, del siglo XIII. ¿Cómo no ver “El beso de Klimt” en el palacio Belvedere? También hay Klimts en el Leopold Museum, donde está, además, la mayor colección de la obra de Egon Schiele, un contemporáneo de Klimt que vale la pena conocer. ¿Diseño? En millones de museos, pero también en el Leopold, uno puede asomarse a obras únicas de los talleres vieneses, de Josef Hofman a Koloman Moser, muebles y objetos que tienen su peso en la historia internacional del diseño. Y de paso, darse una vuelta por Museum Quartier, donde conviven edificios imperiales con los modernos del Leopold y el Mumok –el museo de arte moderno–, y tirarse en los sillones del gran patio central. Un descanso empapado de cultura y de gente de todas partes. Lindísimo.

Volviendo al palacio Hofburg, imperdible la antigua biblioteca de la corte, entre las más grandes y más bellas de Europa, una fabulosa construcción barroca del XVIII, con más de 200.000 tomos exhibidos. Por allí, también está el Museo Albertina, con sus Durero…

Y ojo con los combos: por ejemplo, en el palacio Hofburg, el Museo Sisi, los Apartamentos Imperiales y la Colección de Platería de la Corte se pueden visitar con la misma entrada. Y de verdad, más allá de los cien mil espléndidos detalles, vale la pena ver cómo ponían la mesa los Habsburgo. A veces, el combo incluye un café con torta en el café de palacio.

VienaLa dulzura inolvidable
Viena también es una fiesta para los ojos y el paladar de los golosos. No glotones. Si no se ha adquirido el talento de saborear las dulzuras, Viena es el lugar para aprenderlo. Es fácil comprender aquí por qué la repostería vienesa tiene su destacado lugar en el mundo.

Hay millones de cosas que pueden no hacerse en Viena, pero no es una de ellas comer una torta en Demel. Imprescindible organizarse y caer por allí, a metros de la Michaelerplatz, a probar, mínimo, un par. Juro que la armonía de texturas y sabores de una porción de sus tortas se llevará con uno para siempre.


Otra cita ineludible, visitar varios de sus encantadores cafés centenarios, algunos del siglo XIX, con sus historias, sus personajes, cada cual con su torta especial, y muchos con música en vivo. Desde pianito solitario hasta reuniones de un grupo de músicos de la Sinfónica reviviendo a Mozart, por ejemplo. El Café Central, el Museum, el Sperl o el bello Savoy, lugar de encuentro por excelencia del mundo gay. Hay muchos más.


Una de las tortas  famosas tiene su cuento y su disputa. El Hotel y Confitería Sacher reclamó con papeles y juicio de por medio la validación de su propiedad, que le disputaba la confitería Demel. La justicia dictaminó que el hotel Sacher podía publicitarla como Original Sacher-Torte, mientras que Demel debía hacerlo como Eduard Sacher-Torte. Lo mejor es probar ambas y las de tantos otros lugares. Es deliciosa, con su masa de chocolate atravesada por un finísimo hilo de sabor frutal y recubierta por una capa de glaseado de chocolate negro. Además de la torta, el Hotel Sacher es dueño de muchas historias, como la que protagonizaron allí John Lennon y Yoko Ono, cuando hicieron una conferencia de prensa envueltos en una bolsa, performance a la que llamaron “Baggismo”. 

Otro imperdible: las salchichas de los puestos callejeros, unas muy blancas, las Bratwurst, distintas a todas y mucho más ricas. Las Kaserkrainer también, con queso en su interior, súper recomendables.
Claro que hay de las de Viena, pero de esas hay en todas partes.
Y como para sentirse un poco en casa, probar las Wiener schnitzel, un clásico de Viena y un plato muy cercano a nosotros que nos hace preguntar por qué les diremos milanesas a las milanesas si son mucho más parecidas a las vienesas schnitzels. Son exactamente como las nuestras, sólo que generalmente las hacen de cerdo o de pollo. 

Y para comer, comprar y vivir unas horas entre bellas delicias, imperdible el Naschmarket, en la estación de metro Kettenbruckengasse (no hay que dejar de ver las bellas estaciones art nouveau, creación de Otto Wagner a fines del XIX). Restaurantes, puestos de todo, casi una alucinación para los ojos, la nariz, la boca.

Beber, también se bebe muy bien. Más allá de que Austria sea el tercer consumidor de cerveza per cápita en el mundo, también le hacen aquí lugar al vino, y los tienen muy ricos. Dicen que la especial relación de los vieneses con el vino se forjó en tiempos en que el agua de Viena era de mala calidad. El agua mejoró, la buena relación con el vino continúa. Es una tradición beber en las encantadoras tabernas “Heuriger” los vinos jóvenes de la misma Viena, la única gran ciudad con una producción de vino importante. A lo largo del año, se le dedican varias ferias y celebraciones.

Sorprendentemente, sobre todo para quienes suponen cierta rigidez en las costumbres austríacas, el antitabaquismo no ha hecho escuela y son muchos los lugares públicos, como bares y restaurantes, donde se fuma.
Ah, música. Viena es una de las ciudades más musicales del mundo, con conciertos y bailes de gala –para los que se pueden alquilar trajes–, con valses a full, hasta conciertos de cámara y su mítica Opera donde, si se hace la cola dos horas antes de la función, se puede ver alguna de las puestas de ópera o ballet más interesantes del momento por 3 euros, en el gallinero, claro. Y de ahí, todo: recitales de todas las bandas internacionales todo el tiempo, djs, jazz, rock, clásica. 

Viena es imperdible. Y lo dice alguien a quien visitar esta ciudad no le movía un pelo. Ahora digo que no se puede estar menos de cuatro o cinco días, ya que es mucho lo que hay para ver y disfrutar con todos los sentidos. Además, es impensable probar todas sus delicias en tan solo dos días… Este mundo de maravillas exige respeto.

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