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General

El vino y los snobs

Como buen mercado de lujo, el vino tiene sus snobs. Fauna indispensable a la hora de los extremos, suelen exponer el romanticismo y la caricatura de la bebida nacional.

Corría el año 1848, plena época victoriana, cuando el novelista inglés William Makepeace Thackeray definió, con ironía pero también con benevolencia, la palabra “snob”, ese acrónimo de sine nobilitate (sin nobleza). Y lo hizo explícitamente desde adentro, escribiendo The Book of Snobs, by One of Themselves. El propio Thackeray se sabía un poco snob, “dando importancia a cosas sin importancia”, y “admirando mezquinamente cosas mezquinas”.

Lo repetimos: 1848. Plena revolución industrial, los albores del capitalismo. No hay dudas de que Thackeray fue un hombre de su tiempo. Desde ese año, el término no sólo sobrevivió, sino que creció a niveles insospechados, en paralelo al crecimiento del consumo. Hoy, bien podría declamarse: quien se crea libre de snobismo, que tire la primera piedra. Es que snob es una figura inherente al consumo, en especial, al consumo mirado desde el placer y no desde la supervivencia. Entre ambos, se retroalimentan, se justifican y se necesitan.

Sobran los ejemplos. Y el mundo del vino es uno de ellos. De hecho, en su historia moderna, demostró ser un campo fértil para el cultivo del snobismo, a veces de manera más sutil y sana, otras más desmesurada y caricaturesca. Desde multimillonarias subastas a cursos y mesas de los restaurantes.


La conducta del snob esconde siempre un mismo fin: ser parte de un grupo al que se admira. Somos snobs cuando ostentamos nuestro iPad o la manzanita sobre la Mac portátil. Somos snobs cuando nuestra camisa delata su marca, con el logo declamando a los gritos dónde está nuestro corazón. Un efecto sin intención, pero intencional.


El snobismo tiene que ver con la sofisticación; no se busca formar parte de un fracaso sino ser uno con el éxito. Incluso hay quienes aseguran que ser un poco snob es una virtud, que al final del día genera la presión necesaria para realizase.


De vuelta al vino: un producto nacional, de altísima calidad, posiblemente el único consumo de lujo hecho en Argentina capaz de competir en cualquier mercado del mundo. Aquí, en París, en Nueva York o en Shanghai, el vino es sinónimo de status. Y en su plano aspiracional se convierte en poderoso imán de snobs. La propia industria sustenta esto, con productos cada día más complejos y lujosos, exigiendo un consumidor que se especialice y justifique esa oferta con la demanda.


El problema es cuando el snob se convierte, claro, en caricatura. Cuando se pierden los límites, ingresando en el terreno del ridículo. De esos snobs, se reía Miguel Brascó en sus columnas. De esos snobs, hablan tantas caricaturas en el mundo entero. A esos snobs retrata Paul, el sommelier de Coca Light.


La palabra clave es límite. Una línea que, de tan delgada, es muy fácil de cruzar. Y, muchas veces, difícil de distinguir. Sobre esa línea caminamos en esta nota.

Leé la nota completa en la edición de julio de Revista Bacanal.

EDITORIAL. Cuestión de equilibrio

«¡Todos mis amigos lo son, se es snob, y eso es bueno!», cantaba el snob de Boris Vian entre novela y novela. Es que, más allá de la mala prensa muchas veces justificada, el snob es un integrante necesario de esta sociedad. Y más: indispensable en algunos pliegues del abanico social, como los que transitan los mercados de lujo. Un snob es parte de ese mundo, tal vez el lado B. Pero sin lado B, ¿de qué nos serviría un lado A?

Entonces, celebremos al snob en el mundo del vino o, al menos, aceptemos su presencia como una parte indivisible del todo. Por otra parte, en ocasiones, suelen ser graciosos. Y, en todo caso, cuando se ponen pesados podemos pedir rápidamente un taxi.

En el mundo de los placeres y de la cultura urbana, el snobismo es una secuencia importante de la película. Y, según el film, puede caer en ese costado un poco romántico, incluso épico o desbarrancar en la caricatura que genera un poco de vergüenza ajena. Como sea, nunca es una escena borrada que sólo se rescata en los extras de la edición de lujo del Blu-ray. Es importante, muchas veces fundacional. En este número de Bacanal, nos adentramos en su mundo sabiendo de antemano que somos muchas veces parte de esa fauna. Como si a un elefante le dieran las llaves del zoológico.

Pero, para balancear un poco el barco, tenemos una extensa entrevista con el cineasta Damián Szifrón, hace poco vuelto de Cannes y a días de estrenar su nueva película, Relatos salvajes. Y una crónica oscura de la noche de París, donde la ciudad del glamour se vuelve un monstruo peligroso que muestra sus dientes afilados y nos traga sin pedirnos permiso.

En ese equilibrio, se mueve esta edición de julio: entre la frivolidad un poco tontona de lo snob, los aplausos de Cannes a Szifrón y la oscuridad de la ciudad luz. Con ese equilibrio, enfrentamos este invierno recién nacido.

Veremos cómo nos va.

Javier Rombouts

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Bacanal Julio 2014

Además, en este número:

+ Entrevista con Julieta Ortega.
+ Noche, sexo y alcohol en París.
+
Gastronomía High Tech.

… y mucho más!

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